miércoles, 3 de agosto de 2011

El día del Ocho (3ª parte)

-¿Qué está pasando? –pregunto al limpiacristales.
-Se lo advertí, señorita. Ya ve que no le mentía. Nadie parece salir de ahí, de ese ocho.

Una lengua de hombres y mujeres camina sin cesar y gira sobre sí misma una y otra vez formando un bucle eterno, un monstruoso ocho del que nadie parece ser consciente. Se me eriza el vello de los brazos ante esa imagen de pesadilla. El limpiacristales titubea antes de atreverse a hablar de nuevo.

-¿Ha visto el ocho? –me pregunta.

Asiento con la cabeza y él imita mi gesto con preocupación.

-Nadie parece salir de allí –me recuerda-, salvo usted.
-Gracias a ti.

Miro al limpiacristales, que agacha la cabeza. Casi le adivino un ligero rubor en las mejillas.

Vuelvo a mirar abajo. Efectivamente, nadie parece salir de ahí, ni tampoco darse cuenta de que recorren un mismo bucle infinito, siguiendo un rastro invisible en el suelo que dibuja un gigantesco ocho sólo perceptible desde aquí, veinte plantas por encima. Pero un detalle más termina por convertir mi visión en espeluznante, y a mí en protagonista de la pesadilla. Le descubro entre la multitud zambullida en el ocho. Mi vista parece haber adquirido habilidades sobrenaturales, y me permite divisarle a la perfección. El destello es tan intenso, su luz tan extraordinaria que es capaz de llegar hasta a mí. Del ojo de Asier refulge el brillo de diamante que un día fue piedra y entre los dos convertimos en lágrima*.

No le había vuelto a ver desde que nos encontramos por primera vez en la Casa del Terror. Entonces, él tenía un camino ante sí por andar, un camino que yo entendí debía transitar sin ayuda de nadie. Pero ahora, en su lugar, estaba atrapado en un sendero condenado a la repetición, al pasado, a la nostalgia. No podría seguir hacia delante.

Los ojos me escuecen porque el llanto lucha por brotar. Mi primera lágrima, sin embargo, queda ahogada por un convulso movimiento desde la base de mi estómago. Algo se mueve deprisa, aleteando enérgicamente y haciéndome cosquillas hasta el punto de que toso con fuerza. Una vez. Dos.

Queda enganchado a mi garganta, y a la tercera tos, logra salir al calor de mi mano. Una pequeña mariposa color limón busca el equilibrio y comprueba que puede seguir batiendo sus alas ante mi mirada estupefacta. No todos los días le salen a una mariposas del estómago. El delicado bichito abandona mi mano y se eleva sobre mi nariz, hasta mirarme fijamente a los ojos. Parece saber algo que yo desconozco. Restriega sus finas patitas contra mi piel, y de algún modo que no puedo explicar, entiendo que me está pidiendo que confíe en ella. La beso con suavidad y contemplo un nuevo aleteo que describe un vuelo firme hacia abajo, más en concreto, hacia el ocho.

Si no hubiera sido por mi recién estrenada visión de águila, no hubiera podido ver cómo la mariposa se adentraba en el bucle humano, ni cómo localizaba a Asier sin dudar. Me hubiera perdido cómo se le acercaba al oído haciéndole cosquillas y sacándole de su raro estado de hipnosis. Veinte pisos por debajo de mí, no habría soñado con ser testigo del despertar de Asier, de su repentino interés por el insecto alado color limón, de cómo este le esperaba y le conducía poco a poco entre el río de gente, en el sentido contrario del bucle. De cómo le ayudaba a abrirse paso hasta salir de él.

Con mi visión de superheroína pude contemplar cómo el pecho de él se hinchaba y cómo percibía de pronto que respiraba mejor, sintiéndose como aparecido en otra dimensión.

Asier ofrece su palma abierta a la mariposa, que la toma con la elegancia de una bailarina. Restriega sus patitas contra la piel de su mano y vuelve a elevarse para iniciar el camino de vuelta, veinte pisos por encima de ellos dos. Asier sonríe y sigue el despreocupado vuelo con su mirada, hasta que la cometa limón desaparece entre los nubarrones húmedos y rebosantes de electrones a punto de explotar.

Sin mi portentosa visión veinte plantas más arriba, no hubiera podido ver el primer gesto que indica que él se va a dar la vuelta, que se va a ir. Aún no ha girado completamente su tronco cuando, sin pensar, inicio una desesperada carrera hacia la puerta de chapa, escaleras abajo, tomo el ascensor y cruzo, ahogada, el umbral del edificio para constatar que Asier ha vuelto a desaparecer.

Siento un peso denso y grumoso sobre mis hombros. Detesto los días de tormenta. Un familiar cosquilleo me llena de alivio. La mariposa limón acaricia mi pómulo izquierdo y me dejo sucumbir a una ola de esperanza.

Me vuelvo y miro hacia arriba. Mi nuevo amigo, el limpiacristales, ofrece un perfil escultórico veinte pisos hacia el cielo. Me hace un gesto con la mano y yo se lo devuelvo, junto a una sonrisa que adivino podrá ver desde su pedestal. Tengo la sensación de que no será esta la última vez que nos encontremos.

La gente a mi alrededor parece haberse diluido, no distingo ningún movimiento con reminiscencias de bucle. El ocho se ha evaporado. Las nubes comienzan a descargar agua con fuerza, acompañadas de truenos y relámpagos. Construyo con mis manos un refugio para mi mariposa y corro para no perder el autobús de vuelta a casa. Detesto los días de tormenta.

* Ver El día que cumplí la profecía


lunes, 1 de agosto de 2011

El día del Ocho (2ª parte)

Una hora antes yo también estaba ahí abajo, como una más, viendo tiendas y probándome bañadores, cuestionándome cosas mundanas como lo oportuno de entrar en mi librería favorita con la tarjeta rozando los números rojos. Hago esfuerzos por recordar, pero no consigo registrar el momento en el que todo empezó a torcerse, el momento en que las nubes comenzaron a engullir los rayos de sol y el cielo se cargó de electricidad.

Solo fui consciente de que andaba entre el gentío, y de que, en un punto, el río de gente se hizo más denso. Pero estaba en el centro, ¿qué podría haber de particular en ello? No fue hasta poco después cuando una pequeña centella acaparó el interés de mi ojo de urraca. Un brillo fabuloso que no veía por primera vez. Procedía de otro ojo, no de uno cualquiera, sino del de alguien a quien podría reconocer sin la mínima duda, a pesar de haberle visto una sola vez. Meses después, Asier, el misterioso chico de la Casa del Terror*, volvía a aparecer en mi vida a unos pocos metros de distancia.

Un súbito aleteo floreció en mi estómago mientras pensaba que así era como tenía que pasar. Me fui adelantando entre los brazos, hombros y torsos que hacían de barrera humana. Ya casi estaba a un metro de él, casi podía tocarle… Estiré el brazo para tomar el suyo y evitar que se me escapara, pero un milímetro antes de llegar a rozar su piel sentí un brusco tirón que me arrancó del sitio.

Mareada, me recuerdo de pronto en el suelo, tratando de incorporarme lentamente para que mi cabeza no reventase. No entendía nada, ¿me había tropezado? La respuesta me llegó en forma de intenso dolor en el brazo: alguien había tirado fuertemente de mí. Alcé la cabeza despacio y vi al hombre justo enfrente. El miedo y la esperanza se mezclaban en sus ojos, a la manera de los locos. Tenía pinta de mendigo, con ropas andrajosas y sucias, y un sombrero que parecía conocer todos los campos de batalla, pero entonces reparé en que sujetaba un cubo de agua y un instrumento para limpiar cristales en una mano. La otra, remangada y libre, era la responsable de que yo estuviera así, como recién aparecida en otra dimensión.

-Ha salido… –dijo el limpiacristales como si acabase de ver un elefante rosa- ¡La he sacado!
-¿Qué? –mi cabeza luchaba por que los edificios dejasen de girar.

Miré a mi alrededor. Seguía estando allí, en la misma calle del centro, entre tiendas de moda y artesanos que arreglaban muñecas rotas, pero algo había cambiado. La densidad había desaparecido, el aire fluía y me costaba menos respirar. ¿Qué demonios estaba pasando?

El limpiacristales seguía mirándome fijamente, y entendí que ese hombre debía de tener la respuesta.

-¿Qué está pasando?
-No podrá verlo desde aquí. Si quiere, se lo enseño. Pronto lo entenderá.

Volví la vista atrás, en busca de Asier, sin éxito. La multitud parecía desenfocada. ¿O eran mis ojos los que veían todo borroso?

-No me creerá hasta que lo vea.

La voz del limpiacristales me arrancó de mi turbia contemplación. Estaba más cerca de mí y, suavemente, estiró la mano y tiró del borde de mi camiseta. Su rostro no me pareció el de un loco peligroso, sino el de un hombre normal que abrazó la locura harto de decir verdades y no ser creído por nadie, porque a veces la gente se siente más cómoda enganchada a las mentiras. Ese tipo de enajenación me enterneció y decidí seguirle.

Entramos en un portal aledaño de uno de estos edificios neoclásicos, viejos y majestuosos. Dentro hacía frío y estaba oscuro. Tomamos el ascensor, subimos las veinte plantas y continuamos por unas escaleras de servicio que daban a una espartana y oxidada puerta de chapa verde. El limpiacristales la abrió, pasó primero y me hizo un gesto para que le siguiera en el que parecía el último peldaño de nuestro largo ascenso.

Un viento salvaje me dio la fría bienvenida a una enorme terraza rasa y descuidada, que me hizo recordar el hitchcockiano beso de Eduardo Noriega y Penélope Cruz sobre una conocida torre de oficinas en Abre los ojos. Mi insospechado anfitrión me esperaba apoyado en el balcón, mirando hacia abajo. Olvidé mi vértigo y me acerqué hasta allí.

(Continuará)

* Ver El día que cumplí la profecía

viernes, 29 de julio de 2011

El día del Ocho (1ª parte)

Hago esfuerzos por recordar cómo he llegado hasta aquí arriba, pero no consigo comprender. La destartalada terraza me abre una extraña imagen de sueño que acaba por tornarse pesadilla. Las nubes sobre mí, plúmbeas y de olor húmedo, anuncian una violenta tormenta de verano. El viento las azota y lo siento con fuerza revolviéndome el pelo en todas las direcciones, como loco. Contemplo medio hipnotizada el fluir de gente que dibuja un claro bucle más de veinte plantas por debajo de mis pies, sobre la calle. Un enorme ocho que se retroalimenta de los pasos autómatas de una multitud inconsciente. La inquietud se instala en mi interior. ¿Qué demonios está pasando?

Ahora recuerdo que no estoy aquí sola. Me giro, y el limpiacristales con aspecto de mendigo, de ropas raídas y sucias, sin afeitar, y con un sombrero pisoteado, sigue junto a mí. Casi había olvidado su presencia, pero ahí está, medio metro por detrás de mis hombros, preparado para rescatarme si me da por caer. Si me diera por caer.

-¿Qué está pasando? –le pregunto.
-Se lo advertí, señorita. Ya ve que no le mentía. Nadie parece salir de ahí, de ese ocho.

(Continuará)

miércoles, 27 de julio de 2011

El día de la niña de los naipes

Si es cierto eso de que tenemos vidas pasadas, en otra de mis vidas anteriores, si no en todas, tuve que ser sardina. O pulpo. Animal acuático, vaya. Siempre he sentido la llamada del agua desde mi interior, lo que tiene difícil solución cuando se vive en lugares sin mares ni ríos cerca. Entiendo que esa es la razón por la que los cuartos de baño ejercen una gran atracción sobre mí. Me maravillan los nuevecitos, con mármoles claros del suelo al techo y bañeras grandes y relucientes. Y también por esto mismo me encanta cualquier plaza con fuente, por pequeña que sea, mientras haya un banco enfrente en el que sentarse y contemplar cómo se precipitan los chorros, abandonarse en su rumor crujiente, sentir el frío de las gotas disparadas…

El sonido del agua tiene algo balsámico que apaga sin que me dé cuenta un botón en mi cabeza, y a la vez enciende otro que me lleva a un estado de inconsciencia mucho más placentero. Ese otro botón permanecía encendido mientras en la tarde de ayer trataba de zafarme de la agónica ola de calor frente a una preciosa fuente rodeada por unas maderas a modo de embarcadero, al final de un parque próximo a mi casa. Lo encontré un día de nubes que se reflejaban en la fuente tiñendo el agua del color del acero, y esta era la primera vez que acudía a mi rincón líquido favorito desde el inicio del verano.

No sé cuánto tiempo llevaba allí sentada sobre las tablas de madera, bajo la hipnosis del baile de los chorros de agua, cuando reparé en que, junto a mí, había alguien más. Era una niña de unos seis años, con un ligero vestido azul celeste. El pelo, lacio y rubio apagado, le llegaba a los hombros coronados por mangas de farol. Estaba muy quieta, también como hechizada por las cascadas que dibujaban los surtidores de la fuente. Apenas pestañeaba y me fijé en que sus ojos, de un azul que parecía gris, no veían lo que ambas teníamos enfrente. Estaban en otro sitio. Eran los ojos de una mujer mayor, de una anciana.

La fascinación que me produjo la imagen de esa niña atípica, o que al menos lo parecía, rompió mi extraña conexión con el agua y encendió el botón de mi cabeza con el que hago vida normal, ya más desde la tierra. A esa niña le pasaba algo.

Entre sus regordetas manos sujetaba un taco de naipes que iba barajando suavemente, casi como si llevase toda la vida haciéndolo, sin mirarlo siquiera. Sentí una intriga incontenible que me llevó a buscar posibles excusas para abordar a la pequeña. Rebusqué en mis bolsillos, que acostumbran a ser verdaderas cuevas de tesoros. En esta ocasión, solo encontré un chicle que probablemente había pasado por la centrifugadora y una entrada de cine en la que ya no se leía el título de la película.

-¿Quieres? –ofrecí el chicle a la cría.

Ella me miró primero con esos ojos grises y serios, y la boca apretada en una fina línea rosada. Desvió la mirada hacia el andrajoso chicle y volvió a sus cartas.

-No tiene muy buena pinta. ¿No sabes que el chicle no es bueno para los niños?

Su respuesta me dejó fuera de juego. Realmente el chicle no tenía buena pinta.

-Eh… Pues… Sí, tienes razón. Creo que lleva demasiado tiempo en el pantalón. Oye, pero… ¿Por qué dices que son malos para los niños?
-Nos los podemos tragar sin querer y se quedarían pegados en la garganta para siempre.
-Ah… Horrible, sí. –Me apresuré a deshacerme de esa verdadera bomba para las delicadas gargantas infantiles antes de sacar otro tema de conversación-. ¿Juegas a algo?

La niña seguía sin mirarme, sus ojos fijos en el agua.

-No. Solo barajo y pregunto.
-Ya… ¿Y qué preguntas?

Se encogió de hombros, sin más, como respuesta. Esa niña había conseguido desconcertarme del todo en unos pocos segundos. Antes de que lograra hilar otra frase estúpida, una súbita corriente de aire pasó entre nosotras y pude ver una de estas imágenes ralentizadas que solo se ven en las películas: el aire se cuela entre las cartas, arranca una de la baraja y la lanza contra el agua de la fuente. Reaccioné un segundo después, me incorporé rápidamente sobre la superficie del agua y cogí el naipe empapado como un náufrago. Entonces volví a oírla.

-Esa respuesta es para ti.
-¿Cómo?                        

La niña me hizo un gesto invitándome a girar la carta. El ocho de diamantes. Volví a mirarla suplicándole una explicación.

-Busca ahí lo que se te ha perdido. Puede que lo encuentres.

Un escalofrío trepó por mi espalda. ¿Era yo o la temperatura había descendido de repente? En el mismo instante en que mis labios se despegaban para hacer una nueva pregunta, unos gritos de madre arrancaron del agua la mirada de la niña, que se levantó rápidamente y desapareció corriendo, dejando tras de sí el sonido hueco de la madera del embarcadero.

Sequé bien el ocho de diamantes con mi camiseta, y me quedé ahí un rato más, con cara de idiota. El frío me había agarrado por dentro y se resistía a soltarme. Un nuevo escalofrío me recordó que había llegado el momento de volver a casa.

(Continuará)

domingo, 17 de julio de 2011

El día de los agujeros de queso

El calor aprieta y todo en mi cuerpo parece ralentizarse y hacerse pesado. Caminar más de veinte minutos seguidos se convierte en un incordio, al igual que dormir e incluso llevar una dieta normal. La cocina se me resiste, lo que también supone un problema para desarrollar el trabajo necesario para terminar el libro. La sola visión de las ollas y sartenes me produce abatimiento, porque esa imagen me conduce a otra más temida: el fuego. Calor, vapores de cocción, temperatura de frituras… AGGGGGG. Pero ayer se me ocurrió  insertar un pequeño y refrescante paréntesis entre las recetas más elaboradas. Algo veraniego, un clásico gastronómico, algo de lo que estaría dispuesta a alimentarme a lo largo de todo el verano: la tabla de quesos perfecta.

La referencia me la puso en bandeja la adorable Meg Ryan al volver a revisar French Kiss (Lawrence Kasdan, 1995). En una de las escenas que mejor recuerdo de la película, su personaje desayuna en un tren una infinita tabla de quesos franceses hasta el punto de ponerse mala por tamaño festín. Dándole una vuelta más –guiada por mi vaguería veraniega y mi rechazo a configurar recetas que impliquen altas temperaturas-, pensé que no estaría mal incluir esta película como excusa para elaborar una tabla de quesos perfecta en la que no faltasen representantes lácteos italianos, españoles y franceses.

Tras un tiempo de reflexión sobre las mejores variedades y la combinación más idónea, me di cuenta que casi había olvidado incluir en la lista un queso holandés. ¡Sacrilegio! No se trata de un tema de calidades, ni de hacer honor a la tradición quesera del país de los tulipanes, sino de algo más ligero y, aún así, más importante que todo aquello. En realidad, era un asunto de aire. De agujeros.

De pequeña, mi madre me regaló un cuento sobre un hombre que coleccionaba agujeros de queso. Iba de tienda en tienda, pidiendo que le cortasen los pedazos de queso con mayores agujeros, que posteriormente atesoraba en una caja de cartón. La verdad es que no lo entendí mucho hasta años después, cuando un trozo de maasdam me demostró que, efectivamente, el agujero era lo más delicioso de la pieza. Cuanto más grande, mejor.

No me gusta que me tomen por chiflada cuando comento esto; la gente que se ríe, sin duda, no ha tenido nunca el placer de degustar un buen agujero de queso. Dentro de esa burbuja de aire cabe lo que quiera nuestra imaginación, y combina con el resto del alimento con la armonía del piano mejor afinado. El agujero de queso cerca un espacio comodín donde todo cabe, donde nacen las grandes ideas, el placer de la compañía, el momento en el que eres consciente de que te estás regalando un delicioso capricho… Todo vale dentro de un agujero de queso, porque está hecho de la materia de nuestra propia imaginación. ¿Cómo no iba a incluir agujeros de queso en la tabla perfecta para mi libro?

Esa misma noche, para reforzar estos pensamientos sobre los agujeros de queso, me preparé un plato con gruesos trozos de queso holandés, de burbujeante superficie, que acompañé con una cerveza helada. Lo disfruté poco a poco, dejando que la maravillosa sensación fuese conquistando mi cuerpo. Las perfectas circunferencias huecas que dibujaba el maasdam giraban sobre mi lengua enfatizando su delicioso sabor. Sentí pena por aquel coleccionista de agujeros de queso que se limitaba a atesorarlos en una caja, sin saber nunca disfrutar de ellos. Pero no era culpa suya: el escritor de ese cuento nunca había probado un agujero de queso. Los había idolatrado en exceso.

martes, 21 de junio de 2011

El día de los nombres

Mi padre, desde Dinamarca, siempre se toma a guasa los nombres de mis amigos. Dice que, de esperpénticos, no pueden ser reales, hasta el punto de llegar a la conclusión de que no tengo amigos y que no me queda otro remedio que inventármelos con el fin de tranquilizarle para que no me obligue a volver a vivir soportando el bajo cero danés. Solo hace una concesión con Mikel, después de que le explicase que se trata del nombre en euskera, y no la versión danesa de Miguel, con la que comparte el sonido.

Pero con Coco, Lilo, Kit y Lelaina no hay manera de convencerle. Cuando vuelve a cuestionar la existencia de estas personas, hecho que se produce con una frecuencia más o menos regular, yo siempre le argumento que, por esa misma regla de tres, ¡alguien ajeno podría dudar de mi propia existencia! “Tu caso es distinto, tu nombre suena diferente porque procedes de dos culturas distintas, y con el añadido de que a tu madre le chifla todo lo francés, qué le íbamos a hacer…”, me responde para zanjar el tema sin más.

La clave para entender mejor este tema de los nombres me la dio un pintauñas. Bueno, ayer estaba escarbando entre los cestos de liquidación de una droguería, y los propios cosméticos me trajeron a la cabeza este recuerdo de las burlas de mi padre, y me dieron pie a tener una especie de revelador diálogo con ellos acerca del asunto en cuestión.

Buscaba entre la pequeña montaña de esmaltes un color especial, algo veraniego, un rosa que no llegase al naranja pero que lo pretendiese, no sé si me explico. Encontré un par de opciones de distintas marcas. Los frascos tenían un tamaño similar, el color era parecido  y no había mucho más que analizar. Hasta que le di la vuelta a uno de ellos y leí en la base su nombre: Coral des Mers. ¡Qué bien sonaba! Así que me apresuré a voltear el otro pintauñas también para saber su nombre, y me encontré con la enorme decepción de un número de serie: 457. De pronto, los volví a mirar, y de algún modo extraño, el Coral des Mers lucía más bonito y con un color más rico que el triste 457, que se había quedado apalancado una vez descubierto su secreto. La elección estaba clara.

Volví a lanzarme a las cestas, ya con la intención de llamar a cada pequeño tesoro por su nombre. Así descubrí que el rojo de labios Heart Breaker (Rompecorazones) prometía besos más espectaculares que el Rosa nº1, que el brillo Miel Fantastic resplandecía con más luz que el Gloss Basic, que el colorete Tomette D’Or parecía puro terciopelo frente al nº 14 o que el violeta de las sombras Mad as a Hatter (Loca como un Sombrerero) tenía una intensidad más enigmática que el Violet 01.

Lo que entendí es que el solo nombre, eso que parece arbitrario y tan superficial como la fina cáscara de una pipa, dice mucho de quiénes somos y de quiénes vamos a ser. Su importancia no es motivo de risa, ya que es lo primero que determinará nuestra vida desde que nacemos. Así comprendí que mi amiga Coco prefiera ser conocida por este nombre frente al que sale en su DNI, que creo que es Pilar. “Coco” fue la primera palabra que salió por su boca, y sus padres y hermanos comenzaron a llamarla así de modo cariñoso. Hasta que se llega al punto de no retorno en el que la adolescente no puede identificarse con Pilar, o lo que sea, cuando tiene lugar el intento familiar de desfacer el entuerto. Pero es que Coco siempre ha elegido ser Coco, y no otra cosa, porque ese nombre ya había determinado quién era. Y desde luego, ¡ella no era una Pilar! (Esto lo dice siempre muy digna).  

Algo similar pasa con Kit –oficialmente, Carlos-, que tomó su nombre prestado de El coche fantástico, allá por los años ochenta. Parece ser que estaba verdaderamente obsesionado con la serie, y con David Hasselhoff, por cierto -ya apuntaba maneras desde pequeño-. El caso es que Kit siempre se presentará como Kit, y la historia de su nombre probablemente tenga mucho que ver con su amor por la velocidad y los deportes de riesgo.

Los padres de mi amiga Lilo, muy religiosos, tuvieron la ocurrencia de llamarla Tomasa por el onomástico, lo que le marcó profundamente al hacerla una niña tímida en extremo y poco sociable, consecuencia de las burlas de todo el colegio. Hasta que, hace unos años, con el estreno de la película Disney Lilo y Stitch, alguien reparó en que ¡el dibujo de esa adorable niña hawaiana era clavada a Tomasa! Algunos empezaron a llamarla así, y ella misma comenzó a sentirse con más confianza y más feliz tras ese nombre que suena a canción. Yo ya la conocí como Lilo. Y sí, lo cierto es que se parece muchísimo al dibujo animado.

El caso de Lelaina es distinto. Ella sí que es Lelaina desde la óptica oficial. Cuenta que sus padres sacaron el nombre de la protagonista de una película americana que, en su momento, les había encantado, y que ya no recordaban en absoluto. La cosa es que Lelaina se ha sentido especial desde el principio de sus días: nunca había conocido a nadie con su nombre, ni en el colegio, ni en las clases de inglés, ni en baile… ¡Era única! Y esa confirmación de que era especial, según me ha confesado ella, le dio la fuerza y la confianza necesarias para hacer algo especial con su vida. Tuvo la valentía de estudiar teatro desde el fin del instituto, y se ha convertido en una verdadera actriz que puede costear su alquiler sin problemas.

¡Está claro! ¿Quién quiere ser una de esas Patricias, Beatrices o Elenas de andar por casa cuando se puede ser una Lilo, una Lelaina o un Kit? A ver ahora si logro convencer a mi padre de que mis amigos, que tampoco se llaman como ninguno de aquellos cosméticos fabulosos, no solo son estupendos, sino que, además, existen.

lunes, 13 de junio de 2011

El día en que Hacienda se convirtió en el Gordo de Navidad

No puedo evitarlo. Conforme se va a cercando el día, mi estómago empieza a comportarse de manera extraña, y tiende a aceptar solamente chocolatinas Crunch y magdalenas de arándanos. Nervios. Como si fuese una estafadora nata, una evasora de impuestos o alguien menos experto que ha intentado colar algún ingreso de menos en el borrador, vivo el día que me toca hacer la declaración de la renta con auténtica ansiedad. Creo que, como a mí, le pasa a un gran porcentaje de ciudadanos.

No cabía duda. Miré a mi alrededor, sentada como estaba en una hilera de asientos corridos, con mis escasos papeles en las manos, bien organizados y dispuestos desde hacía dos días, con todas las cuentas –dos sencillas multiplicaciones, ejem- desplegadas en enormes números escritos a boli, para no perderme. Pues bien, todos los que se encontraban en aquella oficina estatal parecían haber desayunado realmente mal esa mañana, como si se les hubiese cortado la leche de los cereales. Estaban lívidos, y agarraban carpetas de plástico transparente atiborradas de papeles –algunas más, otras menos-. De vez en cuando se restregaban los dedos con la tela del pantalón, para limpiarse el sudor de la piel.  El hombre sentado a mi derecha, de unos cincuenta años, repetía ese gesto una y otra vez. Su semblante denotaba preocupación. ¿Sería uno de esos altos ejecutivos listillos con cuentas secretas en las islas Caimán? Deseché la idea al instante por poco realista: uno de esos ejecutivos nunca se preocuparía por cosas tan banales y proletarias como hacer la declaración de la renta. ¿Para qué?

A mi izquierda, una mujer de cara cansada, probablemente madre pluriempleada, miraba sus pies. Llevaba unas sandalias de piel granate, con las uñas pintadas a conjunto. Alguna pequeña pincelada de esmalte le había sobrepasado los límites de la uña. Quizá tratase de distraerse observando cada uno de los errores cometidos con el pincel, y se estuviese comprometiendo mentalmente a retirar el color sobrante una vez llegase a casa. Una vez acabase el trago de la renta y supiese si podría irse de vacaciones o no. Vale, no, ese era más bien mi runrún cerebral, lo reconozco. ¿Y cómo no iba a estar preocupada tras la experiencia del año anterior, cuando la publicación del libro más alguna que otra prestación social habían significado el pago de una buena suma a las arcas del Estado? Brrrr.

Eché una rápida mirada hacia los bancos de atrás. La imagen se repetía en cada una de las caras. Todos color flexo, mirándose las manos, o las carpetas llenas de papeles, o los pies… Parecía que estábamos todos en un gran ascensor rumbo a la más angustiosa de las plantas.

En ese momento reparé en un funcionario que acababa de entrar y que estaba organizando la llegada de la gente, la hora de las citas, y que empezó a distribuir a los contribuyentes, según su turno, en las mesas donde serían atendidos por otros funcionarios. El hombre, de unos cuarenta años, nombraba con los dos apellidos a la gente que se encontraba esperando en la sala para avisarles de que llegaba su turno. Pero lo gracioso es que lo hacía del modo más vehemente, como si le fuese la vida en ello, como si la seriedad que pusiese en esa pequeña labor organizativa fuese la plataforma sobre la que descansase el erario público en toda su grandeza. El hombre, vestido de la manera más clásica –quizá habría elegido esa mañana cuidadosamente su camisa menos llamativa para la ocasión-, tenía una lista en la mano llena de nombres y de horas que sujetaba como si se tratase del santo grial. Cada pocos minutos, pronunciaba un nuevo nombre con sus dos apellidos, y la persona que respondiese a los mismos se levantaba despacio, y aceptaba su destino igual que los animales de granja aceptan su camino al matadero.

De pronto, ya entusiasmada con la idea del matadero, me imaginé al funcionario con una larga capa negra encapuchada y una guadaña, como en El séptimo sello. La imagen era tan poderosa que se me escapó la risa. El funcionario me miró con mala cara, y yo solo veía ya a un tío vestido de Muerte con una lista en una mano y una guadaña en la otra. Noté un golpe en el estómago y la risa me explotó en la boca como un estruendo. A borbotones, en río salvaje, a grandes olas que al estallar recuperaban fuerza desde mi respiración para volver a romper en mi boca de nuevo. No podía parar.

La gente a mi alrededor en la sala de espera me miraba atónita. Yo también les miré a ellos, entre las lágrimas que me salían sin remedio de los ojos: blancos como el papel, agarrados a sus brillantes carpetas donde resbalaba el sudor de sus manos, con las mayores caras de susto que se puedan ver –ni en un pasaje del terror-. De pronto, todo era más cómico aún. ¡Sólo se trataba de unos cuantos papeles que había que presentar a una institución pública! ¡Y nadie allí teníamos pinta de delincuentes profesionales!

Reía más y más cada vez, no podía detenerme, ni siquiera con las palabras de reprimenda del funcionario Guadaña, que me pedía una y otra vez que no armase tanto escándalo, que había gente trabajando. Pero eso ya era imparable, sólo me faltaba elevarme hacia el techo, como los protagonistas de Mary Poppins al ser asaltados durante la merienda por un ataque de risa.

Entonces noté eco en mis caracajadas, cada vez más potente, y me di cuenta de que mi estado de euforia estaba contagiándose a mis vecinos de banco, que empezaban a soltar los tornillos de sus mandíbulas también. En unos minutos, dejamos de oír los enfurecidos gritos del funcionario Guadaña, porque las risas de todos los presentes acolchaban por completo la planta.

Ningún virus se contagia tan rápido y con efectos tan inmediatos como la risa. Cuando las personas atendidas ya en las mesas, a mitad de sus respectivas declaraciones, se retorcían igualmente el estómago de alegría, el virus más veces prescrito saltó sin remedio a los funcionarios que tecleaban las cifras, casillas y cruces en las plantillas de renta. La gente se levantaba y salía por la puerta con sonoros gorjeos o redondas carcajadas, más felices que nunca porque todas las declaraciones empezaron a tener resultado favorable para el contribuyente. Los funcionarios iban animándose en función exponencial, sintiendo en sus propias carnes la emoción de los loteros que reparten el Gordo de Navidad, porque, por primera vez, en esa oficina de Hacienda se estaba repartiendo felicidad. Y eso es un sentimiento que engancha, por supuesto.

Cuando una mesa quedó libre y la funcionaria correspondiente me hizo un gesto entre risa y risa para que me acercara, lo único que faltaba en la planta eran los grandes bombos llenos de bolas. Había incluso contribuyentes que, tras la alegría de la renta, volvían a la planta descorchando botellas de champán para compartir con todos los ahí presentes, y bandejas de sándwiches de Rodilla que amenizaban la espera a los que aún se sentaban en los bancos. Bueno, aunque pocos estaban ya sentados, para ser honestos. Muchos esperaban desde el suelo, agarrándose la tripa con los brazos, rojos de tanto reír.

Mi declaración, por cierto, que me hizo una señora de gafas maravillosa con la risa más sensacional que he escuchado nunca, salió negativa, como era de esperar. En breve me sería ingresada una sustanciosa cuantía en mi cuenta bancaria. Brindamos con una copa de champán rosado de la Viuda Clicquot para celebrarlo y me despedí entre aplausos y deliciosas ondas sonoras.

Ya en la calle empecé a serenarme un poco. Saqué el teléfono para marcar enseguida el número de Mikel. Al descolgar él, mi “hola” salió en forma de carcajada.

-¿Te pasa algo?
-Sí, ¡tengo la mejor de las noticias! ¡Este año nos vamos de vacaciones!