martes, 25 de octubre de 2011

El día de la tarta de manzana y la colección de problemas resueltos

La primera semana de trabajo en el Sundae Nights pasó sin mayores sobresaltos tras esa dudosa inauguración triunfal que se saldó con el camarero más experimentado en el baño de su casa durante 24 horas por culpa a una diabólica infusión de hojas de sen. De algún extraño modo, Simon, el dueño del local, quedó satisfecho con mi capacidad de reacción ante situaciones de emergencia y me proporcionó un contrato indefinido, algo digno de celebración en estos tiempos.

En los días siguientes, me fui adaptando a los cambios de turno y los horarios de jaula de grillos que debería terminar compaginando con mi vida de escritora e investigadora culinaria -¡por llamarlo de alguna manera bonita y alentadora!-. Soy consciente de que ha pasado poco tiempo, pero ya he sido capaz de elaborar una lista de mis cinco cosas favoritas como camarera sobre patines en esta hamburguesería de película. Ahí va:

1. La porción de tarta americana de manzana recién hecha por Pincho que consigo zamparme, sin que nadie me vea, en los pocos segundos de serenidad que me dejan las comandas recién servidas en las mesas. La manzana caliente derrite el helado de vainilla y todo parece arreglarse dentro de mi cuerpo cuando esta delicia desciende por mi garganta. Mmmmm…

2. El momento en que del hilo musical se escapan las primeras notas de Summer nights, canción estrella de la banda sonora de Grease. Suena cada día, una vez al menos, y me recuerda a mis primeros bailes del colegio, a faldas de vuelo en tonos pastel, a las fiestas de pijama con mis amigas del instituto y al sabor de las tortitas con caramelo que aprendí a hacer en esa época.

3. El gesto con el que Pincho huele cada día las frutas del bosque que usa para preparar los batidos, para comprobar si están perfectamente frescas. Se acerca un buen puñado a escasos centímetros de la nariz, sujetando las bayas suavemente entre sus manos, como si se tratara de un bebé, cierra los ojos e inspira. Si sonríe, es que todo está como debería. Le pillé un día en esta estampa, y ahora ya intento no perdérmelo nunca. Resulta sexy y adorable a la vez.

4. La sensación de quitarme los patines al finalizar la jornada y comenzar a caminar nuevamente a pie. Es como si flotara y continuara deslizándome sobre la acera, más ligera que nunca.

5. Contemplar a un par de estudiantes de grandes gafas estilo años ochenta, que vienen en días alternos, piden un par de coca-colas y se tiran dos horas haciendo extraños garabatos en papeles mientras el humo no cesa de salir de sus cabezas. Intentan resolver complejos problemas matemáticos o físicos, y siempre se despiden con un gesto triunfal tras haber dado con la solución entre los dos. Suelen olvidarse de algún papel grabado con fórmulas, que siempre acabo recogiendo para guardarlo con mimo en una carpetilla de plástico naranja.

Se me ha ocurrido que esa va a ser mi colección de problemas resueltos, y espero que un día me proporcione la pista para dar con la solución para los míos. Quién sabe si estos dos chicos ya han comprendido el sentido del universo, y ese enigma que ya no lo es se descabeza aquí mismo, entre mis manos, plegado contra el plástico de una humilde carpetilla.

viernes, 21 de octubre de 2011

El día en que un marciano se encargó de atender un bar

Mis primeras veces, así, en general, siempre tienden al desastre, en particular los primeros días en un trabajo nuevo. Todo lo malo que podría suceder, de alguna insólita manera, termina ocurriendo, así que la experiencia previa me ha enseñado a estar preparada para todo cada vez que me enfrento a un nuevo primer día de trabajo. Tengo que admitir que ser capaz de servir mesas sobre unos patines de ruedas en paralelo, sin tropiezos ni bandejas volando por los aires, no dejaba de ser una provocación mayúscula para unos hados con tanto sentido del humor como los míos. Por eso no me extrañó advertir un sutil tembleque en mis piernas mientras me dirigía, por primera vez, al Sundae Nights a trabajar.

El americano Simon, mi rollizo nuevo jefe, mostró su piedad conmigo y, por ser el primer día, me levantó la regla de tener que utilizar los patines de bota blanca con lazos rojos. Enseguida me puse la camisa y la falda que llevaba por uniforme y él pasó a enseñarme dónde estaba cada cosa y cómo realizar bien la tarea para la que me había contratado. Me presentó a Martín, encargado de atender desde la barra, y a Pincho, el cocinero, que había recibido un curso rápido de cómo preparar las más deliciosas hamburguesas y auténticas tartas de queso neoyorkinas. Todavía era pronto, y no había más que un anciano del barrio despistado bebiendo un café a pequeños sorbitos apoyado en la barra, con lo que aproveché para familiarizarme con el lugar y charlar un poco con mis nuevos compañeros.

Martín tenía bastante experiencia previa como camarero, a pesar de su juventud, y se comprometió a enseñarme a tirar bien la cerveza y algunos trucos básicos para no terminar con la espalda destrozada. Esta sabiduría, sin embargo, no le estaba aportando calma para el día de apertura del Sundae Nights, y se movía histérico de un extremo a otro para asegurarse de que todo estaba donde debía estar y no verse abrumado por la presumible posterior avalancha de clientes hambrientos y sedientos desde la barra. Le ofrecí prepararle una tila doble para que se centrase, y de paso así aprender a manejar la máquina de café, cosa que le pareció muy bien.

Una hora después, cuando los primeros clientes comenzaron a entrar, Martín había apurado la taza y se le veía más calmado, yo ya estaba en mi puesto con mi mejor sonrisa a petición de Simon y Pincho comenzaba a calentar el aceite preparado para el aluvión de patatas fritas que se le venía encima y batía con fuerza la leche para aligerar los batidos.

Conseguí llevar mis primeras comandas sin equivocarme, poniendo a cada cual lo suyo y con la rapidez suficiente para que no les diera tiempo a aburrirse ni que se quedasen frías las viandas. Todo parecía fluir, y Simon nos dijo que iba a hacer unos recados cerca de allí. Fue salir nuestro jefe por la puerta, y darme cuenta de que Martín se estaba poniendo lívido. Su cara era como una vela, y los ojos se le desencajaban por segundos. ¿Martín?

Me acerqué rápidamente, y antes de que me respondiera, salió huyendo despavorido al final del pasillo con las manos sujetándose la tripa. Ay madre.

Hojas diabólicas

Esa fue solo la primera de las carreras que se pegaría el pobre Martín durante la siguiente media hora. A Pincho se le quemaron un par de tandas de aros de cebolla por la distracción de ver al otro como una bala pasando frente a la ventana que daba a la cocina, y yo empecé a repasar con Martín, en los escasos minutos en los que no estaba encerrado en el baño, lo que había comido hasta ese momento. Se me encendió de pronto una bombilla. La tila.

Me acerqué a la cocina para inspeccionar el cubilete de las infusiones, de donde había sacado la tila. Entre las infusiones, encontré unas bolsitas de una planta que no me sonaba de nada, hojas de sen, leí, y le pregunté a Pincho qué era eso. El cocinero puso cara de preocupación, y me dijo que, si eso era lo que Martín había tomado, ya podíamos mandarle a casa porque esa infusión le mantendría ocupado depurando su cuerpo durante el día entero. Radical.

Corrí a buscar la taza abandonada por Martín, en la que yo le había preparado la infusión, casi pidiendo a las fuerzas superiores del universo que la diminuta etiqueta de cartón que cuelga de la bolsita de hierbas pusiera claramente “tila”. Cuando descubrí esas tres palabras ahí grabadas, “hojas de sen”, me dieron ganas de meter la cabeza en la ralladora de queso. ¡Mierda!

Fui a buscar a Martín al baño y le dije que tenía que irse a casa, que le había preparado por equivocación una infusión de un fuerte laxante, y que ya me encargaba yo de todo, que así no podía estar. El camarero desapareció de allí doblado, sujetándose la barriga con todo el largo de los brazos, tras llamar nosotros a un taxi para que le dejase en su casa lo antes posible. Me sentía fatal. ¡Aunque a quién se le puede ocurrir colocar esas bolsitas de hojas diabólicas junto a las inofensivas manzanillas y poleos!

Por otra parte, con todo este lío se nos había echado encima el primer pico de hora punta, las meriendas de los estudiantes que salían de la Facultad de Geología, y la barra empezó a estar invadida por caras de post-púberes que exigían sus hamburguesas y cafés helados.

Me aposté detrás de la barra, los ojos saliéndose de sus órbitas, sin poder evitar acordarme de estas películas de zombis donde la masa de trapillo y carnes sueltas acaba con la pobre víctima paralizada por el terror.  No quería ser devorada por pardillos de primero de carrera. ¡No! Entonces empecé a moverme, sin pensar, solo a moverme como una loca para poder aplacar a las turbas.

En esa tarde, debí de servir cafés hechos con coca-cola hervida, batidos de té caliente, patatas fritas con sirope de chocolate, hamburguesas con guarnición de helado y perritos calientes rellenos únicamente de pepinillos en vinagre. Pincho, desde la cocina, hacía lo que podía, pero no logró dar más de sí. Y prefirió, sabiamente, cerrar los ojos para no ver cómo de pronto, esa camarera de pelo cobrizo encoletado, se convertía en el marciano Gurb de Eduardo Mendoza atendiendo la barra del Sundae Nights.


Nota añadida posteriormente: Los clientes de aquella tarde consideraron las meriendas servidas de tal originalidad, que las semanas siguientes no dejaron de felicitar a Simon por su atrevimiento y seguían reclamando sus cafés de coca-cola hervida… En lo que a mí respecta, me cambiaron el contrato de prueba a indefinido y Martín, contra todo pronóstico, volvió a dirigirme la palabra.

lunes, 17 de octubre de 2011

El día del pataplof

Nos miramos, cada contrincante en un extremo del pasillo. Yo soy más alta, pero ellas más rápidas. Digo ellas, porque encima son dos. Dos contra una. ¿Qué clase de justicia puede ser esa? Me acerco y las veo retroceder con un rápido gesto, confabuladas, pasándose la siguiente jugada como por telepatía. O como si fuesen partículas gemelas de física cuántica, a las que no les hace falta ni mirarse para interpretar la misma información a la vez. Me abalanzo sobre ellas en un intento de sorprenderlas, pero con un afilado silbido doblan la esquina del pasillo hasta desaparecer ante mi cara de estupefacción.
Las botitas blancas que Simon me entregó junto con un contrato de trabajo en el nuevo diner americano de mi barrio Sundae Nights se han convertido en toda una amenaza desde que llegamos a casa. El primer día no quise agobiarlas, de hecho les dejé trastear alrededor de las habitaciones, para que fuesen sintiéndose cómodas. Hasta me parecían simpáticas viéndolas deslizarse sobre el viejo parqué, haciendo laboriosos giros y atolondrados frenazos cada vez que creían atisbar algo interesante, ya fuese un trozo de caramelo, una brizna de espumillón de las navidades pasadas –ups- o alguna mariquita que perdió su rumbo. Incluso empecé a pensar que la mirada burlona con la que me saludaron la primera vez que nos vimos, colgando ellas de la mano de Simon, había sido una burda imaginación de las mías. Confieso que me sentí culpable y hasta algo paranoica. Pero aaaaaah… Por algo deben decir eso de las primeras impresiones…

Un día me pareció tiempo suficiente para que disfrutasen de su nueva casa y descansasen un poco. Así que juzgué oportuno probármelas esta misma mañana y practicar un poco el arte del patinaje en los pasillos de mi casa, primero, y si la cosa se daba bien, bajar al parque por la tarde.

Que no fuese capaz de mantener el equilibrio los primeros minutos, después de años sin subirme a las cuatro ruedas en paralelo, estaba dentro de lo esperado. Lo que se salía totalmente del guión era que las botitas decidieran que querían seguir viviendo su independencia plenamente.

Como si me hubiesen leído el pensamiento, primero se escondieron detrás del cesto de la ropa sucia de mi habitación, y me tuvieron una hora buscándolas como una desesperada, y no contentas con esto, cuando al fin las localicé, las malvadas salieron como cohetes en dirección al salón, donde me impusieron un juego del escondite en el que siempre me la quedaba yo. Enternecedor.

Un rato después de aquello, la gota de sudor se precipita por mi frente y solo se me ocurre una cosa. Divide y vencerás. Escondida ahora yo tras la puerta de la cocina, con la ayuda de una vieja lata de galletas consigo atrapar a una de las botas, la más despistada. ¡Mía! Se revuelve como loca e intenta pincharme con los ganchitos que ciñen los cordones en la parte superior, sin éxito. ¡Ja!

Embuto mi pie en ella, la acordono bien y me pongo en pie haciéndome cargo del desnivel. Ingenua de mí, ¡cómo iba a sospechar que el caprichoso patín no se había dado aún por vencido cuando de pronto inicia una frenética marcha que voy siguiendo a duras penas, asustada y casi a dos cuerpos por detrás de mi pie rodante! Gira bruscamente casi frente a la puerta de entrada, se prepara para un sprint en el pasillo, vuelve a girar,  y, ya notando el corazón en la base de mi garganta, interpreta una cabriola que me hace imposible evitar la zancadilla con la mesa bajera para terminar besando el suelo. Pataplof.

Auch. Qué dolor. Levanto levemente la cabeza para encontrar todo mi cuerpo empotrando contra la madera antediluviana. El corazón está acelerado del susto y noto que la sangre me palpita en la rodilla derecha, donde descubro una herida de las feas. Auch. Me incorporo con cuidado, para al menos permanecer sentada sobre el suelo, y me crujen los huesos en la espalda, recordándome que ya no tengo edad para estos juegos. Y tienen razón, así que me ayudo de las manos para masajearme suavemente la base de la columna.

Entonces, dirijo la mirada hacia la puerta, y allí la encuentro, a la otra bota, la que no se había dejado atrapar, contemplando toda la escena. Me sube un escalofrío de primeras y reculo unos centímetros; cómo fiarse de que no vaya a rematar la faena después de la que me ha liado su gemela. Pero permanece tranquila, y en unos segundos se mueve suavemente hacia mí, y a pesar de mis reticencias iniciales, acierto al percibir algo distinto. Se acerca a su gemela, y luego continúa explorando mi pierna dolorida y junta su flexible piel blanca con la mía como acariciándome. Entiendo que se siente culpable de la tremenda caída y que me pide perdón, porque en realidad no pretendían llegar tan lejos. Creo que es su forma de prometerme de que no lo volverán a repetir. Y qué le voy a hacer si soy así de tonta, que con un besito, aunque proceda de un rebelde patín, se me pasan todos los males.

jueves, 13 de octubre de 2011

El día de las botitas blancas

Dicen que la ingenuidad y los sueños se acaban el día que necesitas pagar el alquiler o hacerte cargo del bienestar básico de otros. A todo el mundo le llega, a unos antes y a otros más tarde, y yo no podía escapar a esa regla universal, por muy pelirroja y bicho raro que fuese.

El día que me di cuenta de que el pequeño adelanto económico que el Gordo y el Flaco, mis queridos editores, me habían pagado por la redacción del libro de cocina, había llegado a su fin, al igual que mis exiguos ahorros, es el día que entendí que había que cambiar de estrategia si quería sobrevivir. Así que a ello me puse.

Comencé a dar vueltas por mi barrio, en busca de carteles pegados en comercios donde solicitasen nuevos empleados o de algún cotilleo en la panadería que me diera la pista para conseguir ese ansiado trabajo. Por encima de todo, me repetía, necesito pagar el alquiler. Y que ese trabajo me permita unas horas libres para terminar de una vez de escribir el libro, si no quería acabar brutalmente asesinada por un ataque de cólera del Gordo y el Flaco.

Precisamente al pasarme por la frutería del barrio, Poli el Lechugas me comentó que en una de las calles aledañas estaban a punto de abrir una hamburguesería fashion, de esas. Agradecí la indicación y hasta allí me dirigí, para descubrir un local de brillo plastificado al que estaban dando los últimos retoques. Tuve la suerte de conocer ahí mismo al encargado, Simon, que no Simón, porque era americano. Se había instalado en la ciudad tras casarse con una española, me contó al rato. El caso es que Simon, con su cara rolliza y pecosa y sus ojos enmarcados en la fina montura roja de sus gafas, me hizo solo una pregunta: ¿Sabes patinar?

Un consejo muy común para afrontar una entrevista de trabajo, es aquello de decir que sí a todo lo que te pregunten. ¿Podrías trabajar en fin de semana? . ¿Te parece bien el sueldo que te proponemos? . ¿Conoces este programa de diseño? . Así que, antes siquiera de que me diera tiempo a pensar en las consecuencias que mi respuesta podría entrañar, mis labios se movieron solos estirándose hacia ambos carrillos para articular en un silbido un rotundo sí.

Ni siquiera debí pestañear, así que Simon, que había dejado un instante de silencio para que yo preguntase extrañada los motivos de ese requisito, se lanzó a explicarme que quería recrear la imagen prototípica del diner americano, con sus mesitas de aluminio de acabado romo, sus cestitas de plástico a rebosar de patatas fritas y cómo no, sus camareras patinadoras. Comprobé que, efectivamente, el local era lo suficientemente amplio como para poner en marcha una idea tan disparatada como esa, con lo que deduje que nadie le haría bajarse del burro a este hombre.

Me despedí del rollizo Simon después de que él hubiera anotado bien todos mis datos para resolver el papeleo y que pudiera empezar este mismo fin de semana. Ya salía por la puerta cuando me gritó: ¡Espera! ¡Olvidas algo!. Ese algo colgaba de su mano derecha y era un par de patines de bota blanca y lazadas rojas, igualitos a los de mi infancia. Casi notaba que los patines me miraban con ojos burlones. Me acerqué despacito, sosteniéndoles la cara de chiste, y cuando pasaron de los brazos de Simon a los míos, este me dio una última indicación: Practica un poco.

Nunca me había resultado tan fácil conseguir un trabajo, la verdad. Pero algo me invitaba a pensar que sería algo más difícil conservarlo… No iba desencaminada mi intuición, porque, sin yo sospecharlo, durante el camino de vuelta a casa las perfectas botitas blancas se confabularon para no ayudarme absolutamente en nada… ¡Retorcidas!

(Continuará)

martes, 11 de octubre de 2011

El día del fin de la hibernación

Las pestañas se me van desenredando y dejan de abrazarse fuertemente las unas con las otras. Vislumbro una línea de luz dorada, sin ningún filtro más que el de la neblina de mis ojos. Un sueño denso sigue instalado en mi frente, no recuerdo cuándo fue conciliado. Hace cuántos días, me refiero. Me resisto a abandonar mi estado de hibernación, y utilizo la poca fuerza que poseo en estos momentos para obligar a mis pestañas a volver a entrelazarse. Aprieto los ojos con ganas, ansiosa por volver allí, a las aguas turquesas en las que he acomodado mi cuerpo y mis sentidos durante todo este tiempo. A salvo.

Como las narf nacidas de la espumosa imaginación de M. Night Shyamalan, así estoy yo, rodeada de líquido turquesa agujereado por estrellas de luz que la refracción difumina hacia todas las direcciones. Me noto ligera y flexible, como si mis huesos hubieran perdido la rigidez y solo permaneciese el gelatinoso tuétano formando mi esqueleto. El agua me acaricia a una temperatura cálida, y me trae pequeñas perlas y piedras preciosas con las que hilo delicados guantes y tocados. Otras como yo me hacen compañía, bailando a mi alrededor, y me uno a ellas en sus juegos y cabeceos, en sus risas con forma de volutas, para sentir que formo parte de algo, de ese lugar alejado de todo. Estoy tan cómoda que dormiría o nadaría a todas horas. Aunque allí es lo mismo. Creo que no he dormido desde que llegué. Nunca he estado tan bien como en este pequeño universo azul.

 Por eso me asusto tanto cuando, en cuestión de segundos, siento cómo el aire deja de nutrirme a través de las rendijas que me salieron de detrás de las orejas; cuando mi cuerpo se vuelve pesado con la súbita vertebración de mis huesos; cuando el agua se hace densa y gelatinosa y su temperatura desciende inclemente, y me congela el corazón.

Es entonces cuando me doy cuenta de que mis pestañas se van desenredando y dejan de abrazarse fuertemente las unas con las otras. Cuando vislumbro una línea de luz dorada, sin ningún filtro más que el de la neblina de mis ojos.

Mis intentos por volver son vanos. Espero un ratito, muy quieta, hasta que mis pupilas se acostumbran a la sequedad del aire de mi habitación y la aterciopelada manta que encuentro sobre mí termina de devolverme el calor corporal. Me incorporo despacio, mientras intento pensar cuánto tiempo ha pasado, cómo llegué hasta allí y cómo he vuelto ahora. Y para qué.

La luz rebota por todo lo largo de mi brazo translúcido, y me maravillo al verlo cubierto de una costra de diamantes. La otra mano intenta atraparlos y termino riendo al comprobar que son gotas de agua. Huelo a cloro.

Logro ponerme en pie y empiezo a explorar los pasillos de una casa conocida. El olor a cruasanes recién hechos y a café caliente me guía directa a la cocina. Estoy hambrienta. Lleno hasta el borde una enorme taza y la cubro con dos cucharadas de nata fresca, que espolvoreo con canela y acoplo en una bandeja junto a un plato con una hojaldrada pirámide de cruasanes. A pequeños pasos, dándome tiempo, llego hasta la pequeña terraza. El calendario no engaña, estamos en octubre pero aún se puede disfrutar de los últimos desayunos al sol.

Me siento y, mientras mastico como si fuera la primera vez, contemplo que todo está tal como lo dejé. Un precioso cielo cerúleo en el horizonte, con sus algodonadas nubes; la pequeña pastelería francesa, la hilera de coches que pugnan por un espacio en el que coexistir, la dueña de la peluquería fumando un cigarrillo que sujeta entre dedos coloreados por gominolas, la pareja de gatos que enroscan su tiempo sobre el tejado de la tienda de electricidad, tentando al destino. La vida, en definitiva, continúa y me ha estado aguardando todo este tiempo de hibernación ante un invierno que me producía inquietud. Todos, el cielo, los pasteles, los coches, la peluquera, los gatos, parecen reírse de mí por haber intentado escaquearme de un mundo que muchas veces no logro entender, por haber intentado burlarlos y colarme por una alcantarilla hacia ese fondo turquesa donde cualquier cosa fluye sin dificultad.

 El humo del cigarrillo de la peluquera sube hasta mi terraza, se enfrenta a mi mirada, y me dice en un idioma frío, extraño, de esos que me gustan a mí, que solo sobre este escenario es posible una vida fascinante. Me quedo pensativa, sopesando la idea, y el maleducado aprovecha sus últimos hilillos de nada gris para recordarme con malévolo sarcasmo que puedo volver cuando quiera a “esa charca donde me moriré aburrida por la insípida charla de las perlas”. Ja. Y qué sabrá él.

Me restriego la mano por el brazo aún húmedo para eliminar todo rastro de mi ondulante mundo acuático. Ya está, casi despierta de nuevo. Vértigo. Ha sido una hibernación maravillosa, y probablemente la seguirán días en los que me arrepienta de haberle dado la razón al humo del cigarrillo y haber vuelto. Ya se lo advirtió Morfeo a Neo antes de elegir la pastillita roja en Matrix. Bueno, creo que esto es distinto, pero siempre envalentona saber que hiciste lo que Keanu hubiera hecho… ¿o no?

Ahora percibo un serpenteante cosquilleo en mis manos y piernas, que también luchan por despertarse. Tienen ganas de hacer cosas. Y sé que en unos momentos, mientras apure las migajas que quedan de los cruasanes, mis pestañas terminarán de despegarse y la gelatina que envolvió mi cuerpo durante todo este tiempo de letargo se reducirá a polvo salado. ¡Chas!

lunes, 19 de septiembre de 2011

El día en la ciudad más rara del mundo

Solo hay locos en la ciudad más rara del mundo. Se mueven como juguetes de cuerda y se acercan para decir frases sin sentido. En la ciudad más rara del mundo solo hay reflejos. En los cristales de los edificios, en el acero de las máquinas, en la plata de los vestidos, sobre la superficie del agua. Solo hay reflejos y ya nadie sabe qué es verdad y qué mentira.

En la ciudad más rara del mundo los amores son imposibles, solo el reflejo de los amores muertos sobrevive, para engañar a sus pobres víctimas, locas para siempre.

Se comen pastillas en la ciudad más rara del mundo, y dicen que saben a helado y a patatas fritas cuando se deshacen en la boca en el momento que menos esperas.

Solo hay gritos en la ciudad más rara del mundo. Unos son de risas, otros de desesperación y otros de tristeza. Nadie los sabe distinguir.

Nadie sabe distinguir entre la locura y la esperanza en la ciudad más rara del mundo, porque olvidaron leer el libro del conocimiento. Suman y restan y restan y suman solo una fila de números permitidos. Olvidaron los números imaginarios y se quedaron atrapados.

Sáquenme de aquí, por favor. Ayúdenme a salir de la ciudad más rara del mundo. Les demostraré que mi cuerpo no se mueve con cuerda, que sé distinguir los gritos de angustia y los de felicidad y que aún recuerdo el sabor del helado. Sáquenme de aquí antes de que todos se olviden de mí…

lunes, 5 de septiembre de 2011

El día de la vuelta de otros

Las vueltas siempre son como un espejo de dos caras. Tras un tiempo de ruptura, descanso y nuevas emociones, el cuerpo está cargado de optimismo para emprender tiempos nuevos y mejores. Por otra parte, el escenario de la vuelta suele estar viciado por horribles monstruos y peores hechicerías que intentan hacer lo imposible por que nos olvidemos de los buenos deseos por acometer en la etapa venidera.

Me permití el lujo de tomarme unas pequeñas vacaciones de mi precaria situación al final del verano, y fui a visitar a Coco al apartamento que tiene su familia a pie de playa. Desde la piscina se puede ver el mar, y sólo tienes que andar diez pasos para sentir las cosquillas de la arena entre los pies. Diez. Ni uno más.

La última noche, a diferencia de la primera, me resulta siempre la peor. Cuesta volver a guardar en la maleta la ropa que ya no notas húmeda, recoger los libros y recortes de prensa que has diseminado por las habitaciones, dejar los restos de las cremas solares con su encantador aroma a coco… Buf, qué pereza. Y siempre me lo dejo para el final, para el  ultimísimo minuto, como si eso me fuese a librar de tener que hacerlo… Ja.

Coco no tenía necesidad de aguantar hasta ese último minuto, así que se fue a dormir y me dejó sola ante el peligro. Eran las 5 de la mañana cuando terminé con la maleta, después de mucho remoloneo. Me puse a rebuscar por la mesa de la terraza unos recortes que tomé de varias revistas, y no sé por qué, algo me  hizo parar y me apoyé en el balcón para respirar una vez más la densidad de ese aire deliciosamente salado. Entonces los vi.

En el jardín de la casa de al lado, sentados en la piscina, un chico y una chica adolescentes. No llegarían a los 16. La luz de la piscina se reflejaba en la piel de los dos, muy bronceada, y les formaba vetas onduladas sobre sus rostros. Ella tenía un pelo precioso, el típico liso desordenado causado por la humedad, y muy largo. Se lo apartaba de la cara una diadema. Sus pies estaban sumergidos en el agua, y parecían cubiertos por turquesas cristalinas. Él permanecía a su lado, en una postura muy juvenil, con los pies sobre el bordillo de la piscina y mirándola de reojo. Varias pulseras de cuerda adornaban una de sus muñecas. Me permití imaginar que sus ojos serían de color nuez.

Empecé a adivinar lo que estaba pasando y durante un segundo, sentí cargo de conciencia por estar ahí, observándolos en un momento tan íntimo sin su conocimiento. Pero me pudo la certeza de ser testigo inesperado de unos minutos en los que parecía que se estaban jugando mucho. Digo mucho, si tenemos en cuenta que eran dos quinceañeros despidiéndose tras haber pasado el verano de su vida.

Así que me hice un ovillo en una silla junto al balcón de la terraza, y me cercioré de que no podría ser descubierta. No podía escuchar lo que decían, así que, en fin, después de todo algo de intimidad sí que disfrutaban, ¿no?

Me fijé en su charla animada, que parecía controlar ella, en cómo se frotaba él el brazo izquierdo, probablemente en un gesto de autorrefuerzo, casi como animándose así mismo; reparé en el rápido movimiento del pie de ella, que consiguió salpicarle a él la cara con el agua templada de la piscina, la risa siguiente de él y su respuesta en forma de ola clorosa levantada con los dedos, que dejó chorreando los largos mechones de la chica.

Parecía que se les había acabado la conversación y entonces se quedaron ahí, compartiendo el silencio y jugando a ondular la superficie del agua con las yemas de los dedos. En ese instante, empecé a ponerme nerviosa, porque la historia de ese verano apareció cristalina ante mí. Se habrían conocido algún año atrás, viviendo en apartamentos cercanos. Coincidirían todos los días en la misma zona de la playa, con sus hermanos, los padres y los respectivos amigos de los demás pisos. Ella habría mostrado interés por él, quizá porque le gustase su locura al correr para meterse en el mar; o él se habría interesado por ella en primer lugar, hechizado por su larguísimo pelo que se retorcía por la acción de la sal y la arena día tras día, cada vez más. Pero había sido este verano cuando la curiosidad de ambos se había reunido, y no había hecho más que crecer al calor del justiciero sol costero.

Él viviría en alguna ciudad cercana a la costa, y la ciudad de ella estaría a algunos cientos de kilómetros alejada del mar. No soportaba irse, pero cada año era así, le esperaba el colegio y un nuevo curso con su grupo de amigas. Solo que esta vez era peor, mucho peor. Se había enamorado y no quería irse de allí, separarse del chico de ojos color nuez durante meses, tener que esperar hasta el siguiente verano para verle. ¡Eso sería una eternidad!

Esa era su última noche, pensaría el chico, y la habían pasado juntos enterita. Seguramente habrían comenzado reunidos donde siempre, en el banco frente al quiosco de helados, junto al resto del grupo de amigos de la playa. Se habrían escabullido hasta la orilla, intentando burlar la poderosa luz de la luna llena, para no ser descubiertos. Las historias de miedo habrían dado paso a la pequeña licorera que se sacaría alguien del bolsillo, con la excusa de que su hermano mayor le había conseguido un poco de ponche o vodka de caramelo. De allí a los juegos, a las confesiones de final del verano, a los reveladores cruces de miradas, ya ansiosas porque la noche seguía a paso rápido, sin querer detenerse ni un minuto. Ni siquiera por ellos.

Él la habría acompañado a casa y habría vuelto a la suya para tranquilizar a sus padres con el ruido de la puerta y la luz en su habitación, para volver a escaquearse a los pocos minutos bajando por la ventana de escasa altura, como ya estaba acostumbrado a hacer otras noches. Después de pasar de puntillas a la habitación de sus padres, ella le habría susurrado a su madre al oído que ya había llegado, que se quedaba en la piscina hablando un ratito más con su mejor amiga, para despedirse, y que siguiera durmiendo tranquila. Y se habría vuelto a reunir con él, hasta ahora.

El encantamiento conjunto del agua turquesa se rompió con un gesto de él. Se quitó una de sus pulseras de cuerda, muy despacio, y se la tendió a ella. Le ayudó a ponérsela pillándola en el reloj, para que fuese muy difícil que pudiera perderla. No podía ver su cara, porque el pelo tan largo se le resbaló por las mejillas, pero sonreía, casi alucinada. Entonces se levantó de repente, corrió hacia la casa y salió en segundos, con unos trozos de papel y un boli. Volvió a sentarse en el bordillo de la piscina y escribió algo en uno de los trozos de papel, que le tendió. Le ofreció el boli y él hizo lo mismo. Se acababan de intercambiar las direcciones y los números de teléfono.

Al principio me llamó la atención que no hubieran sacado los móviles, pero enseguida recordé que se trataba de niños de playa, que llevaban dos meses en una burbuja sin necesidad de mucho contacto exterior, sin estar enganchados a los mensajes ni al chat porque pasaban las horas entre la arena y el agua, donde cualquier aparato de alta tecnología, repetían las madres, estaba condenado al destrozo. Se veían todos los días a la misma hora en el mismo trozo de playa, saltaban de un apartamento a otro empleando menos de diez pasos sin importar la hora. Era una vida más salvaje y menos artificial en la que las telecomunicaciones estaban de sobra. Pues claro.

Después de las promesas de mails y mensajes, poco más quedaba por decir. Miré el reloj para comprobar que faltaban pocos minutos para las seis de la mañana. El cielo empezaba a clarear en el momento en que todos los príncipes y princesas suelen tornarse calabazas. Pero no ellos. Aún no.

Debieron darse cuenta de que cambiaba la luz, y probablemente eso fue lo que les dio el impulso. El estómago se me encogió en una maraña cuando él la cogió de la mano y ella pareció sorprenderse, cuando se acercó a ella, casi en una imagen ralentizada, y le dio un tierno beso en los labios. En ese momento, no pude más, no fui capaz de robarles ese instante y me giré. Todo el mundo tiene derecho a verdadera intimidad en su primer beso, ¿o no?

Me fui a mi habitación para ponerme el pijama, y cuando volví a la terraza, la vi a ella junto a la puerta despidiéndole con la mano. Él estaba más allá de la piscina, casi a punto de cruzar el umbral del jardín a la calle. La miró, devolvió el gesto, y empezó a correr hacia su casa.

No tuve más remedio que prepararme una tila para calmar la extraña emoción que me tenía atenazado el estómago. Las hierbas empezaron a hacerme algo de efecto, o puede que fuera la sensación del líquido caliente bajando por mi garganta, no sé… Pensé que no podía plantearme mi vuelta de un modo tan perezoso, sobre todo, porque no tenía derecho alguno. Mi vuelta no era nada comparada con la de esos dos chicos, a los que les tocaría enfrentarse, por primera vez, con la horrible sensación de añoranza. Con el recuerdo de esos días, de ese inolvidable verano, y de ese beso, que quedaban condenados a la interrupción. Al menos, hasta el siguiente año.

Mientras me desmaquillaba frente al espejo, antes de meterme por fin en la cama, me cogió por sorpresa un sentimiento encontrado. Me estaba enfrentando a las dos caras del espejo de mi propia vuelta. Por un lado, el alivio de que el mío era un retorno banal, sencillo, sin nostalgias, sin dolor, sin que a nadie le importara. Por otro, la tristeza de admitir que, definitivamente, mi vuelta iba a producirse así. De un modo banal, sencillo, sin nostalgias, sin dolor, sin que a nadie le importara. Bueno, salvo a Coco, que seguramente agradecería que me llevase mi congénito caos de vuelta conmigo.

Me di cuenta de que este no podía ser el día de mi vuelta, que lo que acababa de presenciar había invertido por completo la situación. Tenía que ser el día de la vuelta de otros, de todos aquellos que iban a volver a casa con el corazón en un puño, de esos dos adolescentes para los que no concreté un nombre. Al menos, es lo mínimo que les debía por haberles usurpado un trozo de su historia.