<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031</id><updated>2012-02-16T23:06:55.970+01:00</updated><category term='cloe patines'/><category term='hibernacion'/><category term='patines botas cloe andersen'/><category term='cloe andersen halloween'/><category term='narf'/><category term='shyamalan'/><category term='cloe'/><category term='cloea andersen philip k dick gabardina'/><category term='cloea andersen plan universal philip k dick'/><category term='cloe andersen hilos leyenda'/><category term='halloween cloe andersen asier'/><category term='cloe andersen plan universal philip k dick'/><category term='cloe andersen marciano bar'/><category term='cloe andersen sundae lista cinco favoritas'/><title type='text'>La fascinante vida de Cloe Andersen</title><subtitle type='html'>He tomado la firme determinación de lograr que mis días vuelvan a ser especiales, emocionantes, fascinantes. Y no podré acostarme sin que haya sucedido algo que merezca la pena ser contado...</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>48</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-2878835833384770527</id><published>2011-11-23T14:08:00.001+01:00</published><updated>2011-11-23T14:11:37.720+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloea andersen plan universal philip k dick'/><title type='text'>El día del Plan Universal (Anexo: La explicación de Raúl)</title><content type='html'>Como ya le advertí, Cloe no llegó a casa a tiempo de reunirse con ese chico de nombre tan raro…eh… Asier, eso. Testaruda, esa chiquilla. Supongo que al menos entendería por qué estaba él allí. O, al menos, en parte. Claro, hace un par de semanas, en la noche de Halloween, ella no pudo saber que &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;ese chico sí había visto los carteles que ella puso para buscarle. ¡Por supuesto que los vio! Estaban por todos lados, ¡ya había que estar cegato!&lt;/b&gt; También supo que ese reclamo iba dirigido a él, y que la chica que firmaba, esa tal Cloe, sólo podía ser una. O quería con todas sus fuerzas que fuese ella. Esa chica que salió corriendo nada más conocerle, y que le había parecido vislumbrar repetidamente en distintos puntos de la ciudad, siempre a lo lejos, para desaparecer en el siguiente parpadeo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chiquilla, Cloe, le estaba esperando esa noche, sin saber que él caminaba hacia su casa, vestido con su traje de trabajo de la Casa del Terror, un moderno Eduardo Manostijeras, verificando casi con obsesión la dirección escrita en el cartel. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Este chico, Asier, ¿no?, llegó hasta el portal, y entonces vio a una tropa auténtica de gente disfrazada como él.&lt;/b&gt; Se quedó de piedra. ¡Menuda cara puso! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Les estuvo observando un rato, desde la acera de enfrente. No parecía encontrarse muy bien. Debió de sentirse insignificante, como un clon más tirado de serie. Se sintió extraño dentro de ese traje, hasta parecerle ridículo. La vergüenza le empujó definitivamente hacia delante, pasando el portal, y decidió meterse en un bar a tomar algo, aprovechando que había también celebración de Halloween y su extravagante atuendo no llamaría la atención.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Salió de allí un rato después, sintiendo ya tristeza y arrastrando los pies. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Entonces, como en otras ocasiones, divisó en la acera de enfrente, a unos metros, un reflejo de pelo anaranjado. &lt;/b&gt;En el parpadeo siguiente, unos brazos grandes servían de almohada a esa cabeza. No esperó a parpadear de nuevo, y sin querer sacar conclusiones, Asier volvió a casa. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Esa cabezota, Cloe, no podía saber nada de esto, ¡sólo faltaba!, pero digo yo que ahora entenderá al menos que Asier sí vio el cartel. Y que ha vuelto. Bueno, para ella nunca antes había estado ahí, claro…&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;En fin, que me estoy enredando mucho con esta historia y a mí, después de todo, ni me va, ni me viene. Ahí estén persiguiéndose por la ciudad o lo que les dé la gana.&lt;/b&gt; Yo tengo mucho que hacer, soy un hombre ocupado… Y si les sigo echando un vistacillo a las líneas de sus nombres en mi mapa, pues es por pura curiosidad, no sé, por saber cómo va a terminar esto… ¡A mi edad también tendré derecho a un poco de diversión! ¡Vamos, digo yo!&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-2878835833384770527?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/2878835833384770527/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-del-plan-universal-anexo-la.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2878835833384770527'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2878835833384770527'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-del-plan-universal-anexo-la.html' title='El día del Plan Universal (Anexo: La explicación de Raúl)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-1905139805697635067</id><published>2011-11-21T01:01:00.002+01:00</published><updated>2011-11-22T01:24:06.357+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloe andersen plan universal philip k dick'/><title type='text'>El día del Plan Universal (2ª parte: Fuera del mapa)</title><content type='html'>Comenzamos el camino a pie, y el hombre aprovechó para echarme una buena bronca sobre la fatalidad de los chantajes a la tercera edad y la mala educación de los jóvenes del siglo XXI. Cuando, al cabo de un rato, se dio cuenta de que yo, en realidad, no era tan maleducada, dejó de resoplar y me dijo que se llamaba Raúl y que era uno de los veteranos del oficio. Subimos por el ascensor de un edificio corriente, de oficinas, y me llevó hasta la azotea. La vista era espectacular, los tejados del centro de la ciudad estaban guarnecidos por el esponjoso sol de noviembre. Raúl me hizo un gesto para que me acercase hasta el balcón. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Qué ves?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Nada. Los tejados. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me tendió unas gafas que se sacó del bolsillo de la gabardina. Esperó a que me las pusiera y mirase de nuevo al horizonte. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Y ahora?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De pronto, los tejados desaparecieron ante mí. O no, pero podía ver a través de ellos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¡Podía ver a través de todo, de los muros, de los árboles, de las planchas metálicas!&lt;/b&gt; Y además, regulaba yo misma la distancia con tan sólo enfocar un punto, como si mis ojos fueran un &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;zoom&lt;/i&gt; fantástico que me acercaba y me alejaba de cada objeto en cuestión de segundos. Y lo mejor de todo es que &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;podía vislumbrar a personas, a toda la gente que yo conocía, encendidos con un halo de luz coral.&lt;/b&gt; Les podía ver caminando, sentados en sus casas, trabajando… Moviéndose con líneas del mismo color bajo sus pies, que marcaban su itinerario… &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¡Como un mapa de vida!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Esto es… Es… ¡Asombroso! &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Así, desde un plano superior del mundo, desde fuera del mapa, pude ver a mi amiga Coco pintando su apartamento, y echando un vistazo nervioso al teléfono de forma casi compulsiva. Entendí que no debió de haber pasado la noche con Jaime, un chico al que había conocido hacía poco y que le estaba dando algunos dolores de cabeza. Sus líneas rojas marcaban luego su camino a la calle, donde, precisamente, estaba previsto que se encontrase con Mikel. Mikel tendría que llegar desde su casa, según este extravagante mapa, y tras cruzarse con Coco su nombre estaba recuadrado sobre una mesa de su café favorito. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En la parte oeste de la ciudad reparé en Simon, mi jefe americano en la hamburguesería, que estaba en el Museo de Ciencias Naturales con sus hijos, los gemelos Sean y Will. En la sala contigua, me sorprendió ver a Jaime acompañado de una chica que yo no conocía, y que estaba recuadrada con el nombre de Bea. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Las horas siguen su curso, y todos los títeres de esta ciudad cumplen su itinerario como relojes. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mikel se sentó a tomar un café con un chico recuadrado como Pablo, y justo detrás de él, en la mesa contigua pero dándole la espalda estaba... ¿Será posible? Era Viola, una chica italiana que fue el amor platónico de Mikel durante años y que volvió a Siena para estudiar en la universidad de allí… ¡No sabíamos que había vuelto! &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Madre mía, se estaban dando la espalda y no podían verse, pero ahí estaban, a pocos centímetros, casi podrían rozarse con los jerseys…&lt;/b&gt; Miré las líneas rojas bajo sus pies y no, no habría cruce posible, Mikel se levantará y se irá por la puerta sin darse la vuelta, lo que significaba que ella no le habría visto y no podría llamarle para detenerle… ¡Mierda! Me quité las gafas y miré a Raúl, histérica. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿No podemos hacer nada? ¡Están a pocos centímetros y no se van a ver!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No es relevante –me contesta Raúl, tan ancho. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Cómo que no es relevante? ¡Él perdió el contacto con ella, pero la quería muchísimo y probablemente ella también a él, pero sus padres la obligaron a hacer la universidad en Italia y ….! &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Raúl me miraba con una media sonrisa, como se mira a una niña que lanza su batido con rabia contra la sede del Fondo Monetario Internacional, como si con ese gesto pudiera solucionarlo todo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Así es como tiene que pasar. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡No! &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Sí, chiquilla, y ahora recuerda que teníamos un trato. Calladita, ¿te acuerdas? &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me tragué toda mi estupefacción como pude, volví a ponerme las gafas, y seguí mirando. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Coco estaba en la calle, y como se había cruzado con Mikel, la charla con él la había demorado varios minutos. Llegó tarde a sus clases de claqué en una escuela que está detrás del Museo de Ciencias Naturales. Pasó por delante del vetusto edificio barroco algo después de que Jaime y la chica a la que ahora cogía de la mano, Bea, hubieran abandonado la exposición. Bajaron a la boca de metro que nace en la misma calle del museo, y Jaime y Bea se despidieron con un beso que despejaba toda duda. Volví a arder de furia. A sólo tres metros en la vertical de ese beso subterráneo, Coco se tropezó con los gemelos, y Simon, con gran amabilidad, le pidió disculpas y agarró a sus fieras desbocadas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Empecé a tener ganas de salir de aquel teatro de locos; al final este trabajo no resultaba tan divertido como imaginé. Eché un último vistazo a mi barrio, buscando mi edificio. De pronto, me llamó la atención un recuadro encendido justo en el portal. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Su nombre estaba escrito en mayúsculas y el estómago me dio un vuelco. ASIER. &lt;/b&gt;Estaba frente al portal, y tocó el timbre del telefonillo. Estaba llamando a mi piso. Me giré de nuevo a Raúl y le lancé las gafas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡Tengo que irme!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Da igual, no vas a llegar. No hay mucho más que hacer. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡Pero…! –miré las líneas de nuevo, para descubrir que estaba en lo cierto. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Tenías que haber estado en casa a esta hora, y entonces os hubierais encontrado, pero te encabezonaste en venir conmigo… Tampoco es relevante, no supone un gran cambio en el Itinerario General… &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me quedé con la boca abierta, no se me ocurría qué más decir…&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Y ahora, ¿me devuelves mi libreta? &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Tendí el bloc al bueno de Raúl y empecé a aceptar mi derrota. Él también me había tendido una pequeña trampa. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Te has divertido? –me preguntó, irónico. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No, no tanto como creí. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me di la vuelta para dirigirme hacia la puerta que da al ascensor. Oí a Raúl llamándome. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡No olvides que esto es tan cierto como tú quieras creer! En realidad, nada ha cambiado, ¿a que no? &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Negué despacio con la cabeza, intentando comprender el sentido de aquello. Entonces caí en que sólo trataba de confortarme. Le sonreí. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Me ha gustado conocerte, Raúl. Saber que sois de verdad. –el hombre asintió, complacido-. Sólo que deberías retirarte, ¿no crees? ¡No puedes ir perdiendo tus notas por ahí! &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-1905139805697635067?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/1905139805697635067/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-del-plan-universal-2-parte-fuera.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1905139805697635067'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1905139805697635067'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-del-plan-universal-2-parte-fuera.html' title='El día del Plan Universal (2ª parte: Fuera del mapa)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-8498669188296524989</id><published>2011-11-13T19:32:00.000+01:00</published><updated>2011-11-13T19:32:44.047+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloea andersen philip k dick gabardina'/><title type='text'>El día del Plan Universal (1ª parte: Dentro del mapa)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Se supone que están ahí, entre nosotros.&lt;/strong&gt; Son hombres y mujeres de gabardina gris que saben lo que va a pasar, que tienen la información suficiente para ir pronosticando cada uno de los acontecimientos, grandes o pequeños; como vigilantes que confirman que cada movimiento sucede en el sitio y a la hora esperada. Y si no es así, simplemente reajustan algún detalle para que todo vuelva al itinerario establecido. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Esto no lo digo yo, claro, sino el escritor de ficción Philip K. Dick allá por los años 50.&lt;/b&gt; ¿Y quién soy yo para contradecir tan fecunda imaginación e inteligencia? Pues nadie, claro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No me gusta la idea de tener un plan, de que todos lo tengamos. No me refiero a un plan cualquiera, como ir al cine, sino a EL PLAN UNIVERSAL (¡ay, madre, en qué jardín me estoy metiendo!). Resulta un incordio pensar que, hagas lo que hagas, el producto será el mismo. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;De hecho, nadie debe de creérselo porque, de ser así, si realmente nos tragáramos el cuento de EL PLAN, estaríamos todos tan tranquilos en casa esperando que pasaran las cosas, ¿no?&lt;/b&gt; Y no nos preocuparíamos ni lo más mínimo por nada porque todos los sentimientos serían superfluos. Vale, sí, hasta aquí creo que hay coherencia. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El caso es que, pese a todo, a mí siempre me ha hecho gracia la idea de Philip K. Dick de infiltrar por las calles a personas con conocimientos por encima de lo humano, que nos contemplaran con distancia, como si fuésemos títeres pegados a un decorado. Y todo porque me daba envidia, en realidad… ¡Lo que ellos podrían saber y lo que se reirían a lo largo del día con nuestro ir y venir caótico, como trompos locos! ¡Ya me gustaría a mí ese trabajo!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Pensaba en todo esto sentada frente a la fuente del parque cercano a mi casa, disfrutando de un día luminoso y templado que se había colado a estas alturas de noviembre, y todo esto empezó porque anoche, en casa de Coco, vimos una película basada en la historia del escritor, que consiguió perturbar un poco mis sueños. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Abrí el periódico que llevaba, y antes de terminar el artículo, un hombre se sentó junto a mí. No pude evitar mirarle por el rabillo del ojo, es una manía que tengo, y tuve que contener la risa al encontrarme con un señor que rozaba los 60, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;vestido con una gabardina gris y un sombrero de ala en el mismo color&lt;/b&gt;. ¡Vaya casualidad! Recordé estos sueños en los que eres medio consciente y vas creando tú misma la historia, haciendo aparecer y desaparecer a la carta a los personajes que pueblan tu imaginación y tus deseos más secretos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Continué a mi periódico, pero ya sin prestar demasiada atención. La idea de tener sentado a mi lado a uno de estos vigilantes supremos era demasiado tentadora para mi fácilmente excitable imaginación. Así que, en las siguientes miradas furtivas, capté su grueso bigote blanco, sus zapatos negros recién pulidos, la pluma estilográfica azul zafiro que sujetaba en una mano… Y el ligero bloc de notas que sostenía con la otra y apoyaba sobre sus piernas. Agucé la vista un poco más para descifrar los garabatos rojos de la página. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Había varias líneas dibujadas a lápiz, y otras tantas en rojo con pequeñas leyendas recuadradas. Parecían líneas de autobuses sólo que no había números dentro de los recuadros, sino nombres…&lt;/b&gt; Probé con el recuadro más cercano a mi ángulo de visión, y parecía que podía vislumbrar una C… luego una L… Las sospechas se iban amontonando tirando de los músculos de mi espalda, cuando &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;un tremendo viento&lt;/b&gt; huracanado me arrancó de cuajo el periódico y dejó al hombre sin su bloc. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ambos parecieron cobrar vida por un momento, y los seres de papel emprendieron la carrera en paralelo a la fuente, jugándose la vida a escasos centímetros de la fatal agua, a la vez que yo me incorporaba de un salto, con más reflejos que el hombre, y me ponía a correr hasta darles alcance. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Cuando al fin lo conseguí, no pude disimular mi total desinterés por el periódico recogiendo en un gesto ralentizado el misterioso bloc. Las líneas estaban trazadas sobre un mapa de la ciudad que apenas se distinguía, y los recuadros marcaban la situación de las personas… &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Efectivamente, mi nombre estaba etiquetado justo encima del banco del parque del que me acababa de levantar. ¡No podía ser posible! Pero sólo podía haber una explicación…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Escuché al hombre jadeando detrás de mí y me giré con un inicio de temblor en las manos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡Ya no estoy para estos trotes! –gimió-. Gracias, guapa, por cogerme la agenda.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El hombre se acercó hasta mí tendiendo la mano, también temblorosa, hacia las hojas que yo agarraba y continuaba mirando con la boca abierta. Sólo podía haber una explicación…&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Usted… ¿Es uno de ellos, verdad? &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Mmm… ¿Cómo?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Sí, de esos hombres con gabardina gris que vigilan y saben y reajustan. ¿Entonces es cierto?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ejem… Mira, chiquilla, no sé de qué estás hablando… Y ahora, si haces el favor de devolverme…&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Qué hace mi nombre marcado aquí? ¿En el mismo banco en el que estábamos sentados? ¡A ver si se cree que soy tonta!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;El hombre abrió la boca para decir algo, pero desistió al cabo de unos cuantos balbuceos. Resopló con fuerza. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;-¡Bah, qué le vamos a hacer! Me fallan los reflejos, esto nunca me hubiera pasado hace diez años. Sabía que la ráfaga llegaría por el este, pero me pilló desprevenido… Igual que tú, que parece mentira con la edad que tienes que sigas creyendo en cuentos… ¡Ya nadie cree!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No es su día de suerte, me temo –le dije sonriendo-. Entonces, es todo verdad. Ustedes existen y hay un plan. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Bueno, a grandes rasgos… ¡En fin, pero no vale la pena! Mira, tengo prisa, no puedo permitirme estar aquí explicándote nada, tengo que irme ya hacia… ejem… Así que necesito que me lo devuelvas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Miré el pequeño bloc, y luego al hombre. Me di cuenta de que era mi oportunidad. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Quiero ir con usted. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ni hablar, chiquilla. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Pues entonces se queda sin sus notas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Al hombre le cambió el color de cara al amarillo matarratas. Yo luchaba por reprimir mi satisfacción. Le tenía atrapado. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Venga, chiquilla, ¿no te das cuenta de que es algo importante? No juegues con esto o te quemarás… &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Sólo le pido un día. Quiero ir con usted y ver lo que hacen durante este día. No es gran cosa, a mí luego nadie me creerá aunque lo cuente, ¿no? Le aseguro que no le molestaré más. Pero si no me concede este pequeño capricho, también le aseguro, y no se crea que me estoy tirando el farol, que desapareceré de aquí corriendo con sus notas inmediatamente. Usted decide. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El hombre siguió titubeando; visiblemente estaba pasando un rato de perros. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No creo que a sus superiores les haga mucha gracia saber…&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡¡¡¡Basta ya!!! ¡Está bien, niñata del demonio! Vienes conmigo, te quedas calladita, haces lo que yo te diga, me devuelves el bloc, y cuando yo lo diga, te evaporas y olvidas todo esto. ¡Esas son mis condiciones!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡Me alegra que haya entrado en razón! Yo le sigo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;(Continuará)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-8498669188296524989?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/8498669188296524989/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-del-plan-universal-1-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8498669188296524989'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8498669188296524989'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-del-plan-universal-1-parte.html' title='El día del Plan Universal (1ª parte: Dentro del mapa)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-6931699707675546247</id><published>2011-11-05T20:07:00.000+01:00</published><updated>2011-11-05T20:07:37.725+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloe andersen halloween'/><title type='text'>El día de los corazones de galleta de Halloween (La noche)</title><content type='html'>Una vez pegadas las cuartillas-reclamo en un intento de volver a conectar con Asier, ya no había mucho más que pudiera hacer salvo preparar la fiesta de Halloween de la noche. En realidad, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;ya después del arrebato de romanticismo, calculé las posibilidades matemáticas de que él pudiera ver en las próximas horas uno de los carteles&lt;/b&gt; (posibilidad de que estuviese en la ciudad x posibilidad de que estuviese en el corto diámetro de mi barrio x posibilidad de que un papel con un montaje en blanco y negro llamase su atención), y de que, de ser así, se encendiese un recuerdo en su interior que le obligara a apuntar la dirección y dirigirse hasta mi casa esa noche. No eran gran cosa, la verdad. Aún así, notaba cómo mis músculos se agarrotaban progresivamente, cómo mi estómago parecía albergar una verbena y, por mucho que me resistiese, no podía escaparme del hecho de que me estaba poniendo algo nerviosa, ya fuese por un sexto sentido que me mantenía en guardia ante la noche de Halloween, ya fuese por mi bulliciosa e indomable imaginación, capaz de darme la lata en los momentos menos oportunos.   &lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Así que me lié a preparar, con la ayuda de mi amiga Coco, brebajes, gelatinas y otros manjares de aspecto terrorífico para acompañar las galletas de corazón de Eduardo Manostijeras. Quedaron muy logrados unos chupitos sangrientos, hechos con vodka tintado en granadina y con un lichi a modo de ojo en el fondo del vaso. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Tan emocionadas estábamos Coco y yo ante nuestra creación, que nadie más pudo disfrutarla, ya que mis extraños nervios y las ganas de mi amiga de empezar la fiesta cuanto antes aunaron su malicia para hacernos caer en la tentación como débiles chinches. Glup.&lt;/b&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Después llegó el momento de disfrazarse. Me puse una peluca de largos mechones rubios y un vestido de verano blanco intentado el más difícil todavía de convertirme en Winona Ryder por esa noche. Coco, por otra parte, se ciñó un mono de malla negro al que pegó un enorme número en porcentaje recortado en cartulina Me explicó que se vestía de euríbor, que era lo que más miedo daba a la gente estos días. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un par de horas más tarde empezaron a llegar nuestros amigos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Y otro par de horas después, el timbre seguía sonando, y cada vez que abríamos la puerta, aparecía alguien vestido de Eduardo Manostijeras reclamando su corazón de galleta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;¡Cómo pude ser tan imbécil! Medio barrio se había dado por aludido con mi cartel y se iban apiñando poco a poco en el breve salón de mi casa, como &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;una siniestra reunión de clones devoradores de galletas&lt;/b&gt;. Coco se vio obligada a contarle la historia a nuestro amigo Mikel, para que nos ayudara a interrogar a esa panda e ir haciendo criba. Los disfraces estaban realmente conseguidos, y por eso me fue imposible identificar de primeras a &lt;strong&gt;Poli el Lechugas, el frutero del barrio, o a Pincho, el cocinero del Sundae Nights, que habían visto el cartel y, al leer mi nombre, les pareció una idea brillante lo de venir a darme una sorpresa.&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ya después de eso, nada había en ese salón que pudiera alterarme. Los chupitos sangrientos habían logrado serenarme del todo, y el azúcar de las galletas mantenía mi energía por las nubes. Pero el piso se iba desbordando de gente, no era capaz de distinguir una sola cara conocida y decidí escaparme a respirar el aire de la calle durante unos minutos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La madrugada era fría y sólo había cogido una chaqueta vaquera, así que envolví mi cuello con los largos mechones rubios de la peluca a modo de bufanda y me puse a caminar para entrar en calor. A los pocos metros, alguien berreaba detrás de mí. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;-¡Clooooooooooooooooooooooe!&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Era Mikel, vestido de Jack el Destripador. Llevaba en una mano una botella y en la otra, una de mis enormes chaquetas de lana. Tres tallas más grande. Me giré justo para ver a mi amigo zigzagueando en mi busca. Se reía como un tonto. Como un tonto que se había bebido el vodka restante de los chupitos sangrientos. La verdad es que tenía su gracia. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ponte esto, que vas a coger frío –soltó nada más alcanzarme, tendiéndome la chaqueta. Mikel tenía esa manía de ser como una madre, pero con cromosomas XY y sin haber pasado por embarazos. Le salía natural. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Mikel, creo que ésta es la primera vez que te veo borracho. ¿Qué has estado bebiendo?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Un poco de esto… un poco de lo otro… Uno de los Manostijeras me ha preparado una mezcla con no sé cuántas cosas… ¡Deliciosa! –estalló en una mayúscula carcajada con la consiguiente descoordinación de sus extremidades que casi me arrastra al suelo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Le ayudé a recomponerse y le obligué a sentarse un rato conmigo, en las escaleras de un portal, a la vez que le convencí de que me diese la botella que llevaba en la mano. Sólo era ponche, y me pregunté de dónde habría sacado esa bebida de quinceañera. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ni rastro, ¿eh? –volvió a hablar. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Cómo dices?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Que no está aquí quien buscas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Dudé unos segundos mientras retorcía con saña uno de los mechones rubios de fibra sintética. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ah… Ya. Bueno… &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Mira lo que me vas a tener que agradecer… -me cortó mientras rebuscaba algo en sus bolsillos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Unos segundos después, me enseñó tres corazones de galleta. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¡Son los últimos! Uno es para ti, otro para mí, y el tercero, para cuando él venga a recogerlo… Porque vendrá algún día, lo sabes ¿no? Y no hará falta pegar ningún cartel. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La verdad era que no lo sabía, y él tampoco, pero en ese instante me dio igual; su ternura de amigo incondicional me había conmovido, y eso, al menos, era real y estaba ante mí, en aquel portal de una extraña noche de Halloween. Le abracé con fuerza y nos acurrucamos como dos gatos noctámbulos. Devoramos nuestras galletas en silencio, y de pronto, un ruido de tuberías reverberó en su estómago. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ups, creo que voy a vomitar. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Cuando subimos a casa de nuevo, me las apañé para echar a la alocada manada de Eduardos, y despedí a mis amigos con la excusa de que a Mikel le había sentado mal la bebida y necesitaba acostarse. Le preparé un &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;puf&lt;/i&gt; maravilloso que se convierte en cama, y a los segundos estaba ya roncando. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Guardé la tercera galleta en una antigua caja de bombones, por si acaso. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;  Esa noche soñé que bailaba con Eduardo Manostijeras bajo la nieve, y a la mañana siguiente me desperté como si el viento me hubiera estado haciendo cosquillas en los pies. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-6931699707675546247?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/6931699707675546247/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-de-los-corazones-de-galleta-de_05.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6931699707675546247'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6931699707675546247'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-de-los-corazones-de-galleta-de_05.html' title='El día de los corazones de galleta de Halloween (La noche)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-1484618004328860971</id><published>2011-11-01T17:35:00.004+01:00</published><updated>2011-11-02T00:53:25.145+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='halloween cloe andersen asier'/><title type='text'>El día de los corazones de galleta de Halloween (La mañana)</title><content type='html'>Halloween llegó este año así como de repente, sigiloso y sin avisar. Los turnos de trabajo en el Sundae Nights no estaban ayudándome mucho a finalizar el libro de recetas, y cuando empecé a ver todos los escaparates vestidos de cortinas naranjas y telarañas algodonosas, me pareció una excelente idea incorporar un capítulo temático que incluyese el bocado perfecto ligado a alguna película clásica de estas fechas. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me pasaba las horas de servicio de mesa en mesa con mi imaginación bullendo de míticas cintas de terror, repasando las escenas que recordaba en busca de alguna gelatina, un ponche&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;o un pastel de calabaza para incluir en el libro.&lt;/b&gt; Hasta que di con ello. La imagen me llegó como si un elefante acabase de entrar en una cacharrería, y resultó perfecta. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¡Las galletas-corazón de Eduardo Manostijeras! &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la previsión de que tenía libre el día festivo, me puse a experimentar en los pocos ratos ociosos con masas y distintas proporciones entre azúcar y mantequilla, después de haberme agenciado unos moldes con forma de corazones y estrellas, y mi piso se convirtió en toda una factoría de dulces en tan solo un par de días. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Mi amiga Coco, que huele a leguas la posibilidad de una fiesta, me convenció de que, ya que tenía esa ingente cantidad de repostería, lo menos que podía hacer era celebrar Halloween en casa invitando a todos nuestros amigos.&lt;/b&gt; Eso sí, la etiqueta requería disfraz terrorífico a todos los asistentes, no como la última vez, allá por el año 2001, cuando terminamos Coco y yo vestidas de Drácula en el sofá de su casa, viendo Bambi más solas que nada mientras nos despegábamos las palomitas que se nos quedaban atravesadas en los colmillos de plástico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ahora que la noche de las calabazas dentadas se había puesto de moda, mis amigos parecían más receptivos a la fiesta y se comprometieron enseguida a asistir, así que Coco y yo nos dedicamos a los preparativos desde por la mañana. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Antes de seguir, tengo que confesar algo. Lo que no le conté a nadie, ni siquiera a mi mejor amiga, es que la imagen de Eduardo Manostijeras y su corazón de galleta me había traído otra escena a la cabeza. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Asier. El día que le conocí*, escondido en la Casa del Terror del parque de atracciones, vestido como el héroe imposible de Tim Burton.&lt;/b&gt; El traje negro de hebillas, los ojos maquillados como cuevas, los labios encendidos como bolas de navidad… También pensé en cómo volvimos a cruzarnos, en ese extraño episodio en el que me las apañé para ayudarle a salir de un siniestro bucle de gente** que anidaba en el centro de la ciudad; en cómo llegué tarde y no pude retenerle, por segunda vez. Y justo otra vez me enfrento a él, a las fotos de mi memoria, tan solo días después de haber recordado la leyenda de los hilos*** a causa de un pinchazo en mi corazón. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Sólo es posible el encuentro&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De pronto, esa idea se disparó dentro de mí como un cohete espacial. Si sólo era posible el encuentro, si los hilos ya estaban tirando para restar metros de distancia, cualquier ayuda extra iría dirigida al mismo propósito, ¿no? El caso es que ni lo pensé, busqué inmediatamente fotografías de Eduardo Manostijeras en internet, imprimí mi favorita y realicé un sencillo montaje del que hice múltiples fotocopias tamaño cuartilla. Aprovechando el buen tiempo y que Coco bajaba al mercado a comprar calabazas, salí corriendo a empapelar todas las farolas y marquesinas que un diámetro razonable me permitía. Cuando terminé, y para justificar ese tiempo, me pasé por un par de tiendas donde compré toda clase de telarañas y farolillos con forma de murciélagos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;A la vuelta del mercado, Coco no pudo resistir la tentación de acercarse a una cuartilla pegada a la parada del autobús 54, que, en blanco y negro, dibujaba la cara de Eduardo Manostijeras sobre un imperativo en letras picudas: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;“¡Ven a por tu corazón de galleta!”.&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; Bajo esta línea, en un tipo mucho más pequeño, la firma de una tal Cloe junto a su dirección postal. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Coco subió con los ojos entornados. No hace falta decir que tuve que contárselo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;(Continuará)&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;* El día que cumplí la profecía (2ª parte)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;** El día del Ocho (2ª parte)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;*** El día de la leyenda de los hilos&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-1484618004328860971?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/1484618004328860971/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-de-los-corazones-de-galleta-de.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1484618004328860971'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1484618004328860971'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/11/el-dia-de-los-corazones-de-galleta-de.html' title='El día de los corazones de galleta de Halloween (La mañana)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-6569494420189932936</id><published>2011-10-27T13:10:00.000+02:00</published><updated>2011-10-27T13:10:35.384+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloe andersen hilos leyenda'/><title type='text'>El día de la leyenda de los hilos</title><content type='html'>&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;¿De dónde viene el amor?&lt;/i&gt; Aún me recuerdo de niña haciéndole esta pregunta a mi abuela Dorte, la danesa, durante unas vacaciones junto a mi padre. La abuela Dorte era alta y espigada, sin dar la sensación de fragilidad; tenía los ojos como aguamarinas y una melena lisa, en rubio ceniza, que siempre llevaba atada en la nuca con cintas de colores. También con ella utilizaba una mezcla de su idioma y el mío, como hacía con mi padre. Ella aprendió algo de español por un malagueño del que se enamoró locamente un verano en la costa del Sol. No le volvió a ver. Mi abuelo, todo un vikingo al que conoció años después, la hizo muy feliz, pero resulta curioso cómo, tras nacer mi padre, éste repetiría el patrón una generación después perdiendo la cabeza por una mujer española, mi madre. &lt;strong&gt;Como si el amor frustrado de mi abuela Dorte hubiera encontrado por fin su camino a través del corazón del hijo.&lt;/strong&gt; Mi madre no resistió la fría vida escandinava, pero eso ya es otra historia.   &lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El caso es que, como decía, me recuerdo frente a la abuela Dorte, sentadas las dos en su jardín, con esa gran pregunta. &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;¿De dónde viene el amor?&lt;/i&gt; Lo había visto ya en algunas películas, también pintado sobre lienzos y escrito en muchos de mis cuentos, pero nunca nadie explicaba de dónde venía. Quiero decir, por qué una persona en concreto se enamora de otra. De otra con una combinación de cromosomas totalmente única, que la diferencia de los demás. ¡Yo sólo quería saber por qué era esa persona! ¿Por el color del pelo, por su aroma, o quizá por el modo de dibujar historias en el aire con las manos mientras habla? No lograba entenderlo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La abuela Dorte comprendió enseguida el sentido de mi pregunta, y me confesó, con mucho misterio, que &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;la clave estaba en los hilos&lt;/b&gt;. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Los hilos procedían de una antigua leyenda que contaban los habitantes de la extraña isla de Mon&lt;/b&gt;, un enigmático trozo de tierra con paisajes lunares al sudeste del país, según la cual los humanos estamos compuestos por una parte matérica, visible –nuestro cuerpo-, y otra invisible y con cualidades mágicas. La idea filosófica del alma cobraba para ellos la forma de hilos, de delgadísimas ramificaciones que se prolongaban desde nuestra parte física y flotaban a nuestro alrededor, envolviéndonos y protegiéndonos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Estos hilos son mágicos&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, me aseguró la abuela, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;y también los auténticos responsables del amor. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Los hilos permanecen irrevocablemente ligados a nuestro cuerpo mientas éste está lleno de vida, y por tanto, nos acompañan allá donde vayamos. Yo me los imaginaba como una estela maravillosa con la forma de espaguetis.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Cuando andamos por la calle, o jugamos en un parque; cuando estamos sentados en un cine o saltando olas en el mar, nuestros hilos y los de las personas que nos rodean flotan en el mismo espacio invisible en un orden casi perfecto. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Hasta que un hilo se enreda con otro hilo. &lt;/b&gt;El enredo se produce a corta distancia, por supuesto, y es imperceptible para las personas implicadas. Solo aquellos poseedores de un sexto sentido son capaces de percibir algo en ese mismo momento, de entender que algo acaba de cambiar. La abuela Dorte me contó que puede suceder en cualquier momento, simplemente al cruzarte con alguien por la calle, sin necesidad alguna de detenerse; las terminaciones de unos hilos con los otros podrían quedar entrelazadas.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Entonces, los hilos quedan ligados sin importar la distancia física que a continuación separe a ambas personas. Las dos siguen haciendo su vida normal, y &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;los hilos van desenrollándose como de un carrete hasta que llegan a su límite. Clic. Es el tirón, que marca el fin de la distancia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;El tirón y el encuentro&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El tirón siempre se percibe de algún modo físico, aunque pocos aciertan a distinguirlo. Suele presentarse como un pinchazo, e interpretarse como algo fortuito. Los habitantes de Mon creían que el verdadero tirón se sentía siempre en forma de punzada en el corazón. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;A partir del tirón, los hilos no pueden separarse más y ejercerán una fuerza de atracción mágica hasta reunir a sus dueños. En ese punto sólo es posible el encuentro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;em&gt;¿&lt;/em&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;em&gt;Y por qué unos hilos se enredan y otros no?&lt;/em&gt; Fue mi inevitable segunda pregunta. La abuela Dorte encogió entonces los hombros, y, con una paciencia sobrehumana, me habló de cosas que en aquel momento no entendí mucho, como el azar, las energías o el destino, ya no me acuerdo muy bien. Pero no me importó demasiado no entender eso, porque acababa de encontrar la explicación que yo necesitaba para comprender cómo surgía ese hechizo entre dos personas.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Me encantó descubrirme como un ser mágico, parecido a los que salían en mis libros de fantasía, toda rodeada por delicados hilos invisibles. Adoraba la historia de los hilos, y hacía que me la relatara una y otra vez, cada vez que la veía. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Creo que, en algún punto, la abuela Dorte debió preocuparse por mi fijación con la historia, y un día decidió mostrarme su lado oscuro.&lt;/b&gt; Me dijo que los hilos no siempre eran infalibles, y que algunos enredos se producían con hilos tan frágiles que se rompían antes incluso de llegar al tirón. Me lo contó con los ojos en otra parte, muy lejos de su habitación, seguramente pensando en ese hombre del sur a quien nunca pudo encontrar. Los hilos entre ellos se rompieron antes de tiempo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Reconozco que la abuela fue muy perspicaz al desmitificar para mí la antigua leyenda de la isla de Mon, de lo contrario, presiento que mi vida hubiera girado permanentemente en torno al deseo de ese tirón, de esa obsesión con el enredo de los hilos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ya tenía casi olvidada la historia, acolchada por telarañas en mi memoria como un bonito recuerdo de mi abuela, nada más. Hacía años que ni se me pasaba por la cabeza… Y justo por eso, me extrañó profundamente que fuese la leyenda de los hilos lo primero en lo que pensé cuando, hoy mismo, mientras untaba el pan tostado con mermelada de mora para desayunar, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;un claro pinchazo atravesó el centro de mi pecho&lt;/b&gt;. Solté el cuchillo de un respingo. Ahora sólo sería posible el encuentro, ¿no?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-6569494420189932936?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/6569494420189932936/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-de-la-leyenda-de-los-hilos.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6569494420189932936'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6569494420189932936'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-de-la-leyenda-de-los-hilos.html' title='El día de la leyenda de los hilos'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5806121202897819793</id><published>2011-10-25T17:17:00.000+02:00</published><updated>2011-10-25T17:17:19.657+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloe andersen sundae lista cinco favoritas'/><title type='text'>El día de la tarta de manzana y la colección de problemas resueltos</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La primera semana de trabajo en el Sundae Nights pasó sin mayores sobresaltos tras esa dudosa inauguración triunfal que se saldó con el camarero más experimentado en el baño de su casa durante 24 horas por culpa a una diabólica infusión de hojas de sen. De algún extraño modo, Simon, el dueño del local, quedó satisfecho con mi capacidad de reacción ante situaciones de emergencia y me proporcionó un contrato indefinido, algo digno de celebración en estos tiempos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En los días siguientes, me fui adaptando a los cambios de turno y los horarios de jaula de grillos que debería terminar compaginando con mi vida de escritora e investigadora culinaria -¡por llamarlo de alguna manera bonita y alentadora!-. Soy consciente de que ha pasado poco tiempo, pero ya he sido capaz de elaborar &lt;strong&gt;una lista de mis cinco cosas favoritas&lt;/strong&gt; como camarera sobre patines en esta hamburguesería de película. Ahí va:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;1.&lt;/strong&gt; &lt;strong&gt;La porción de tarta americana de manzana recién hecha&lt;/strong&gt; por Pincho que consigo zamparme, sin que nadie me vea, en los pocos segundos de serenidad que me dejan las comandas recién servidas en las mesas. La manzana caliente derrite el helado de vainilla y todo parece arreglarse dentro de mi cuerpo cuando esta delicia desciende por mi garganta. Mmmmm…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;2.&lt;/strong&gt; El momento en que del hilo musical se escapan&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt; las primeras notas de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Summer nights&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, canción estrella de la banda sonora de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Grease&lt;/i&gt;. Suena cada día, una vez al menos, y me recuerda a mis primeros bailes del colegio, a faldas de vuelo en tonos pastel, a las fiestas de pijama con mis amigas del instituto y al sabor de las tortitas con caramelo que aprendí a hacer en esa época. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;3.&lt;/strong&gt; El gesto con el que &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Pincho huele cada día las frutas del bosque&lt;/b&gt; que usa para preparar los batidos, para comprobar si están perfectamente frescas. Se acerca un buen puñado a escasos centímetros de la nariz, sujetando las bayas suavemente entre sus manos, como si se tratara de un bebé, cierra los ojos e inspira. Si sonríe, es que todo está como debería. Le pillé un día en esta estampa, y ahora ya intento no perdérmelo nunca. Resulta sexy y adorable a la vez. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;4.&lt;/strong&gt; &lt;strong&gt;La sensación de quitarme los patines&lt;/strong&gt; al finalizar la jornada y comenzar a caminar nuevamente a pie. Es como si flotara y continuara deslizándome sobre la acera, más ligera que nunca. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;5.&lt;/strong&gt; &lt;strong&gt;Contemplar a un par de estudiantes&lt;/strong&gt; de grandes gafas estilo años ochenta, que vienen en días alternos, piden un par de coca-colas y &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;se tiran dos horas haciendo extraños garabatos en papeles mientras el humo no cesa de salir de sus cabezas&lt;/b&gt;. Intentan resolver complejos problemas matemáticos o físicos, y siempre se despiden con un gesto triunfal tras haber dado con la solución entre los dos. Suelen olvidarse de algún papel grabado con fórmulas, que siempre acabo recogiendo para guardarlo con mimo en una carpetilla de plástico naranja. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Se me ha ocurrido que esa va a ser mi colección de problemas resueltos, y espero que un día me proporcione la pista para dar con la solución para los míos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Quién sabe si estos dos chicos ya han comprendido el sentido del universo&lt;/b&gt;, y ese enigma que ya no lo es se descabeza aquí mismo, entre mis manos, plegado contra el plástico de una humilde carpetilla. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5806121202897819793?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5806121202897819793/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-de-la-tarta-de-manzana-y-la.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5806121202897819793'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5806121202897819793'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-de-la-tarta-de-manzana-y-la.html' title='El día de la tarta de manzana y la colección de problemas resueltos'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-4717039966550026626</id><published>2011-10-21T11:54:00.000+02:00</published><updated>2011-10-21T11:54:38.874+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloe andersen marciano bar'/><title type='text'>El día en que un marciano se encargó de atender un bar</title><content type='html'>Mis primeras veces, así, en general, siempre tienden al desastre, en particular los primeros días en un trabajo nuevo. Todo lo malo que podría suceder, de alguna insólita manera, termina ocurriendo, así que la experiencia previa me ha enseñado a estar preparada para todo cada vez que me enfrento a un nuevo primer día de trabajo. Tengo que admitir que ser capaz de servir mesas sobre unos patines de ruedas en paralelo, sin tropiezos ni bandejas volando por los aires, no dejaba de ser una provocación mayúscula para unos hados con tanto sentido del humor como los míos. Por eso no me extrañó advertir un sutil tembleque en mis piernas mientras me dirigía, por primera vez, al Sundae Nights a trabajar.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El americano Simon, mi rollizo nuevo jefe, mostró su piedad conmigo y, por ser el primer día, me levantó la regla de tener que utilizar los patines de bota blanca con lazos rojos. Enseguida me puse la camisa y la falda que llevaba por uniforme y él pasó a enseñarme dónde estaba cada cosa y cómo realizar bien la tarea para la que me había contratado. &lt;strong&gt;Me presentó a Martín, encargado de atender desde la barra, y a Pincho, el cocinero, que había recibido un curso rápido de cómo preparar las más deliciosas hamburguesas y auténticas tartas de queso neoyorkinas.&lt;/strong&gt; Todavía era pronto, y no había más que un anciano del barrio despistado bebiendo un café a pequeños sorbitos apoyado en la barra, con lo que aproveché para familiarizarme con el lugar y charlar un poco con mis nuevos compañeros. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Martín tenía bastante experiencia previa como camarero, a pesar de su juventud, y se comprometió a enseñarme a tirar bien la cerveza y algunos trucos básicos para no terminar con la espalda destrozada. Esta sabiduría, sin embargo, no le estaba aportando calma para el día de apertura del Sundae Nights, y se movía histérico de un extremo a otro para asegurarse de que todo estaba donde debía estar y no verse abrumado por la presumible posterior avalancha de clientes hambrientos y sedientos desde la barra. Le ofrecí prepararle una tila doble para que se centrase, y de paso así aprender a manejar la máquina de café, cosa que le pareció muy bien. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Una hora después, cuando los primeros clientes comenzaron a entrar, Martín había apurado la taza y se le veía más calmado, yo ya estaba en mi puesto con mi mejor sonrisa a petición de Simon y Pincho comenzaba a calentar el aceite preparado para el aluvión de patatas fritas que se le venía encima y batía con fuerza la leche para aligerar los batidos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Conseguí llevar mis primeras comandas sin equivocarme, poniendo a cada cual lo suyo y con la rapidez suficiente para que no les diera tiempo a aburrirse ni que se quedasen frías las viandas. Todo parecía fluir, y Simon nos dijo que iba a hacer unos recados cerca de allí. Fue salir nuestro jefe por la puerta, y darme cuenta de que Martín se estaba poniendo lívido. Su cara era como una vela, y los ojos se le desencajaban por segundos. &lt;em&gt;¿Martín?&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me acerqué rápidamente, y antes de que me respondiera, salió huyendo despavorido al final del pasillo con las manos sujetándose la tripa. Ay madre. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Hojas diabólicas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Esa fue solo la primera de las carreras que se pegaría el pobre Martín durante la siguiente media hora. A Pincho se le quemaron un par de tandas de aros de cebolla por la distracción de ver al otro como una bala pasando frente a la ventana que daba a la cocina, y yo empecé a repasar con Martín, en los escasos minutos en los que no estaba encerrado en el baño, lo que había comido hasta ese momento. Se me encendió de pronto una bombilla. La tila. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me acerqué a la cocina para inspeccionar el cubilete de las infusiones, de donde había sacado la tila. Entre las infusiones, encontré unas bolsitas de una planta que no me sonaba de nada, hojas de sen, leí, y le pregunté a Pincho qué era eso. El cocinero puso cara de preocupación, y me dijo que, si eso era lo que Martín había tomado, ya podíamos mandarle a casa porque esa infusión le mantendría ocupado depurando su cuerpo durante el día entero. Radical. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Corrí a buscar la taza abandonada por Martín, en la que yo le había preparado la infusión, casi pidiendo a las fuerzas superiores del universo que la diminuta etiqueta de cartón que cuelga de la bolsita de hierbas pusiera claramente “tila”. &lt;strong&gt;Cuando descubrí esas tres palabras ahí grabadas, “hojas de sen”, me dieron ganas de meter la cabeza en la ralladora de queso. ¡Mierda!&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Fui a buscar a Martín al baño y le dije que tenía que irse a casa, que le había preparado por equivocación una infusión de un fuerte laxante, y que ya me encargaba yo de todo, que así no podía estar. El camarero desapareció de allí doblado, sujetándose la barriga con todo el largo de los brazos, tras llamar nosotros a un taxi para que le dejase en su casa lo antes posible. Me sentía fatal. ¡Aunque a quién se le puede ocurrir colocar esas bolsitas de hojas diabólicas junto a las inofensivas manzanillas y poleos! &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Por otra parte, con todo este lío se nos había echado encima el primer pico de hora punta, las meriendas de los estudiantes que salían de la Facultad de Geología, y la barra empezó a estar invadida por caras de post-púberes que exigían sus hamburguesas y cafés helados. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me aposté detrás de la barra, los ojos saliéndose de sus órbitas, sin poder evitar acordarme de estas películas de zombis donde la masa de trapillo y carnes sueltas acaba con la pobre víctima paralizada por el terror. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;No quería ser devorada por pardillos de primero de carrera. ¡No! &lt;/span&gt;Entonces empecé a moverme, sin pensar, solo a moverme como una loca para poder aplacar a las turbas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En esa tarde, debí de servir cafés hechos con coca-cola hervida, batidos de té caliente, patatas fritas con sirope de chocolate, hamburguesas con guarnición de helado y perritos calientes rellenos únicamente de pepinillos en vinagre. Pincho, desde la cocina, hacía lo que podía, pero no logró dar más de sí. &lt;strong&gt;Y prefirió, sabiamente, cerrar los ojos para no ver cómo de pronto, esa camarera de pelo cobrizo encoletado, se convertía en el marciano Gurb de Eduardo Mendoza atendiendo la barra del Sundae Nights.&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;Nota añadida posteriormente:&lt;/strong&gt; Los clientes de aquella tarde consideraron las meriendas servidas de tal originalidad, que las semanas siguientes no dejaron de felicitar a Simon por su atrevimiento y seguían reclamando sus cafés de coca-cola hervida… En lo que a mí respecta, me cambiaron el contrato de prueba a indefinido y Martín, contra todo pronóstico, volvió a dirigirme la palabra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-4717039966550026626?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/4717039966550026626/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-en-que-un-marciano-se-encargo-de.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4717039966550026626'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4717039966550026626'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-en-que-un-marciano-se-encargo-de.html' title='El día en que un marciano se encargó de atender un bar'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-9052119308092020638</id><published>2011-10-17T13:35:00.000+02:00</published><updated>2011-10-17T13:35:14.460+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='patines botas cloe andersen'/><title type='text'>El día del pataplof</title><content type='html'>Nos miramos, cada contrincante en un extremo del pasillo. Yo soy más alta, pero ellas más rápidas. Digo ellas, porque encima son dos. Dos contra una. ¿Qué clase de justicia puede ser esa? Me acerco y las veo retroceder con un rápido gesto, confabuladas, pasándose la siguiente jugada como por telepatía. O como si fuesen partículas gemelas de física cuántica, a las que no les hace falta ni mirarse para interpretar la misma información a la vez. Me abalanzo sobre ellas en un intento de sorprenderlas, pero con un afilado silbido doblan la esquina del pasillo hasta desaparecer ante mi cara de estupefacción.   &lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Las botitas blancas que Simon me entregó junto con un contrato de trabajo en el nuevo &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;diner&lt;/i&gt; americano de mi barrio Sundae Nights se han convertido en toda una amenaza desde que llegamos a casa. El primer día no quise agobiarlas, de hecho les dejé trastear alrededor de las habitaciones, para que fuesen sintiéndose cómodas. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Hasta me parecían simpáticas viéndolas deslizarse sobre el viejo parqué, haciendo laboriosos giros y atolondrados frenazos cada vez que creían atisbar algo interesante&lt;/b&gt;, ya fuese un trozo de caramelo, una brizna de espumillón de las navidades pasadas –ups- o alguna mariquita que perdió su rumbo. Incluso empecé a pensar que la mirada burlona con la que me saludaron la primera vez que nos vimos, colgando ellas de la mano de Simon, había sido una burda imaginación de las mías. Confieso que me sentí culpable y hasta algo paranoica. Pero aaaaaah… Por algo deben decir eso de las primeras impresiones… &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un día me pareció tiempo suficiente para que disfrutasen de su nueva casa y descansasen un poco. Así que&amp;nbsp;juzgué oportuno probármelas esta misma mañana y practicar un poco el arte del patinaje en los pasillos de mi casa, primero, y si la cosa se daba bien, bajar al parque por la tarde. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Que no fuese capaz de mantener el equilibrio los primeros minutos, después de años sin subirme a las cuatro ruedas en paralelo, estaba dentro de lo esperado. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Lo que se salía totalmente del guión&amp;nbsp;era que las botitas decidieran que querían seguir viviendo su independencia plenamente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Como si me hubiesen leído el pensamiento, primero se escondieron detrás del cesto de la ropa sucia de mi habitación, y me tuvieron una hora buscándolas como una desesperada, y no contentas con esto, cuando al fin las localicé, las malvadas salieron como cohetes en dirección al salón, donde me impusieron un juego del escondite en el que siempre me la quedaba yo. Enternecedor. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un rato después de aquello, la gota de sudor se precipita por mi frente y solo se me ocurre una cosa. Divide y vencerás. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Escondida ahora yo tras la puerta de la cocina, con la ayuda de una vieja lata de galletas consigo atrapar a una de las botas, la más despistada.&lt;/b&gt; &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¡Mía!&lt;/b&gt; Se revuelve como loca e intenta pincharme con los ganchitos que ciñen los cordones en la parte superior, sin éxito. ¡Ja! &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Embuto mi pie en ella, la acordono bien y me pongo en pie haciéndome cargo del desnivel. Ingenua de mí, ¡cómo iba a sospechar que el caprichoso patín no se había dado aún por vencido cuando de pronto inicia una frenética marcha que voy siguiendo a duras penas, asustada y casi a dos cuerpos por detrás de mi pie rodante! Gira bruscamente casi frente a la puerta de entrada, se prepara para un &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;sprint&lt;/i&gt; en el pasillo, vuelve a girar,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;y, ya notando el corazón en la base de mi garganta, interpreta una cabriola que me hace imposible evitar la zancadilla con la mesa bajera para terminar besando el suelo. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Pataplof. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Auch. Qué dolor.&lt;/b&gt; Levanto levemente la cabeza para encontrar todo mi cuerpo empotrando contra la madera antediluviana. El corazón está acelerado del susto y noto que la sangre me palpita en la rodilla derecha, donde descubro una herida de las feas. Auch. Me incorporo con cuidado, para al menos permanecer sentada sobre el suelo, y me crujen los huesos en la espalda, recordándome que ya no tengo edad para estos juegos. Y tienen razón, así que me ayudo de las manos para masajearme suavemente la base de la columna. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Entonces, dirijo la mirada hacia la puerta, y allí la encuentro, a la otra bota, la que no se había dejado atrapar, contemplando toda la escena. Me sube un escalofrío de primeras y reculo unos centímetros; cómo fiarse de que no vaya a rematar la faena después de la que me ha liado su gemela&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;. Pero permanece tranquila, y en unos segundos se mueve suavemente hacia mí, y a pesar de mis reticencias iniciales, acierto al percibir algo distinto. &lt;/b&gt;Se acerca a su gemela, y luego continúa explorando mi pierna dolorida y junta su flexible piel blanca con la mía como acariciándome. Entiendo que se siente culpable de la tremenda caída y que me pide perdón, porque en realidad no pretendían llegar tan lejos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Creo que es su forma de prometerme de que no lo volverán a repetir.&lt;/b&gt; Y qué le voy a hacer si soy así de tonta, que con un besito, aunque proceda de un rebelde patín, se me pasan todos los males. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-9052119308092020638?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/9052119308092020638/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-del-pataplof.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/9052119308092020638'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/9052119308092020638'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-del-pataplof.html' title='El día del pataplof'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-500149647601030531</id><published>2011-10-13T23:38:00.000+02:00</published><updated>2011-10-13T23:38:21.224+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloe patines'/><title type='text'>El día de las botitas blancas</title><content type='html'>Dicen que la ingenuidad y los sueños se acaban el día que necesitas pagar el alquiler o hacerte cargo del bienestar básico de otros. A todo el mundo le llega, a unos antes y a otros más tarde, y yo no podía escapar a esa regla universal, por muy pelirroja y bicho raro que fuese. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El día que me di cuenta de que el pequeño adelanto económico que el Gordo y el Flaco, mis queridos editores, me habían pagado por la redacción del libro de cocina, había llegado a su fin, al igual que mis exiguos ahorros, es el día que entendí que había que cambiar de estrategia si quería sobrevivir. Así que a ello me puse. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Comencé a dar vueltas por mi barrio, en busca de carteles pegados en comercios donde solicitasen nuevos empleados o de algún cotilleo en la panadería que me diera la pista para conseguir ese ansiado trabajo. Por encima de todo, me repetía, necesito pagar el alquiler. Y que ese trabajo me permita unas horas libres para terminar de una vez de escribir el libro, si no quería acabar brutalmente asesinada por un ataque de cólera del Gordo y el Flaco. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Precisamente al pasarme por la frutería del barrio, Poli el Lechugas me comentó que en una de las calles aledañas estaban a punto de abrir una hamburguesería &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;fashion, de esas&lt;/i&gt;. Agradecí la indicación y hasta allí me dirigí, para descubrir un local de brillo plastificado al que estaban dando los últimos retoques. Tuve la suerte de conocer ahí mismo al encargado, Simon, que no Simón, porque era americano. Se había instalado en la ciudad tras casarse con una española, me contó al rato. &lt;strong&gt;El caso es que Simon, con su cara rolliza y pecosa y sus ojos enmarcados en la fina montura roja de sus gafas, me hizo solo una pregunta:&lt;/strong&gt; &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;¿Sabes patinar?&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un consejo muy común para afrontar una entrevista de trabajo, es aquello de decir que sí a todo lo que te pregunten. &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;¿Podrías trabajar en fin de semana?&lt;/i&gt; &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Sí&lt;/b&gt;. &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;¿Te parece bien el sueldo que te proponemos?&lt;/i&gt; &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Sí&lt;/b&gt;. &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;¿Conoces este programa de diseño?&lt;/i&gt; &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Sí&lt;/b&gt;. Así que, antes siquiera de que me diera tiempo a pensar en las consecuencias que mi respuesta podría entrañar, mis labios se movieron solos estirándose hacia ambos carrillos para articular en un silbido un rotundo sí. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ni siquiera debí pestañear, así que Simon, que había dejado un instante de silencio para que yo preguntase extrañada los motivos de ese requisito, se lanzó a explicarme que quería recrear la imagen prototípica del &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;diner&lt;/i&gt; americano, con sus mesitas de aluminio de acabado romo, sus cestitas de plástico a rebosar de patatas fritas y cómo no, &lt;strong&gt;sus camareras patinadoras&lt;/strong&gt;. Comprobé que, efectivamente, el local era lo suficientemente amplio como para poner en marcha una idea tan disparatada como esa, con lo que deduje que nadie le haría bajarse del burro a este hombre. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me despedí del rollizo Simon después de que él hubiera anotado bien todos mis datos para resolver el papeleo y que pudiera empezar este mismo fin de semana. Ya salía por la puerta cuando me gritó: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;¡Espera! ¡Olvidas algo!.&lt;/i&gt; &lt;strong&gt;Ese algo colgaba de su mano derecha y era un par de patines de bota blanca y lazadas rojas, igualitos a los de mi infancia.&lt;/strong&gt; Casi notaba que los patines me miraban con ojos burlones. Me acerqué despacito, sosteniéndoles la cara de chiste, y cuando pasaron de los brazos de Simon a los míos, este me dio una última indicación: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Practica un poco&lt;/i&gt;. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Nunca me había resultado tan fácil conseguir un trabajo, la verdad. Pero algo me invitaba a pensar que sería algo más difícil conservarlo… No iba desencaminada mi intuición, porque, sin yo sospecharlo, durante el camino de vuelta a casa las perfectas botitas blancas se confabularon para no ayudarme absolutamente en nada… ¡Retorcidas! &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;(Continuará)&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-500149647601030531?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/500149647601030531/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-de-las-botitas-blancas.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/500149647601030531'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/500149647601030531'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-de-las-botitas-blancas.html' title='El día de las botitas blancas'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-4622954825431450882</id><published>2011-10-11T01:08:00.000+02:00</published><updated>2011-10-11T01:08:44.490+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cloe'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='shyamalan'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='narf'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='hibernacion'/><title type='text'>El día del fin de la hibernación</title><content type='html'>Las pestañas se me van desenredando y dejan de abrazarse fuertemente las unas con las otras. Vislumbro una línea de luz dorada, sin ningún filtro más que el de la neblina de mis ojos. Un sueño denso sigue instalado en mi frente, no recuerdo cuándo fue conciliado. Hace cuántos días, me refiero. &lt;strong&gt;Me resisto a abandonar mi estado de hibernación, y utilizo la poca fuerza que poseo en estos momentos para obligar a mis pestañas a volver a entrelazarse.&lt;/strong&gt; Aprieto los ojos con ganas, ansiosa por volver allí, a las aguas turquesas en las que he acomodado mi cuerpo y mis sentidos durante todo este tiempo. A salvo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Como las &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;narf&lt;/i&gt; nacidas de la espumosa imaginación de M. Night Shyamalan, así estoy yo, rodeada de líquido turquesa agujereado por estrellas de luz que la refracción difumina hacia todas las direcciones. Me noto ligera y flexible, como si mis huesos hubieran perdido la rigidez y solo permaneciese el gelatinoso tuétano formando mi esqueleto. &lt;strong&gt;El agua me acaricia a una temperatura cálida, y me trae pequeñas perlas y piedras preciosas con las que hilo delicados guantes y tocados.&lt;/strong&gt; Otras como yo me hacen compañía, bailando a mi alrededor, y me uno a ellas en sus juegos y cabeceos, en sus risas con forma de volutas, para sentir que formo parte de algo, de ese lugar alejado de todo. Estoy tan cómoda que dormiría o nadaría a todas horas. Aunque allí es lo mismo. Creo que no he dormido desde que llegué. Nunca he estado tan bien como en este pequeño universo azul. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;Por eso me asusto tanto cuando, en cuestión de segundos, siento cómo el aire deja de nutrirme a través de las rendijas que me salieron de detrás de las orejas; cuando mi cuerpo se vuelve pesado con la súbita vertebración de mis huesos; cuando el agua se hace densa y gelatinosa y su temperatura desciende inclemente, y me congela el corazón. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Es entonces cuando me doy cuenta de que mis pestañas se van desenredando y dejan de abrazarse fuertemente las unas con las otras. Cuando vislumbro una línea de luz dorada, sin ningún filtro más que el de la neblina de mis ojos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mis intentos por volver son vanos. Espero un ratito, muy quieta, hasta que mis pupilas se acostumbran a la sequedad del aire de mi habitación y la aterciopelada manta que encuentro sobre mí termina de devolverme el calor corporal. &lt;strong&gt;Me incorporo despacio, mientras intento pensar cuánto tiempo ha pasado, cómo llegué hasta allí y cómo he vuelto ahora.&lt;/strong&gt; Y para qué. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La luz rebota por todo lo largo de mi brazo translúcido, y me maravillo al verlo cubierto de una costra de diamantes. La otra mano intenta atraparlos y termino riendo al comprobar que son gotas de agua. Huelo a cloro. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Logro ponerme en pie y empiezo a explorar los pasillos de una casa conocida. El olor a cruasanes recién hechos y a café caliente me guía directa a la cocina. Estoy hambrienta. Lleno hasta el borde una enorme taza y la cubro con dos cucharadas de nata fresca, que espolvoreo con canela y acoplo en una bandeja junto a un plato con una hojaldrada pirámide de cruasanes. A pequeños pasos, dándome tiempo, llego hasta la pequeña terraza. El calendario no engaña, estamos en octubre pero aún se puede disfrutar de los últimos desayunos al sol. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me siento y, mientras mastico como si fuera la primera vez, contemplo que todo está tal como lo dejé. Un precioso cielo cerúleo en el horizonte, con sus algodonadas nubes; la pequeña pastelería francesa, la hilera de coches que pugnan por un espacio en el que coexistir, la dueña de la peluquería fumando un cigarrillo que sujeta entre dedos coloreados por gominolas, la pareja de gatos que enroscan su tiempo sobre el tejado de la tienda de electricidad, tentando al destino. La vida, en definitiva, continúa y me ha estado aguardando todo este tiempo de hibernación ante un invierno que me producía inquietud. &lt;strong&gt;Todos, el cielo, los pasteles, los coches, la peluquera, los gatos, parecen reírse de mí por haber intentado escaquearme de un mundo que muchas veces no logro entender, por haber intentado burlarlos y colarme por una alcantarilla hacia ese fondo turquesa donde cualquier cosa fluye sin dificultad.&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;El humo del cigarrillo de la peluquera sube hasta mi terraza, se enfrenta a mi mirada, y me dice en un idioma frío, extraño, de esos que me gustan a mí, que solo sobre este escenario es posible una vida fascinante. Me quedo pensativa, sopesando la idea, y el maleducado aprovecha sus últimos hilillos de nada gris para recordarme con malévolo sarcasmo que puedo volver cuando quiera a “esa charca donde me moriré aburrida por la insípida charla de las perlas”. Ja. Y qué sabrá él. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me restriego la mano por el brazo aún húmedo para eliminar todo rastro de mi ondulante mundo acuático. Ya está, casi despierta de nuevo. Vértigo. Ha sido una hibernación maravillosa, y probablemente la seguirán días en los que me arrepienta de haberle dado la razón al humo del cigarrillo y haber vuelto. Ya se lo advirtió Morfeo a Neo antes de elegir la pastillita roja en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Matrix&lt;/i&gt;. Bueno, creo que esto es distinto, pero &lt;strong&gt;siempre envalentona saber que hiciste lo que Keanu hubiera hecho… ¿o no?&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ahora percibo un serpenteante cosquilleo en mis manos y piernas, que también luchan por despertarse. Tienen ganas de hacer cosas. Y sé que en unos momentos, mientras apure las migajas que quedan de los cruasanes, mis pestañas terminarán de despegarse y la gelatina que envolvió mi cuerpo durante todo este tiempo de letargo se reducirá a polvo salado. &lt;strong&gt;¡Chas!&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-4622954825431450882?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/4622954825431450882/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-del-fin-de-la-hibernacion.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4622954825431450882'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4622954825431450882'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/10/el-dia-del-fin-de-la-hibernacion.html' title='El día del fin de la hibernación'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-3547159321969109029</id><published>2011-09-19T16:54:00.000+02:00</published><updated>2011-09-19T16:54:29.692+02:00</updated><title type='text'>El día en la ciudad más rara del mundo</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Solo hay locos en la ciudad más rara del mundo. Se mueven como juguetes de cuerda y se acercan para decir frases sin sentido. En la ciudad más rara del mundo solo hay reflejos. En los cristales de los edificios, en el acero de las máquinas, en la plata de los vestidos, sobre la superficie del agua. Solo hay reflejos y ya nadie sabe qué es verdad y qué mentira. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En la ciudad más rara del mundo los amores son imposibles, solo el reflejo de los amores muertos sobrevive, para engañar a sus pobres víctimas, locas para siempre. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Se comen pastillas en la ciudad más rara del mundo, y dicen que saben a helado y a patatas fritas cuando se deshacen en la boca en el momento que menos esperas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Solo hay gritos en la ciudad más rara del mundo. Unos son de risas, otros de desesperación y otros de tristeza. Nadie los sabe distinguir. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Nadie sabe distinguir entre la locura y la esperanza en la ciudad más rara del mundo, porque olvidaron leer el libro del conocimiento. Suman y restan y restan y suman solo una fila de números permitidos. Olvidaron los números imaginarios y se quedaron atrapados. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Sáquenme de aquí, por favor. Ayúdenme a salir de la ciudad más rara del mundo. Les demostraré que mi cuerpo no se mueve con cuerda, que sé distinguir los gritos de angustia y los de felicidad y que aún recuerdo el sabor del helado. Sáquenme de aquí antes de que todos se olviden de mí… &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-3547159321969109029?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/3547159321969109029/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/09/el-dia-en-la-ciudad-mas-rara-del-mundo.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3547159321969109029'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3547159321969109029'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/09/el-dia-en-la-ciudad-mas-rara-del-mundo.html' title='El día en la ciudad más rara del mundo'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-4620352091539352308</id><published>2011-09-05T20:56:00.000+02:00</published><updated>2011-09-05T20:56:56.459+02:00</updated><title type='text'>El día de la vuelta de otros</title><content type='html'> Las vueltas siempre son como un espejo de dos caras. Tras un tiempo de ruptura, descanso y nuevas emociones, el cuerpo está cargado de optimismo para emprender tiempos nuevos y mejores. Por otra parte, el escenario de la vuelta suele estar viciado por horribles monstruos y peores hechicerías que intentan hacer lo imposible por que nos olvidemos de los buenos deseos por acometer en la etapa venidera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me permití el lujo de tomarme unas pequeñas vacaciones de mi precaria situación al final del verano, y fui a visitar a Coco al apartamento que tiene su familia a pie de playa. Desde la piscina se puede ver el mar, y sólo tienes que andar diez pasos para sentir las cosquillas de la arena entre los pies. Diez. Ni uno más. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La última noche, a diferencia de la primera, me resulta siempre la peor. Cuesta volver a guardar en la maleta la ropa que ya no notas húmeda, recoger los libros y recortes de prensa que has diseminado por las habitaciones, dejar los restos de las cremas solares con su encantador aroma a coco… Buf, qué pereza. Y siempre me lo dejo para el final, para el&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;ultimísimo minuto, como si eso me fuese a librar de tener que hacerlo… Ja. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Coco no tenía necesidad de aguantar hasta ese último minuto, así que se fue a dormir y me dejó sola ante el peligro. Eran las 5 de la mañana cuando terminé con la maleta, después de mucho remoloneo. Me puse a rebuscar por la mesa de la terraza unos recortes que tomé de varias revistas, y no sé por qué, algo me&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;hizo parar y me apoyé en el balcón para respirar una vez más la densidad de ese aire deliciosamente salado. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Entonces los vi. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En el jardín de la casa de al lado, sentados en la piscina, un chico y una chica adolescentes. No llegarían a los 16. La luz de la piscina se reflejaba en la piel de los dos, muy bronceada, y les formaba vetas onduladas sobre sus rostros. Ella tenía un pelo precioso, el típico liso desordenado causado por la humedad, y muy largo. Se lo apartaba de la cara una diadema. Sus pies estaban sumergidos en el agua, y parecían cubiertos por turquesas cristalinas. Él permanecía a su lado, en una postura muy juvenil, con los pies sobre el bordillo de la piscina y mirándola de reojo. Varias pulseras de cuerda adornaban una de sus muñecas. Me permití imaginar que sus ojos serían de color nuez. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Empecé a adivinar lo que estaba pasando y durante un segundo, sentí cargo de conciencia por estar ahí, observándolos en un momento tan íntimo sin su conocimiento.&lt;/b&gt; Pero me pudo la certeza de ser testigo inesperado de unos minutos en los que parecía que se estaban jugando mucho. Digo mucho, si tenemos en cuenta que eran dos quinceañeros despidiéndose tras haber pasado el verano de su vida. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Así que me hice un ovillo en una silla junto al balcón de la terraza, y me cercioré de que no podría ser descubierta. No podía escuchar lo que decían, así que, en fin, después de todo algo de intimidad sí que disfrutaban, ¿no?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me fijé en su charla animada, que parecía controlar ella, en cómo se frotaba él el brazo izquierdo, probablemente en un gesto de autorrefuerzo, casi como animándose así mismo; reparé en el rápido movimiento del pie de ella, que consiguió salpicarle a él la cara con el agua templada de la piscina, la risa siguiente de él y su respuesta en forma de ola clorosa levantada con los dedos, que dejó chorreando los largos mechones de la chica. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Parecía que se les había acabado la conversación y entonces se quedaron ahí, compartiendo el silencio y jugando a ondular la superficie del agua con las yemas de los dedos.&lt;/b&gt; En ese instante, empecé a ponerme nerviosa, porque la historia de ese verano apareció cristalina ante mí. Se habrían conocido algún año atrás, viviendo en apartamentos cercanos. Coincidirían todos los días en la misma zona de la playa, con sus hermanos, los padres y los respectivos amigos de los demás pisos. Ella habría mostrado interés por él, quizá porque le gustase su locura al correr para meterse en el mar; o él se habría interesado por ella en primer lugar, hechizado por su larguísimo pelo que se retorcía por la acción de la sal y la arena día tras día, cada vez más. Pero había sido este verano cuando la curiosidad de ambos se había reunido, y no había hecho más que crecer al calor del justiciero sol costero. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Él viviría en alguna ciudad cercana a la costa, y la ciudad de ella estaría a algunos cientos de kilómetros alejada del mar. No soportaba irse, pero cada año era así, le esperaba el colegio y un nuevo curso con su grupo de amigas. Solo que esta vez era peor, mucho peor. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Se había enamorado y no quería irse de allí, separarse del chico de ojos color nuez durante meses, tener que esperar hasta el siguiente verano para verle.&lt;/b&gt; ¡Eso sería una eternidad!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Esa era su última noche, pensaría el chico, y la habían pasado juntos enterita. Seguramente habrían comenzado reunidos donde siempre, en el banco frente al quiosco de helados, junto al resto del grupo de amigos de la playa. Se habrían escabullido hasta la orilla, intentando burlar la poderosa luz de la luna llena, para no ser descubiertos. Las historias de miedo habrían dado paso a la pequeña licorera que se sacaría alguien del bolsillo, con la excusa de que su hermano mayor le había conseguido un poco de ponche o vodka de caramelo. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;De allí a los juegos, a las confesiones de final del verano, a los reveladores cruces de miradas&lt;/b&gt;, ya ansiosas porque la noche seguía a paso rápido, sin querer detenerse ni un minuto. Ni siquiera por ellos. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Él la habría acompañado a casa y habría vuelto a la suya para tranquilizar a sus padres con el ruido de la puerta y la luz en su habitación, para volver a escaquearse a los pocos minutos bajando por la ventana de escasa altura, como ya estaba acostumbrado a hacer otras noches. Después de pasar de puntillas a la habitación de sus padres, ella le habría susurrado a su madre al oído que ya había llegado, que se quedaba en la piscina hablando un ratito más con su mejor amiga, para despedirse, y que siguiera durmiendo tranquila. Y se habría vuelto a reunir con él, hasta ahora. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El encantamiento conjunto del agua turquesa se rompió con un gesto de él. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Se quitó una de sus pulseras de cuerda, muy despacio, y se la tendió a ella. Le ayudó a ponérsela pillándola en el reloj, para que fuese muy difícil que pudiera perderla.&lt;/b&gt; No podía ver su cara, porque el pelo tan largo se le resbaló por las mejillas, pero sonreía, casi alucinada. Entonces se levantó de repente, corrió hacia la casa y salió en segundos, con unos trozos de papel y un boli. Volvió a sentarse en el bordillo de la piscina y escribió algo en uno de los trozos de papel, que le tendió. Le ofreció el boli y él hizo lo mismo. Se acababan de intercambiar las direcciones y los números de teléfono. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Al principio me llamó la atención que no hubieran sacado los móviles, pero enseguida recordé que se trataba de niños de playa, que llevaban dos meses en una burbuja sin necesidad de mucho contacto exterior, sin estar enganchados a los mensajes ni al &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;chat &lt;/i&gt;porque pasaban las horas entre la arena y el agua, donde cualquier aparato de alta tecnología, repetían las madres, estaba condenado al destrozo. Se veían todos los días a la misma hora en el mismo trozo de playa, saltaban de un apartamento a otro empleando menos de diez pasos sin importar la hora. Era una vida más salvaje y menos artificial en la que las telecomunicaciones estaban de sobra. Pues claro. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Después de las promesas de mails y mensajes, poco más quedaba por decir. Miré el reloj para comprobar que faltaban pocos minutos para las seis de la mañana. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;El cielo empezaba a clarear en el momento en que todos los príncipes y princesas suelen tornarse calabazas. &lt;/b&gt;Pero no ellos. Aún no. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Debieron darse cuenta de que cambiaba la luz, y probablemente eso fue lo que les dio el impulso. El estómago se me encogió en una maraña cuando él la cogió de la mano y ella pareció sorprenderse, cuando se acercó a ella, casi en una imagen ralentizada, y le dio un tierno beso en los labios. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;En ese momento, no pude más, no fui capaz de robarles ese instante y me giré. &lt;/b&gt;Todo el mundo tiene derecho a verdadera intimidad en su primer beso, ¿o no?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me fui a mi habitación para ponerme el pijama, y cuando volví a la terraza, la vi a ella junto a la puerta despidiéndole con la mano. Él estaba más allá de la piscina, casi a punto de cruzar el umbral del jardín a la calle. La miró, devolvió el gesto, y empezó a correr hacia su casa. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No tuve más remedio que prepararme una tila para calmar la extraña emoción que me tenía atenazado el estómago. Las hierbas empezaron a hacerme algo de efecto, o puede que fuera la sensación del líquido caliente bajando por mi garganta, no sé… Pensé que no podía plantearme mi vuelta de un modo tan perezoso, sobre todo, porque no tenía derecho alguno. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Mi vuelta no era nada comparada con la de esos dos chicos, a los que les tocaría enfrentarse, por primera vez, con la horrible sensación de añoranza. &lt;/b&gt;Con el recuerdo de esos días, de ese inolvidable verano, y de ese beso, que quedaban condenados a la interrupción. Al menos, hasta el siguiente año. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mientras me desmaquillaba frente al espejo, antes de meterme por fin en la cama, me cogió por sorpresa un sentimiento encontrado. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me estaba enfrentando a las dos caras del espejo de mi propia vuelta. Por un lado, el alivio de que el mío era un retorno banal, sencillo, sin nostalgias, sin dolor, sin que a nadie le importara. Por otro, la tristeza de admitir que, definitivamente, mi vuelta iba a producirse así.&lt;/b&gt; De un modo banal, sencillo, sin nostalgias, sin dolor, sin que a nadie le importara. Bueno, salvo a Coco, que seguramente agradecería que me llevase mi congénito caos de vuelta conmigo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Me di cuenta de que este no podía ser el día de mi vuelta, que lo que acababa de presenciar había invertido por completo la situación&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;. Tenía que ser el día de la vuelta de otros, de todos aquellos que iban a volver a casa con el corazón en un puño, de esos dos adolescentes para los que no concreté un nombre. &lt;/b&gt;Al menos, es lo mínimo que les debía por haberles usurpado un trozo de su historia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-4620352091539352308?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/4620352091539352308/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/09/el-dia-de-la-vuelta-de-otros.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4620352091539352308'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4620352091539352308'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/09/el-dia-de-la-vuelta-de-otros.html' title='El día de la vuelta de otros'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5435224292739948793</id><published>2011-08-03T15:36:00.000+02:00</published><updated>2011-08-03T15:36:15.236+02:00</updated><title type='text'>El día del Ocho (3ª parte)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Qué está pasando? –pregunto al limpiacristales. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Se lo advertí, señorita. Ya ve que no le mentía. Nadie parece salir de ahí, de ese ocho.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Una lengua de hombres y mujeres camina sin cesar y gira sobre sí misma una y otra vez formando un bucle eterno, un monstruoso ocho del que nadie parece ser consciente. Se me eriza el vello de los brazos ante esa imagen de pesadilla. El limpiacristales titubea antes de atreverse a hablar de nuevo.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Ha visto el ocho? –me pregunta. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Asiento con la cabeza y él imita mi gesto con preocupación. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Nadie parece salir de allí –me recuerda-, salvo usted. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Gracias a ti. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Miro al limpiacristales, que agacha la cabeza. Casi le adivino un ligero rubor en las mejillas.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Vuelvo a mirar abajo. Efectivamente, nadie parece salir de ahí, ni tampoco darse cuenta de que recorren un mismo bucle infinito, siguiendo un rastro invisible en el suelo que dibuja un gigantesco ocho sólo perceptible desde aquí, veinte plantas por encima. Pero un detalle más termina por convertir mi visión en espeluznante, y a mí en protagonista de la pesadilla. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Le descubro entre la multitud zambullida en el ocho.&lt;/b&gt; Mi vista parece haber adquirido habilidades sobrenaturales, y me permite divisarle a la perfección. El destello es tan intenso, su luz tan extraordinaria que es capaz de llegar hasta a mí. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Del ojo de Asier refulge el brillo de diamante que un día fue piedra y entre los dos convertimos en lágrima*.&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No le había vuelto a ver desde que nos encontramos por primera vez en la Casa del Terror. Entonces, él tenía un camino ante sí por andar, un camino que yo entendí debía transitar sin ayuda de nadie. Pero ahora, en su lugar, estaba atrapado en un sendero condenado a la repetición, al pasado, a la nostalgia. No podría seguir hacia delante. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Los ojos me escuecen porque el llanto lucha por brotar. Mi primera lágrima, sin embargo, queda ahogada por un convulso movimiento desde la base de mi estómago. Algo se mueve deprisa, aleteando enérgicamente y haciéndome cosquillas hasta el punto de que toso con fuerza. Una vez. Dos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Queda enganchado a mi garganta, y a la tercera tos, logra salir al calor de mi mano. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Una pequeña mariposa color limón busca el equilibrio y comprueba que puede seguir batiendo sus alas ante mi mirada estupefacta.&lt;/b&gt; No todos los días le salen a una mariposas del estómago. El delicado bichito abandona mi mano y se eleva sobre mi nariz, hasta mirarme fijamente a los ojos. Parece saber algo que yo desconozco. Restriega sus finas patitas contra mi piel, y de algún modo que no puedo explicar, entiendo que me está pidiendo que confíe en ella. La beso con suavidad y contemplo un nuevo aleteo que describe un vuelo firme hacia abajo, más en concreto, hacia el ocho. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Si no hubiera sido por mi recién estrenada visión de águila, no hubiera podido ver cómo la mariposa se adentraba en el bucle humano, ni cómo localizaba a Asier sin dudar. Me hubiera perdido cómo se le acercaba al oído haciéndole cosquillas y sacándole de su raro estado de hipnosis. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Veinte pisos por debajo de mí, no habría soñado con ser testigo del despertar de Asier, de su repentino interés por el insecto alado color limón, de cómo este le esperaba y le conducía poco a poco entre el río de gente, en el sentido contrario del bucle.&lt;/b&gt; De cómo le ayudaba a abrirse paso hasta salir de él. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Con mi visión de superheroína pude contemplar cómo el pecho de él se hinchaba y cómo percibía de pronto que respiraba mejor, sintiéndose como aparecido en otra dimensión. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Asier ofrece su palma abierta a la mariposa, que la toma con la elegancia de una bailarina. Restriega sus patitas contra la piel de su mano y vuelve a elevarse para iniciar el camino de vuelta, veinte pisos por encima de ellos dos. Asier sonríe y sigue el despreocupado vuelo con su mirada, hasta que la cometa limón desaparece entre los nubarrones húmedos y rebosantes de electrones a punto de explotar. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Sin mi portentosa visión veinte plantas más arriba, no hubiera podido ver el primer gesto que indica que él se va a dar la vuelta, que se va a ir.&lt;/b&gt; Aún no ha girado completamente su tronco cuando, sin pensar, inicio una desesperada carrera hacia la puerta de chapa, escaleras abajo, tomo el ascensor y cruzo, ahogada, el umbral del edificio para constatar que Asier ha vuelto a desaparecer. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Siento un peso denso y grumoso sobre mis hombros. Detesto los días de tormenta. Un familiar cosquilleo me llena de alivio. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La mariposa limón acaricia mi pómulo izquierdo y me dejo sucumbir a una ola de esperanza. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me vuelvo y miro hacia arriba. Mi nuevo amigo, el limpiacristales, ofrece un perfil escultórico veinte pisos hacia el cielo. Me hace un gesto con la mano y yo se lo devuelvo, junto a una sonrisa que adivino podrá ver desde su pedestal. Tengo la sensación de que no será esta la última vez que nos encontremos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La gente a mi alrededor parece haberse diluido, no distingo ningún movimiento con reminiscencias de bucle. El ocho se ha evaporado. Las nubes comienzan a descargar agua con fuerza, acompañadas de truenos y relámpagos. Construyo con mis manos un refugio para mi mariposa y corro para no perder el autobús de vuelta a casa. Detesto los días de tormenta. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;* Ver &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El&lt;/i&gt; &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;día que cumplí la profecía&lt;/i&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5435224292739948793?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5435224292739948793/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/08/el-dia-del-ocho-3-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5435224292739948793'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5435224292739948793'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/08/el-dia-del-ocho-3-parte.html' title='El día del Ocho (3ª parte)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-2817667253413047829</id><published>2011-08-01T17:56:00.000+02:00</published><updated>2011-08-01T17:56:37.293+02:00</updated><title type='text'>El día del Ocho (2ª parte)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Una hora antes yo también estaba ahí abajo, como una más, viendo tiendas y probándome bañadores, cuestionándome cosas mundanas como lo oportuno de entrar en mi librería favorita con la tarjeta rozando los números rojos. Hago esfuerzos por recordar, pero no consigo registrar el momento en el que todo empezó a torcerse, el momento en que las nubes comenzaron a engullir los rayos de sol y el cielo se cargó de electricidad. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Solo fui consciente de que andaba entre el gentío, y de que, en un punto, el río de gente se hizo más denso. Pero estaba en el centro, ¿qué podría haber de particular en ello?&lt;strong&gt; No fue hasta poco después cuando una pequeña centella acaparó el interés de mi ojo de urraca. Un brillo fabuloso que no veía por primera vez.&lt;/strong&gt; Procedía de otro ojo, no de uno cualquiera, sino del de alguien a quien podría reconocer sin la mínima duda, a pesar de haberle visto una sola vez. Meses después, Asier, el misterioso chico de &lt;personname productid="la Casa" w:st="on"&gt;la Casa&lt;/personname&gt; del Terror&lt;strong&gt;*&lt;/strong&gt;, volvía a aparecer en mi vida a unos pocos metros de distancia. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un súbito aleteo floreció en mi estómago mientras pensaba que así era como tenía que pasar. Me fui adelantando entre los brazos, hombros y torsos que hacían de barrera humana. Ya casi estaba a un metro de él, casi podía tocarle… Estiré el brazo para tomar el suyo y evitar que se me escapara, pero un milímetro antes de llegar a rozar su piel sentí un brusco tirón que me arrancó del sitio. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mareada, me recuerdo de pronto en el suelo, tratando de incorporarme lentamente para que mi cabeza no reventase. No entendía nada, ¿me había tropezado? La respuesta me llegó en forma de intenso dolor en el brazo: alguien había tirado fuertemente de mí. &lt;strong&gt;Alcé la cabeza despacio y vi al hombre justo enfrente. El miedo y la esperanza se mezclaban en sus ojos, a la manera de los locos.&lt;/strong&gt; Tenía pinta de mendigo, con ropas andrajosas y sucias, y un sombrero que parecía conocer todos los campos de batalla, pero entonces reparé en que sujetaba un cubo de agua y un instrumento para limpiar cristales en una mano. La otra, remangada y libre, era la responsable de que yo estuviera así, como recién aparecida en otra dimensión. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ha salido… –dijo el limpiacristales como si acabase de ver un elefante rosa- ¡La he sacado! &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Qué? –mi cabeza luchaba por que los edificios dejasen de girar. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Miré a mi alrededor. Seguía estando allí, en la misma calle del centro, entre tiendas de moda y artesanos que arreglaban muñecas rotas, pero algo había cambiado. La densidad había desaparecido, el aire fluía y me costaba menos respirar.&lt;strong&gt; ¿Qué demonios estaba pasando?&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El limpiacristales seguía mirándome fijamente, y entendí que ese hombre debía de tener la respuesta. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Qué está pasando?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No podrá verlo desde aquí. Si quiere, se lo enseño. Pronto lo entenderá. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Volví la vista atrás, en busca de Asier, sin éxito. La multitud parecía desenfocada. ¿O eran mis ojos los que veían todo borroso?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No me creerá hasta que lo vea. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La voz del limpiacristales me arrancó de mi turbia contemplación. Estaba más cerca de mí y, suavemente, estiró la mano y tiró del borde de mi camiseta. Su rostro no me pareció el de un loco peligroso, sino el de un hombre normal que abrazó la locura harto de decir verdades y no ser creído por nadie, porque a veces la gente se siente más cómoda enganchada a las mentiras. Ese tipo de enajenación me enterneció y decidí seguirle. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Entramos en un portal aledaño de uno de estos edificios neoclásicos, viejos y majestuosos. Dentro hacía frío y estaba oscuro. Tomamos el ascensor, subimos las veinte plantas y continuamos por unas escaleras de servicio que daban a una espartana y oxidada puerta de chapa verde. El limpiacristales la abrió, pasó primero y me hizo un gesto para que le siguiera en el que parecía el último peldaño de nuestro largo ascenso. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un viento salvaje me dio la fría bienvenida a una enorme terraza rasa y descuidada, que me hizo recordar el hitchcockiano beso de Eduardo Noriega y Penélope Cruz sobre una conocida torre de oficinas en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Abre los ojos&lt;/i&gt;. Mi insospechado anfitrión me esperaba apoyado en el balcón, mirando hacia abajo. Olvidé mi vértigo y me acerqué hasta allí. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;(Continuará)&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;* Ver &lt;em&gt;El día que cumplí la profecía&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-2817667253413047829?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/2817667253413047829/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/08/el-dia-del-ocho-2-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2817667253413047829'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2817667253413047829'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/08/el-dia-del-ocho-2-parte.html' title='El día del Ocho (2ª parte)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-1528652167114937266</id><published>2011-07-29T14:06:00.000+02:00</published><updated>2011-07-29T14:06:38.347+02:00</updated><title type='text'>El día del Ocho (1ª parte)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Hago esfuerzos por recordar cómo he llegado hasta aquí arriba, pero no consigo comprender. La destartalada terraza me abre una extraña imagen de sueño que acaba por tornarse pesadilla. Las nubes sobre mí, plúmbeas y de olor húmedo, anuncian una violenta tormenta de verano. El viento las azota y lo siento con fuerza revolviéndome el pelo en todas las direcciones, como loco. Contemplo medio hipnotizada el fluir de gente que dibuja un claro bucle más de veinte plantas por debajo de mis pies, sobre la calle. Un enorme ocho que se retroalimenta de los pasos autómatas de una multitud inconsciente. La inquietud se instala en mi interior. ¿Qué demonios está pasando? &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ahora recuerdo que no estoy aquí sola. Me giro, y el limpiacristales con aspecto de mendigo, de ropas raídas y sucias, sin afeitar, y con un sombrero pisoteado, sigue junto a mí. Casi había olvidado su presencia, pero ahí está, medio metro por detrás de mis hombros, preparado para rescatarme si me da por caer. Si me diera por caer. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Qué está pasando? –le pregunto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Se lo advertí, señorita. Ya ve que no le mentía. Nadie parece salir de ahí, de ese ocho.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;(Continuará)&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-1528652167114937266?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/1528652167114937266/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/07/el-dia-del-ocho-1-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1528652167114937266'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1528652167114937266'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/07/el-dia-del-ocho-1-parte.html' title='El día del Ocho (1ª parte)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-3398743784075766911</id><published>2011-07-27T09:59:00.001+02:00</published><updated>2011-07-29T14:09:41.751+02:00</updated><title type='text'>El día de la niña de los naipes</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Si es cierto eso de que tenemos vidas pasadas, en otra de mis vidas anteriores, si no en todas, tuve que ser sardina. O pulpo. Animal acuático, vaya. Siempre he sentido la llamada del agua desde mi interior, lo que tiene difícil solución cuando se vive en lugares sin mares ni ríos cerca. Entiendo que esa es la razón por la que los cuartos de baño ejercen una gran atracción sobre mí. Me maravillan los nuevecitos, con mármoles claros del suelo al techo y bañeras grandes y relucientes. Y también por esto mismo me encanta cualquier plaza con fuente, por pequeña que sea, mientras haya un banco enfrente en el que sentarse y contemplar cómo se precipitan los chorros, abandonarse en su rumor crujiente, sentir el frío de las gotas disparadas… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El sonido del agua tiene algo balsámico que apaga sin que me dé cuenta un botón en mi cabeza, y a la vez enciende otro que me lleva a un estado de inconsciencia mucho más placentero. Ese otro botón permanecía encendido mientras en la tarde de ayer trataba de zafarme de la agónica ola de calor frente a una preciosa fuente rodeada por unas maderas a modo de embarcadero, al final de un parque próximo a mi casa. Lo encontré un día de nubes que se reflejaban en la fuente tiñendo el agua del color del acero, y esta era la primera vez que acudía a mi rincón líquido favorito desde el inicio del verano. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No sé cuánto tiempo llevaba allí sentada sobre las tablas de madera, bajo la hipnosis del baile de los chorros de agua, cuando reparé en que, junto a mí, había alguien más. Era una niña de unos seis años, con un ligero vestido azul celeste. El pelo, lacio y rubio apagado, le llegaba a los hombros coronados por mangas de farol. Estaba muy quieta, también como hechizada por las cascadas que dibujaban los surtidores de la fuente. &lt;strong&gt;Apenas pestañeaba y me fijé en que sus ojos, de un azul que parecía gris, no veían lo que ambas teníamos enfrente. Estaban en otro sitio.&lt;/strong&gt; Eran los ojos de una mujer mayor, de una anciana. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La fascinación que me produjo la imagen de esa niña atípica, o que al menos lo parecía, rompió mi extraña conexión con el agua y encendió el botón de mi cabeza con el que hago vida normal, ya más desde la tierra. A esa niña le pasaba algo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Entre sus regordetas manos sujetaba un taco de naipes que iba barajando suavemente, casi como si llevase toda la vida haciéndolo, sin mirarlo siquiera. Sentí una intriga incontenible que me llevó a buscar posibles excusas para abordar a la pequeña. Rebusqué en mis bolsillos, que acostumbran a ser verdaderas cuevas de tesoros. En esta ocasión, solo encontré un chicle que probablemente había pasado por la centrifugadora y una entrada de cine en la que ya no se leía el título de la película. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Quieres? –ofrecí el chicle a la cría. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ella me miró primero con esos ojos grises y serios, y la boca apretada en una fina línea rosada. Desvió la mirada hacia el andrajoso chicle y volvió a sus cartas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No tiene muy buena pinta. ¿No sabes que el chicle no es bueno para los niños?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Su respuesta me dejó fuera de juego. Realmente el chicle no tenía buena pinta. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Eh… Pues… Sí, tienes razón. Creo que lleva demasiado tiempo en el pantalón. Oye, pero… ¿Por qué dices que son malos para los niños?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Nos los podemos tragar sin querer y se quedarían pegados en la garganta para siempre. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ah… Horrible, sí. –Me apresuré a deshacerme de esa verdadera bomba para las delicadas gargantas infantiles antes de sacar otro tema de conversación-. ¿Juegas a algo?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La niña seguía sin mirarme, sus ojos fijos en el agua. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No. Solo barajo y pregunto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Ya… ¿Y qué preguntas? &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Se encogió de hombros, sin más, como respuesta. Esa niña había conseguido desconcertarme del todo en unos pocos segundos. Antes de que lograra hilar otra frase estúpida, una súbita corriente de aire pasó entre nosotras y pude ver una de estas imágenes ralentizadas que solo se ven en las películas: el aire se cuela entre las cartas, arranca una de la baraja y la lanza contra el agua de la fuente. Reaccioné un segundo después, me incorporé rápidamente sobre la superficie del agua y cogí el naipe empapado como un náufrago. Entonces volví a oírla. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Esa respuesta es para ti. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 117.7pt;"&gt;-¿Cómo?&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 117.7pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La niña me hizo un gesto invitándome a girar la carta. &lt;strong&gt;El ocho de diamantes&lt;/strong&gt;. Volví a mirarla suplicándole una explicación. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Busca ahí lo que se te ha perdido. Puede que lo encuentres. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un escalofrío trepó por mi espalda. ¿Era yo o la temperatura había descendido de repente? En el mismo instante en que mis labios se despegaban para hacer una nueva pregunta, unos gritos de madre arrancaron del agua la mirada de la niña, que se levantó rápidamente y desapareció corriendo, dejando tras de sí el sonido hueco de la madera del embarcadero. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Sequé bien el ocho de diamantes con mi camiseta, y me quedé ahí un rato más, con cara de idiota. El frío me había agarrado por dentro y se resistía a soltarme. Un nuevo escalofrío me recordó que había llegado el momento de volver a casa. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;(Continuará)&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-3398743784075766911?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/3398743784075766911/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/07/el-dia-de-la-nina-de-los-naipes.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3398743784075766911'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3398743784075766911'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/07/el-dia-de-la-nina-de-los-naipes.html' title='El día de la niña de los naipes'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-3245224904844019401</id><published>2011-07-17T18:09:00.000+02:00</published><updated>2011-07-17T18:09:11.941+02:00</updated><title type='text'>El día de los agujeros de queso</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El calor aprieta y todo en mi cuerpo parece ralentizarse y hacerse pesado. Caminar más de veinte minutos seguidos se convierte en un incordio, al igual que dormir e incluso llevar una dieta normal. La cocina se me resiste, lo que también supone un problema para desarrollar el trabajo necesario para terminar el libro. La sola visión de las ollas y sartenes me produce abatimiento, porque esa imagen me conduce a otra más temida: el fuego. Calor, vapores de cocción, temperatura de frituras… AGGGGGG. Pero ayer se me ocurrió&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;insertar un pequeño y refrescante paréntesis entre las recetas más elaboradas. Algo veraniego, un clásico gastronómico, algo de lo que estaría dispuesta a alimentarme a lo largo de todo el verano: la tabla de quesos perfecta. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La referencia me la puso en bandeja la adorable Meg Ryan al volver a revisar &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;French Kiss&lt;/i&gt; (Lawrence Kasdan, 1995). En una de las escenas que mejor recuerdo de la película, su personaje desayuna en un tren una infinita tabla de quesos franceses hasta el punto de ponerse mala por tamaño festín. Dándole una vuelta más –guiada por mi vaguería veraniega y mi rechazo a configurar recetas que impliquen altas temperaturas-, pensé que no estaría mal incluir esta película como excusa para elaborar una tabla de quesos perfecta en la que no faltasen representantes lácteos italianos, españoles y franceses. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Tras un tiempo de reflexión sobre las mejores variedades y la combinación más idónea, me di cuenta que casi había olvidado incluir en la lista un queso holandés. ¡Sacrilegio! No se trata de un tema de calidades, ni de hacer honor a la tradición quesera del país de los tulipanes, sino de algo más ligero y, aún así, más importante que todo aquello. En realidad, era un asunto de aire. De agujeros. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De pequeña, mi madre me regaló un cuento sobre &lt;strong&gt;un hombre que coleccionaba agujeros de queso&lt;/strong&gt;. Iba de tienda en tienda, pidiendo que le cortasen los pedazos de queso con mayores agujeros, que posteriormente atesoraba en una caja de cartón. La verdad es que no lo entendí mucho hasta años después, cuando un trozo de maasdam me demostró que, efectivamente, el agujero era lo más delicioso de la pieza. Cuanto más grande, mejor. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No me gusta que me tomen por chiflada cuando comento esto; la gente que se ríe, sin duda, no ha tenido nunca el placer de degustar un buen agujero de queso. Dentro de esa burbuja de aire cabe lo que quiera nuestra imaginación, y combina con el resto del alimento con la armonía del piano mejor afinado. &lt;strong&gt;El agujero de queso cerca un espacio comodín donde todo cabe, donde nacen las grandes ideas, el placer de la compañía, el momento en el que eres consciente de que te estás regalando un delicioso capricho…&lt;/strong&gt; Todo vale dentro de un agujero de queso, porque está hecho de la materia de nuestra propia imaginación. ¿Cómo no iba a incluir agujeros de queso en la tabla perfecta para mi libro? &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Esa misma noche, para reforzar estos pensamientos sobre los agujeros de queso, me preparé un plato con gruesos trozos de queso holandés, de burbujeante superficie, que acompañé con una cerveza helada. Lo disfruté poco a poco, dejando que la maravillosa sensación fuese conquistando mi cuerpo. Las perfectas circunferencias huecas que dibujaba el maasdam giraban sobre mi lengua enfatizando su delicioso sabor. Sentí pena por aquel coleccionista de agujeros de queso que se limitaba a atesorarlos en una caja, sin saber nunca disfrutar de ellos. Pero no era culpa suya: el escritor de ese cuento nunca había probado un agujero de queso. Los había idolatrado en exceso. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-3245224904844019401?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/3245224904844019401/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/07/el-dia-de-los-agujeros-de-queso.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3245224904844019401'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3245224904844019401'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/07/el-dia-de-los-agujeros-de-queso.html' title='El día de los agujeros de queso'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-1367438239678782587</id><published>2011-06-21T16:41:00.000+02:00</published><updated>2011-06-21T16:41:08.364+02:00</updated><title type='text'>El día de los nombres</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mi padre, desde Dinamarca, siempre se toma a guasa los nombres de mis amigos. Dice que, de esperpénticos, no pueden ser reales, hasta el punto de llegar a la conclusión de que no tengo amigos y que no me queda otro remedio que inventármelos con el fin de tranquilizarle para que no me obligue a volver a vivir soportando el bajo cero danés. Solo hace una concesión con Mikel, después de que le explicase que se trata del nombre en euskera, y no la versión danesa de Miguel, con la que comparte el sonido. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Pero con &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Coco, Lilo, Kit&lt;/b&gt; y &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Lelaina&lt;/b&gt; no hay manera de convencerle. Cuando vuelve a cuestionar la existencia de estas personas, hecho que se produce con una frecuencia más o menos regular, yo siempre le argumento que, por esa misma regla de tres, ¡alguien ajeno podría dudar de mi propia existencia! &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;“Tu caso es distinto, tu nombre suena diferente porque procedes de dos culturas distintas, y con el añadido de que a tu madre le chifla todo lo francés, qué le íbamos a hacer…”&lt;/i&gt;, me responde para zanjar el tema sin más. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La clave para entender mejor este tema de los nombres me la dio un pintauñas. Bueno, ayer estaba escarbando entre los cestos de liquidación de una droguería, y los propios cosméticos me trajeron a la cabeza este recuerdo de las burlas de mi padre, y me dieron pie a tener una especie de revelador diálogo con ellos acerca del asunto en cuestión. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Buscaba entre la pequeña montaña de esmaltes un color especial, algo veraniego, un rosa que no llegase al naranja pero que lo pretendiese, no sé si me explico. Encontré un par de opciones de distintas marcas. Los frascos tenían un tamaño similar, el color era parecido &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;y no había mucho más que analizar. Hasta que le di la vuelta a uno de ellos y leí en la base su nombre: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Coral des Mers&lt;/b&gt;. ¡Qué bien sonaba! Así que me apresuré a voltear el otro pintauñas también para saber su nombre, y me encontré con la enorme decepción de un número de serie: 457. De pronto, los volví a mirar, y de algún modo extraño, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;el Coral des Mers lucía más bonito y con un color más rico que el triste 457, que se había quedado apalancado una vez descubierto su secreto.&lt;/b&gt; La elección estaba clara. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Volví a lanzarme a las cestas, ya con la intención de llamar a cada pequeño tesoro por su nombre. Así descubrí que el rojo de labios &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Heart Breaker&lt;/b&gt; (Rompecorazones) prometía besos más espectaculares que el Rosa nº1, que el brillo &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Miel Fantastic &lt;/b&gt;resplandecía con más luz que el Gloss Basic, que el colorete &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Tomette D’Or&lt;/b&gt; parecía puro terciopelo frente al nº 14 o que el violeta de las sombras &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Mad as a Hatter&lt;/b&gt; (Loca como un Sombrerero) tenía una intensidad más enigmática que el Violet 01. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Lo que entendí es que el solo nombre, eso que parece arbitrario y tan superficial como la fina cáscara de una pipa, dice mucho de quiénes somos y de quiénes vamos a ser.&lt;/b&gt; Su importancia no es motivo de risa, ya que es lo primero que determinará nuestra vida desde que nacemos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Así comprendí que mi amiga Coco prefiera ser conocida por este nombre frente al que sale en su DNI, que creo que es Pilar.&lt;/b&gt; “Coco” fue la primera palabra que salió por su boca, y sus padres y hermanos comenzaron a llamarla así de modo cariñoso. Hasta que se llega al punto de no retorno en el que la adolescente no puede identificarse con Pilar, o lo que sea, cuando tiene lugar el intento familiar de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;desfacer &lt;/i&gt;el entuerto. Pero es que Coco siempre ha elegido ser Coco, y no otra cosa, porque ese nombre ya había determinado quién era. Y desde luego, ¡ella no era una Pilar! (Esto lo dice siempre muy digna). &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Algo similar pasa con &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Kit&lt;/b&gt; –oficialmente, Carlos-, que &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;tomó su nombre prestado de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El coche fantástico&lt;/i&gt;, allá por los años ochenta.&lt;/b&gt; Parece ser que estaba verdaderamente obsesionado con la serie, y con David Hasselhoff, por cierto -ya apuntaba maneras desde pequeño-. El caso es que Kit siempre se presentará como Kit, y la historia de su nombre probablemente tenga mucho que ver con su amor por la velocidad y los deportes de riesgo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Los padres de mi amiga Lilo, muy religiosos, tuvieron la ocurrencia de llamarla Tomasa por el onomástico, lo que le marcó profundamente al hacerla una niña tímida en extremo y poco sociable, consecuencia de las burlas de todo el colegio. Hasta que, hace unos años, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;con el estreno de la película Disney &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Lilo y Stitch&lt;/i&gt;, alguien reparó en que ¡el dibujo de esa adorable niña hawaiana era clavada a Tomasa!&lt;/b&gt; Algunos empezaron a llamarla así, y ella misma comenzó a sentirse con más confianza y más feliz tras ese nombre que suena a canción. Yo ya la conocí como Lilo. Y sí, lo cierto es que se parece muchísimo al dibujo animado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El caso de Lelaina es distinto. Ella sí que es Lelaina desde la óptica oficial. Cuenta que sus padres sacaron el nombre de la protagonista de una película americana que, en su momento, les había encantado, y que ya no recordaban en absoluto. La cosa es que Lelaina se ha sentido especial desde el principio de sus días: nunca había conocido a nadie con su nombre, ni en el colegio, ni en las clases de inglés, ni en baile… ¡Era única! Y esa confirmación de que era especial, según me ha confesado ella, le dio la fuerza y la confianza necesarias para hacer algo especial con su vida. Tuvo la valentía de estudiar teatro desde el fin del instituto, y se ha convertido en una verdadera actriz que puede costear su alquiler sin problemas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;¡Está claro! ¿Quién quiere ser una de esas &lt;strong&gt;Patricias&lt;/strong&gt;, &lt;strong&gt;Beatrices&lt;/strong&gt; o &lt;strong&gt;Elenas&lt;/strong&gt; de andar por casa cuando se puede ser una Lilo, una Lelaina o un Kit? A ver ahora si logro convencer a mi padre de que mis amigos, que tampoco se llaman como ninguno de aquellos cosméticos fabulosos, no solo son estupendos, sino que, además, existen. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-1367438239678782587?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/1367438239678782587/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-de-los-nombres.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1367438239678782587'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1367438239678782587'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-de-los-nombres.html' title='El día de los nombres'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-2292969369812347862</id><published>2011-06-13T12:20:00.000+02:00</published><updated>2011-06-13T12:20:18.032+02:00</updated><title type='text'>El día en que Hacienda se convirtió en el Gordo de Navidad</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No puedo evitarlo. Conforme se va a cercando el día, mi estómago empieza a comportarse de manera extraña, y tiende a aceptar solamente chocolatinas Crunch y magdalenas de arándanos. Nervios. Como si fuese una estafadora nata, una evasora de impuestos o alguien menos experto que ha intentado colar algún ingreso de menos en el borrador, vivo el día que me toca hacer la declaración de la renta con auténtica ansiedad. Creo que, como a mí, le pasa a un gran porcentaje de ciudadanos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No cabía duda. Miré a mi alrededor, sentada como estaba en una hilera de asientos corridos, con mis escasos papeles en las manos, bien organizados y dispuestos desde hacía dos días, con todas las cuentas –dos sencillas multiplicaciones, ejem- desplegadas en enormes números escritos a boli, para no perderme. Pues bien, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;todos los que se encontraban en aquella oficina estatal parecían haber desayunado realmente mal esa mañana, como si se les hubiese cortado la leche de los cereales. &lt;/b&gt;Estaban lívidos, y agarraban carpetas de plástico transparente atiborradas de papeles –algunas más, otras menos-. De vez en cuando se restregaban los dedos con la tela del pantalón, para limpiarse el sudor de la piel.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;El hombre sentado a mi derecha, de unos cincuenta años, repetía ese gesto una y otra vez. Su semblante denotaba preocupación. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¿Sería uno de esos altos ejecutivos listillos con cuentas secretas en las islas Caimán?&lt;/b&gt; Deseché la idea al instante por poco realista: uno de esos ejecutivos nunca se preocuparía por cosas tan banales y proletarias como hacer la declaración de la renta. ¿Para qué?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;A mi izquierda, una mujer de cara cansada, probablemente madre pluriempleada, miraba sus pies. Llevaba unas sandalias de piel granate, con las uñas pintadas a conjunto. Alguna pequeña pincelada de esmalte le había sobrepasado los límites de la uña. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Quizá tratase de distraerse observando cada uno de los errores cometidos con el pincel, y se estuviese comprometiendo mentalmente a retirar el color sobrante una vez llegase a casa.&lt;/b&gt; Una vez acabase el trago de la renta y supiese si podría irse de vacaciones o no. Vale, no, ese era más bien mi runrún cerebral, lo reconozco. ¿Y cómo no iba a estar preocupada tras la experiencia del año anterior, cuando la publicación del libro más alguna que otra prestación social habían significado el pago de una buena suma a las arcas del Estado? Brrrr. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Eché una rápida mirada hacia los bancos de atrás. La imagen se repetía en cada una de las caras. Todos color flexo, mirándose las manos, o las carpetas llenas de papeles, o los pies… &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Parecía que estábamos todos en un gran ascensor rumbo a la más angustiosa de las plantas.&lt;/b&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En ese momento reparé en un funcionario que acababa de entrar y que estaba organizando la llegada de la gente, la hora de las citas, y que empezó a distribuir a los contribuyentes, según su turno, en las mesas donde serían atendidos por otros funcionarios. El hombre, de unos cuarenta años, nombraba con los dos apellidos a la gente que se encontraba esperando en la sala para avisarles de que llegaba su turno. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Pero lo gracioso es que lo hacía del modo más vehemente, como si le fuese la vida en ello, como si la seriedad que pusiese en esa pequeña labor organizativa fuese la plataforma sobre la que descansase el erario público en toda su grandeza.&lt;/b&gt; El hombre, vestido de la manera más clásica –quizá habría elegido esa mañana cuidadosamente su camisa menos llamativa para la ocasión-, tenía una lista en la mano llena de nombres y de horas que sujetaba como si se tratase del santo grial. Cada pocos minutos, pronunciaba un nuevo nombre con sus dos apellidos, y la persona que respondiese a los mismos se levantaba despacio, y aceptaba su destino igual que los animales de granja aceptan su camino al matadero. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De pronto, ya entusiasmada con la idea del matadero, me imaginé al funcionario con una larga capa negra encapuchada y una guadaña, como en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El séptimo sello&lt;/i&gt;. La imagen era tan poderosa que se me escapó la risa. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;El funcionario me miró con mala cara, y yo solo veía ya a un tío vestido de Muerte con una lista en una mano y una guadaña en la otra. &lt;/b&gt;Noté un golpe en el estómago y la risa me explotó en la boca como un estruendo. A borbotones, en río salvaje, a grandes olas que al estallar recuperaban fuerza desde mi respiración para volver a romper en mi boca de nuevo. No podía parar. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La gente a mi alrededor en la sala de espera me miraba atónita. Yo también les miré a ellos, entre las lágrimas que me salían sin remedio de los ojos: blancos como el papel, agarrados a sus brillantes carpetas donde resbalaba el sudor de sus manos, con las mayores caras de susto que se puedan ver –ni en un pasaje del terror-. De pronto, todo era más cómico aún. ¡Sólo se trataba de unos cuantos papeles que había que presentar a una institución pública! ¡Y nadie allí teníamos pinta de delincuentes profesionales! &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Reía más y más cada vez, no podía detenerme, ni siquiera con las palabras de reprimenda del funcionario Guadaña, que me pedía una y otra vez que no armase tanto escándalo, que había gente trabajando. Pero eso ya era imparable, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;sólo me faltaba elevarme hacia el techo, como los protagonistas de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Mary Poppins&lt;/i&gt; al ser asaltados durante la merienda por un ataque de risa. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Entonces noté eco en mis caracajadas, cada vez más potente, y me di cuenta de que mi estado de euforia estaba contagiándose a mis vecinos de banco, que empezaban a soltar los tornillos de sus mandíbulas también. En unos minutos, dejamos de oír los enfurecidos gritos del funcionario Guadaña, porque las risas de todos los presentes acolchaban por completo la planta. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ningún virus se contagia tan rápido y con efectos tan inmediatos como la risa. Cuando las personas atendidas ya en las mesas, a mitad de sus respectivas declaraciones, se retorcían igualmente el estómago de alegría, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;el virus más veces prescrito saltó sin remedio a los funcionarios que tecleaban las cifras, casillas y cruces en las plantillas de renta. &lt;/b&gt;La gente se levantaba y salía por la puerta con sonoros gorjeos o redondas carcajadas, más felices que nunca porque todas las declaraciones empezaron a tener resultado favorable para el contribuyente. Los funcionarios iban animándose en función exponencial, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;sintiendo en sus propias carnes la emoción de los loteros que reparten el Gordo de Navidad&lt;/b&gt;, porque, por primera vez, en esa oficina de Hacienda se estaba repartiendo felicidad. Y eso es un sentimiento que engancha, por supuesto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Cuando una mesa quedó libre y la funcionaria correspondiente me hizo un gesto entre risa y risa para que me acercara, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;lo único que faltaba en la planta eran los grandes bombos llenos de bolas&lt;/b&gt;. Había incluso contribuyentes que, tras la alegría de la renta, volvían a la planta descorchando botellas de champán para compartir con todos los ahí presentes, y bandejas de sándwiches de Rodilla que amenizaban la espera a los que aún se sentaban en los bancos. Bueno, aunque pocos estaban ya sentados, para ser honestos. Muchos esperaban desde el suelo, agarrándose la tripa con los brazos, rojos de tanto reír. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mi declaración, por cierto, que me hizo una señora de gafas maravillosa con la risa más sensacional que he escuchado nunca, salió negativa, como era de esperar. En breve me sería ingresada una sustanciosa cuantía en mi cuenta bancaria. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Brindamos con una copa de champán rosado de la Viuda Clicquot para celebrarlo y me despedí entre aplausos y deliciosas ondas sonoras. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ya en la calle empecé a serenarme un poco. Saqué el teléfono para marcar enseguida el número de Mikel. Al descolgar él, mi “hola” salió en forma de carcajada. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Te pasa algo?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Sí, ¡tengo la mejor de las noticias! ¡Este año nos vamos de vacaciones!&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-2292969369812347862?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/2292969369812347862/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-en-que-hacienda-se-convirtio-en.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2292969369812347862'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2292969369812347862'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-en-que-hacienda-se-convirtio-en.html' title='El día en que Hacienda se convirtió en el Gordo de Navidad'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5035374467161345213</id><published>2011-06-09T16:52:00.000+02:00</published><updated>2011-06-09T16:52:28.147+02:00</updated><title type='text'>El día del circo fantasma (2ª parte)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Parece que están concentrados en lo suyo, pero en realidad, los hombres y mujeres del circo son capaces de oler a distancia la entrada de un desconocido fuera del horario de espectáculo. Zampo, el mono, seguía bien sujeto a mi muñeca mientras yo miraba maravillada de un lado a otro hasta que un grito atronador me sacó de la ensoñación. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¡¡¿Qué hace ésta aquí?!!”.&lt;/b&gt; Un señor de bigote bajito y vestido con un bañador antiguo que marcaba su extensa masa corporal se acercó a Zoraida haciendo temblar el suelo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¡Tranquilo, Willy, me está ayudando con Zampo! Se negaba a soltarla y…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¿Cómo quieres que esté tranquilo? ¡Tengo hambre! ¡Seguimos sin cena después de dos funciones seguidas! ¿Y me pides tranquilidad? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¿Qué pasa con Alfred? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¡Ese maldito cocinero está otra vez con cagalera! ¡Se niega a acercarse a la cocina! ¡Y todo el mundo se escaquea de hacerse cargo, nadie sabe freír un huevo!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Tú el primero. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Te juro que voy a… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Perdón… -logré envalentonarme para meterme en la conversación. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¡¡¡¿Y ahora qué?!!! –el hombre de bigote volvió la cara hacia mí lleno de furia. Estaba rojo como un tomate. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Si tienen algún problema en la cocina, creo que podría ayudarles a resolverlo… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¿Eres cocinera? –me preguntó Zoraida con interés. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-No exactamente, pero digamos que paso la mitad de mi tiempo escribiendo recetas de cocina y la otra mitad probando a ver si funcionan. Podría arreglarles su cena sin muchos problemas. -expliqué con calma. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Ya. ¿Y qué nos pedirás a cambio? –soltó el forzudo con sorna. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Pues sencillamente quedarme a cenar aquí con ustedes. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;El hombre me escudriñó con una escéptica mirada. Zoraida estaba a punto de decir algo cuando la hizo callar el rugido de las tripas del tal Willy. Espeluznante.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Está bien. –refunfuñó-. Enséñale la cocina. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Zoraida me hizo un gesto para que la siguiera. Tiré de Zampo y nos pusimos en marcha. Me llevó hasta un pequeño recinto lleno de cajas y arcones de frío, con un sistema de cocina por gas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Ahí tienes los productos frescos, y en esas otras cajas, las conservas. Aceite, harina… Todo está ahí, sólo tienes que buscar bien. Calcula para unos cincuenta. Ahora te mando a alguien para que te ayude. Ah, y cuida de Zampo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Vale.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Me quedé allí plantada, con el mono aún sujeto a mi pulsera y preguntándome quién me llamaba a meterme siempre en todos los tinglados. Visto desde fuera, la estampa tenía su gracia. Pero claro, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;tenía a un chimpancé colgando de mi brazo y el nada leve encargo de preparar cena para cincuenta hombres y mujeres hambrientos. &lt;/b&gt;Glups. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Primer problema: con Zampo como extensión de mi muñeca no iba a poder cocinar. Sólo se me ocurrió una cosa, me quité la pulsera entre sus desesperados chillidos y se la puse a él en su propia mano, o pata, mejor dicho. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Se calmó, encantado de estar en posesión de la joya, y se quedó ahí mirándome. &lt;/b&gt;Ya sin el simio colgando, empecé a pensar con pragmatismo. Estaba claro, había que preparar una buena paella, con pollo y verduras, que llenase bien los estómagos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Pues a ello me puse hasta que, a los pocos minutos, llegaron mis refuerzos, por llamarlos de alguna manera. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Se presentaron como Mike y Tika, una pareja de enanitos.&lt;/b&gt; Eran personas realmente diminutas, aunque los rasgos de su cara delataban una edad adulta. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Tika llevaba su pelo rubio recogido en un moño aristocrático, muy elegante, y su pequeño cuerpo ceñido en el interior de un maillot rosa con tutú.&lt;/b&gt; Reía por cualquier cosa, en un gorjeo contagioso, como si le estuvieran haciendo cosquillas. Mike se mostró mas serio, y se le veía cabreado por haber sido mandado a la cocina. Enseguida comenzaron a cortar las verduras y a medir el arroz, mientras yo encontraba una sartén adecuada para preparar el sofrito. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Al final, formamos un equipo perfecto: Zampo, a mi lado, me iba pasando las cucharas y probaba de cuando en cuando el arroz, y Mike y Tika animaron la cocción con increíbles aventuras de sus años circenses. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Esa paella estaba destinada a tener un sabor especial, ¡estaba llena de fantasía! &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Cuando estábamos sirviendo los cincuenta platos de paella, llegó el cocinero enfermo, con la cara del color del papel, y me miró sin entender nada. Le expliqué que había sido su sustituta por esa noche, y que le convenía tomar un poco de arroz cocido sin nada, que ya le habíamos preparado en un pequeño cazo aparte. Alfred, con un marcado acento italiano, me dio las gracias y salió disparado al baño. Pobre hombre. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Mike y Tika me guiaron llevando los últimos platos hasta otra parte de la carpa donde había hileras de mesas cubiertas con manteles de papel. Toda la ciudad del circo estaba ya en la mesa, esperando impacientes, con las botellas de los alcoholes de mayor graduación ya empezadas. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me senté entre los enanitos y el fakir, y justo enfrente de Willy, el señor forzudo, y una preciosa y estilizada mujer con brillantina por todo el rostro.&lt;/b&gt; &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;En ese momento, me entró la vergüenza.&lt;/b&gt; Seguía siendo la intrusa en ese curioso mundo, y todos podían olerlo. Pero entonces, Willy tragó el primer tenedor rebosante de pollo y arroz y me miró con un gesto afable y desconocido. Sonriendo de oreja a oreja. “¡Delicioso!”, sentenció. Y los demás le imitaron. De pronto, y a pesar de seguir siendo la nota discordante de la mesa, todo fueron sonrisas, felicitaciones y agradecimientos en idiomas varios. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¡Nos has salvado!” &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;span lang="EN-GB" style="font-size: 11pt; mso-ansi-language: EN-GB;"&gt;“¿Se puede repetir?” “Can´t get enough of this!” “&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;E 'meglio di riso di mia mamma!”…&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Primero enrojecí, y luego me relajé y empecé a disfrutar de esa increíble cena. Y la cosa no quedó ahí, porque, para demostrarme su agradecimiento, los artistas me hicieron una pequeña función particular enseñándome algunas de sus habilidades. Ahí tampoco faltó el arte de Zampo, claro, que resultó ser un virtuoso malabarista. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Forzudos, acróbatas, y unas trapecistas que danzaban en lo más alto de la carpa como pájaros desfilaron ante mí durante la sobremesa.&lt;/b&gt; Maya, la bellísima mujer sentada frente a mí, terminó relatándome su historia de cómo se convirtió en funambulista, y me regaló un ligero colgante formado por pequeñas lentejuelas transparentes. Parecían lágrimas de hada. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Llegó el momento de la despedida. Los artistas, en su mayoría, ya borrachos, se iban a dormir. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Zampo renunció a devolverme la pulsera, así que asumí que mi recuerdo quedaría prendido de su muñeca, o pata, mejor dicho.&lt;/b&gt; Willy me acompañó hasta la salida, y de su amabilidad infinita aprendí que nunca se puede juzgar a un hombre hambriento. Yo también le di las gracias por esa cena única y les deseé buena suerte en su próximo destino. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Me costó encontrar la salida del parque, resultaba complicado ya que habían apagado las farolas. Era realmente tarde. O pronto, según se mire. Una linterna me sorprendió. Detrás del haz de luz, un guardia de seguridad. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¿Qué está haciendo aquí?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¿Yo? Estaba intentando salir de este parque, no encuentro la entrada con tanta oscuridad… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-El parque está cerrado desde hace horas, no puede estar aquí. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¿De verdad? Lo siento, estuve en la carpa del circo, y acabo de salir…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¿De qué habla? ¿Qué carpa de circo? –el vigilante me miró de una manera extraña, como si le hubiera dicho que acababa de ver un hipopótamo surcando el cielo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Pues del circo, del que está estos días aquí… Ahí, en el pinar… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Mire, no sé de lo que habla, aquí no ha venido ningún circo. Pero tiene que irse; sígame, yo le mostraré la salida. Y le recomiendo que se tome una aspirina al llegar a casa… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Sin entender ni una palabra, seguí al guardia en silencio hasta que vi la entrada. Tomé un taxi y llegué a casa en unos minutos sin comprender nada de lo que había pasado. Me llevé la mano al cuello. No había duda. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La gargantilla de lentejuelas de Maya seguía ahí. &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5035374467161345213?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5035374467161345213/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-del-circo-fantasma-2-parte.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5035374467161345213'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5035374467161345213'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-del-circo-fantasma-2-parte.html' title='El día del circo fantasma (2ª parte)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-8305781342026422809</id><published>2011-06-07T17:53:00.000+02:00</published><updated>2011-06-07T17:53:24.217+02:00</updated><title type='text'>El día del circo fantasma (1ª parte)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Era el típico día que había pasado reclutada en casa horas y horas haciendo esas mil cosas aburridas que hay que hacer de vez en cuando: limpieza a fondo, ordenar las caóticas pilas de libros que se van acumulando con sigilo en las estanterías y, sobre todo, el Cambio de Armario. El Cambio de Armario tiene lugar en todos los armarios femeninos dos veces al año –parece ser que los chicos usan la misma ropa en invierno que en verano-, con la transición de la temporada fría a la estival, y viceversa. El mío no podía esperar más tiempo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Horas después, cuando por fin los colores vibrantes de ligeras telas colgaban de las perchas perfectamente ordenadas, y los jerséis y chaquetones dormían el sueño de los justos en un gran baúl de madera, yo sólo deseaba una cosa: ¡respirar aire fresco! El sol ya se había puesto, y había quedado un atardecer espectacular, que poco a poco iba abriendo paso a la noche. Cogí el teléfono y empecé a marcar números. Y en cada llamada, mi ilusión por salir de casa se iba colando por el sumidero del lavabo. Mikel se había ido a pasar unos días a casa de sus padres, Coco andaba enferma, Lilo estaba trabajando hasta tarde, Kit se había ido a un festival de teatro de calle… ¡y así sucesivamente! Algunas llamadas ni siquiera tuvieron respuesta, así que no abandoné el último rescoldo de optimismo que me quedaba y decidí ponerme una película mientras esperaba a que el teléfono sonase y el plan perfecto se me presentase a la vuelta de la esquina. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Pues no…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;El teléfono…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 3;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;No suena…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 4;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Y me aburro…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 6;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Soberanamente… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Media película y un par de bolsas de gusanitos naranjas después, mi gozo estaba definitivamente hundido en un pozo, pero las ganas de traspasar los muros del edificio seguían intactas. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Pensé que éste tenía visos inevitables de convertirse en El día del Cambio de Armario, y eso traicionaría mi propósito de convertir cada uno de mis días en especial&lt;/b&gt;, dentro de las posibilidades. ¡Y eso no podía ser! De modo que cogí el bolso y la chaqueta y decidí salir a la calle, al menos tendría alguna posibilidad de que sucediera algo interesante… Y en el caso contrario, ¡el paseo siempre podría inspirarme para inventarme algo interesante que salvase el día! &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Comencé a andar sin rumbo, y a los pocos metros, abandoné la calle de siempre dando un par de quiebros para evitar seguir mis propias huellas. Tropecé con una calle en la que reinaba la oscuridad más absoluta. Sentí un pequeño escalofrío –¡daba miedo de verdad!- antes de descubrir que todas las farolas de esa zona no funcionaban. Debía de haber una avería en el barrio. Seguí caminando con más cuidado, despacito, dando tiempo a que mis pupilas se dilataran y empezaran a captar imágenes más definidas. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Un gato que parecía una sombra cruzó como un rayo delante de mí. &lt;/b&gt;Aceleré mis pasos, ya me apetecía salir de esa garganta de ballena. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Por fin, vi la luz de unos semáforos, crucé la calzada y me adentré en un parque que no conocía. Tengo que confesar que después de los quiebros y la falta de luz en la calle me había desorientado un poco. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;El parque, al menos, estaba más iluminado. Bordeé el recinto de juegos y me dirigí a una zona de tupida vegetación y altos árboles, desde donde me llegó a los oídos la misteriosa música de un tambor africano. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me recordó a la película &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Jumanji&lt;/i&gt;, y mentalmente me prometí no aceptar unirme a ninguna partida de ningún juego de mesa que incluyese fichas con forma de animales salvajes.&lt;/b&gt; El sonido cobraba volumen a mis pasos, cada vez más rápidos, más ansiosos por ver de dónde salía aquello. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Los jardines parecían no tener fin, y justo cuando sentía que los latidos de ese tambor me habían rodeado, empecé a ver las luces. Se trataba de pequeñas bombillas anaranjadas, que se iban descolgando hacia abajo, en diagonal, desde un extremo central. Dejaban ver una cubierta de tela a rayas rojas y blancas. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¡Una carpa de circo! No sabía que en ese parque hubiese espectáculos de circo, la verdad, aunque tampoco sabía qué parque era ése… &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;La mágica imagen de la carpa iluminada brotando entre los árboles bajo el cielo estrellado me hechizó durante unos minutos. Después de todo, la primera vocación infantil de la que tengo memoria es la de trapecista. Los circos siempre me han maravillado… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Me sacó de mi ensoñación un extraño ruido de ramas.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt; El corazón se me aceleró al volver a escucharlo y grité del susto cuando algo salió dando saltos desde detrás de un árbol. Era de buen tamaño, y tenía pelo, aunque no parecía un perro&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;. Sus movimientos no se asemejaban a los del clásico animal cuadrúpedo, y sus orejas, que asomaban por detrás de los arbustos, eran como de oso.&lt;/b&gt; Soltó un gritito que fue contestado rápidamente por un aullido mío. De pronto, asomaron dos manos… como de persona peluda… El calmado movimiento de sus dedos me tranquilizó, y me acerqué unos pasos. Vaya. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Tuve que mirarlo varias veces hasta cerciorarme de que era un pequeño chimpancé que probablemente se habría escapado de la carpa. El mono se sentó alegremente sobre una piedra, y al ver su cara de buena persona, respiré hondo un par de veces y logré devolver mis constantes vitales a sus niveles originales. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Me acerqué en diminutos pasos, dedicando al animal palabras que juzgué suficientemente cariñosas para tratarse de un simio.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt; Tropecé con una raíz, que casi me hace terminar en el suelo, y el chimpancé rompió instantáneamente en aplausos y chillidos. Vaya bicho. Cuando estaba a un metro de él, le tendí la mano, y él me la cogió y se apoyó para saltar de la piedra al suelo. Lo cierto es que era simpático el mono… Ahora sólo me quedaba convencerle de que volviera a la carpa… &lt;strong&gt;Enseguida me di cuenta de que mi mano no le interesaba por simpatía, sino por el brillo azulado del colgante de una pulsera.&lt;/strong&gt; El mono lo miraba como hechizado, y lo zarandeaba con sus delgados y oscuros dedos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¡Zampo! ¿Qué estás haciendo? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Sobresaltada, me di la vuelta, y me encontré a una mujer rechoncha y de pelo largo y negro, con tez aceitunada, que nos miraba alternativamente al mono y a mí. Vestía una falda larga, como de zíngara,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;y dos enormes aros le colgaban de las orejas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Yo sólo pasaba por aquí y… -el mono me cortó con un fuerte tirón de muñeca, y aprovechó para recolocarse detrás de mí y usarme de escudo humano. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-¡Zampo! ¡Ya está bien! ¡A casa ahora mismo! –bramó la mujer. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;El tal Zampo no se movió ni un milímetro, enganchado como estaba a mi pulsera, y yo miraba a la mujer sin saber qué decir ni dónde meterme… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Creo que le ha gustado mi pulsera…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Seguro, al señorito se le conquista antes con joyas que con plátanos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;En ese momento recordé que &lt;strong&gt;mi gel de ducha es precisamente de plátano. ¡Normal que Zampo estuviese bebiendo los vientos por mí!&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Si quieres te ayudo a llevarlo hasta dentro… -le propuse a la mujer. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;La zíngara me miró unos segundos, con mala cara, y tras considerar sus escasas opciones, accedió con un gesto de cabeza hacia la dirección de la carpa. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Avancé unos pasos, tirando de Zampo, y él, muy diligente y mejor amarrado a mi pulsera, me siguió hasta que nos pusimos a la altura de la zíngara. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Me llamo Cloe. –le dije. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Zoraida. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Desde tan poca distancia, reparé en que tenía un ojo de cristal, con una pupila azul casi transparente. No desistí en darle conversación. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Me encantan los circos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;-Y a mí los sofás que tiene la gente normal en sus casas. –me miró un instante antes de continuar- Pero la verdad es que no cambiaría esto por nada, no sabría vivir de otro modo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Alentada por ese suspiro de sinceridad, sonreí a Zoraida. No me costaba entenderla. Y al segundo siguiente, la mujer levantaba la tela de uno de los accesos de la carpa y me invitaba a entrar. Una luz cálida y resplandeciente me envolvió, seguida de una extraña mezcla de sonidos y olores. &lt;strong&gt;El tiempo pareció congelarse y se me vino a la cabeza la imagen de Ewan McGregor apartando palomitas flotantes para acercarse a su amada en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Big Fish&lt;/i&gt;.&lt;/strong&gt; Definitivamente, este no pasaría a la historia como el día del Cambio de Armario. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;&lt;strong&gt;(Continuará)&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-8305781342026422809?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/8305781342026422809/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-del-circo-fantasma-1-parte.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8305781342026422809'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8305781342026422809'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/06/el-dia-del-circo-fantasma-1-parte.html' title='El día del circo fantasma (1ª parte)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-4573748608151773117</id><published>2011-05-31T13:16:00.000+02:00</published><updated>2011-05-31T13:16:28.893+02:00</updated><title type='text'>El día del profesor de Mecánica Celeste* (El dilema)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Volver a entrar en mi mundo de hacía diez años resultó más fácil de lo que imaginaba. Después de aceptar mi invitación y de que yo pagase el libro que él me había recomendado, Henmann cruzó la calle conmigo para entrar en un curioso local de decoración zarista, llamado &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;1917&lt;/i&gt;. Después de los tiempos de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Matrioschka&lt;/i&gt;, estaba claro que el ambiente ruso seguía uniéndonos, aunque fuese por pura casualidad. El sitio estaba iluminado con luces bajas y filas de velas, y contaba&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;con una larga barra de color rojo acharolado. Las paredes estaban cubiertas por papel oscuro, de ampuloso estampado decimonónico. No era difícil imaginar a Anastasia jugando con sus muñecas sentada en algún rincón. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;A pesar de la tentación del vodka para ese momento de alta tensión, pedí un capuchino, y esperé con regocijo a oír de nuevo cómo Henmann solicitaba su café solo. Esta parte del guión permanecía invariable. A pesar de eso, la extrañeza del encuentro se cortaba a nuestro alrededor. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me costaba dejar de mirarle mientras giraba con energía la cucharilla dentro de la taza, identificando otra vez los lugares comunes de un ritual que creía enterrado.&lt;/b&gt; Empezaba a perder el sentido de la realidad cuando inició la conversación. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Parecía lógico que me preguntase qué había sido de mí en los últimos años, y que yo sacudiese la rigidez inicial con una salpimentada historia de aventuras y desventuras propia de la veintena. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me aseguró que se había emocionado al descubrir mi primer libro publicado entre una pila de un mercadillo&lt;/b&gt;, y que lo compró inmediatamente, aunque nunca se atrevió con ninguna recomendación culinaria. Me hablaba como hechizado por un fantasma, con el destello magnético en los ojos del que quiere fotografiar cada instante antes de que sea demasiado tarde y todos terminemos convertidos en calabazas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Aproveché para echar un rápido vistazo al mensaje de su camiseta: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Big Bang is coming!&lt;/i&gt; Estallé en risas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-¿Qué te pasa?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No pude más que señalar su pecho. Él comprendió y rió también. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Curioso, ¿no? –me preguntó. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Sí…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Nada más brotar la afirmación de mi boca, me arrepentí de haber dicho aquello. Acababa de reconocer que el mensaje parecía hecho a nuestra medida en aquel momento, y que yo también sentía la amenaza de una explosión a pesar de los años transcurridos desde nuestro primer Big Bang. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-En este tiempo me he acordado muchas veces de ti… De cómo resolvíamos las órbitas conociendo la posición de varias gominolas… ¿te acuerdas?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Claro –asentí enseguida-. Dejábamos tu mesa peor de lo que ya estaba, si es que eso era posible… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Henmann no dejaba de mirarme con interés, y yo &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;me zambullí en una piscina de recuerdos de azúcar bajo folios, borrones de tinta y ecuaciones esotéricas.&lt;/b&gt; Buceé en la imagen de él, excitado con mis triunfos sobre los problemas que solucionábamos juntos, preparando una taza de café tras otra que siempre quedaba sin terminar, sonriéndome al comprobar que asimilaba cada una de sus explicaciones… &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Recordé los viajes en el destartalado renault, con la música alemana de fondo y la sensación de estar enroscada en una agradable burbuja&lt;/b&gt;; las primeras conversaciones serias en el &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Matrioschka&lt;/i&gt;, la atractiva postura que adquiría encaramado a las sillas altas del local, sus ojos enmarcados por el oleoso vinilo de sus gafas… y el beso, claro. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Una extraña sensación logró hacerme despertar, salir abruptamente de la piscina.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Noté que algo dentro de mí se rasgaba, y parecía escindirse sin control. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Rasssss.&lt;/b&gt; Apareció con tranquilidad y ligereza frente a mí y justo a la derecha de Henmann: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;era yo hace diez años, la Cloe del pasado&lt;/b&gt;, con el pelo más revuelto que nunca y los labios pintados de rosa brillante, como me gustaba entonces. Me prohibí mirarme a los pies, para que los zapatos de moda de esa época no me provocaran mareos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La Cloe escindida escuchaba obnubilada cada una de las palabras de Henmann, y parecía seguir todos sus gestos en estado de alerta. Echaba un vistazo de vez en cuando al fondo de su taza, para comprobar si seguía con la costumbre de no terminar el café. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;En una de estas rápidas miradas nuestros ojos se cruzaron, los ojos de la Otra Cloe y los míos&lt;/b&gt;, me refiero, que también se empeñaban inconscientemente en seguir el curso del café del profesor, y sentí una punzada de decepción conmigo misma por estar repitiendo el camino otra vez. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No parece que haya pasado tanto tiempo, ¿no? –comentó Henmann. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Tus camisetas demuestran lo contrario, de hecho –le dije riéndome y, sin querer, me di cuenta de que había empleado un tono coqueto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La Otra Cloe reía también, entusiasmada con mi ocurrencia, y aprovechando la ocasión para acercarse un centímetro más al profesor. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Si nos hemos encontrado en el mismo punto del espacio en el mismo punto del tiempo, debería existir algún motivo. ¿Tú qué crees?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me pareció una argumentación de chica adolescente, lo que me enterneció sin remedio. La dulzura de Henmann me situó de pronto al borde de un desfiladero por cuya pendiente empecé a ver arrastrarse mis pies. Luchaba por no caer de cabeza. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No sé… Creo que no es un argumento muy científico, ¿no? Todo este mundo es una gran casualidad. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Según la teoría con la que nos alineemos… ¿Qué diría la mecánica cuántica?&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;-Henmann no desistía.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-La física cuántica puede demostrar que mi brazo podría traspasar tu cuerpo para coger el azucarero que tienes detrás, y volver a traspasarlo una vez más hasta acercarlo a mi taza. –Le sonreí, intentando limar mi impostado escepticismo tras una &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;diabólica mirada&lt;/b&gt; de la Otra Cloe. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Vaya, eso estaría… bien… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No creo que te gustase tener los pulmones encharcados de azúcar. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-No, me refería a que quizá sí me gustaría sentirte más… cerca. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No sé de dónde sacó el coraje el profesor tímido para decir esto. Algo se me congeló en el cerebro, se me fueron las fuerzas y percibí cómo la muralla que rodeaba mi reino se resquebrajaba, como si fuera una infantil fortaleza de playa. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La Cloe del pasado se iluminó, y tomó impulso para cogerle de la mano.&lt;/b&gt; No dejaba de mirarle con los ojos como estrellas. Desde luego, ella lo llevaba mucho mejor que yo. Miré a Henmann fijamente también, por imitación, y aunque lo intenté, no me salieron las palabras. Así que él prosiguió. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Perdona, quizá estoy siendo muy inoportuno… Siempre tuve la sensación de que la historia hubiera merecido otro recorrido, como si te debiera algo… -Hizo una pequeña pausa y me miró-. Entonces no era el momento, y lo único que sé es que ahora estamos aquí, que nos hemos encontrado en medio de una ciudad de millones de habitantes. Y que me alegro mucho de que esto haya pasado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Yo también me alegro… -me oí balbucir. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Los ojos se me fueron en ese instante a mi reflejo, que ya había rodeado el cuello de Henmann con sus brazos y se estaba atreviendo a darle pequeños besos por la cara. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La Otra Cloe fijó su mirada en mí, se separó del profesor y se puso a mi lado. Me dio la mano y empezó a arrastrarme hacia él. &lt;/b&gt;Un centímetro tras otro. Flotaba por la misma órbita que ella y la dirección estaba definida por una clarísima atracción. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La órbita de Henmann terminó haciendo intersección con la nuestra. Ya más tranquila, sentía el agradable calor del interior de una burbuja, la emoción de un momento único, el baño de autoestima de saberme deseada. La Otra Cloe no soltaba mi mano, me acompañaba en ese camino de vuelta, viviéndolo como si fuera la primera vez… &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Y cuando tenía los labios de mi antiguo profesor a escasos milímetros de los míos, me paré en seco.&lt;/b&gt; &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La pompa de jabón me estalló en la cara. &lt;/b&gt;Esta no era la primera vez, el momento no era único. Ya había pasado. Miré a la Otra Cloe, que me escudriñaba, estupefacta, con una cara de qué-diablos-haces. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me di cuenta de que esa no era yo, que yo era distinta, había evolucionado en estos últimos años, y ni siquiera quería las mismas cosas que antes. No estaba obligada a vivir un sueño de hace diez años sólo porque ahora tenía la oportunidad. Detuve la cara de Henmann sujetándola entre mis manos, y por primera vez, le miré con mis propios ojos, con los de la Cloe del presente. Y lo vi con claridad: Henmann era un recuerdo precioso, pero no podía formar parte de mi realidad. Sólo era vapor de agua. Ya no tenía sentido. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Le sonreí y le besé en la mejilla. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Es mejor así…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Henmann me devolvió la sonrisa, entre abatida y resignada, y asintió. Nadie como un físico para entender el tiempo y su complicada naturaleza. La Otra Cloe soltó mi mano, enfurecida. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;Así que ahí le dejé, con su taza de café a medio terminar. Cuando salí por la puerta del &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;1917&lt;/i&gt;, me parecía que acababa de saltar de un bucle del tiempo más alejado que la Rusia de los zares. Respiré profundamente, borracha de una extraña felicidad. Me sentía como nueva. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Antes de irme de allí, giré una última vez la cabeza para mirar por la ventana del local. Henmann se había quedado bien acompañado. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Junto a él, la Otra Cloe, en una graciosa postura, se apoyaba sobre su muslo mientras descansaba la cabeza en su hombro. Entrelazaba sus dedos con los de él, y sonreía, feliz.&lt;/b&gt; Ahí era donde quería quedarse. Yo me alegré por ella, claro, y continué calle arriba sin mirar atrás. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;*&lt;/strong&gt; Ver &lt;em&gt;El día del profesor de Mecánica Celeste (El encuentro)&lt;/em&gt;&amp;nbsp;y&lt;em&gt; (La nostalgia)&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-4573748608151773117?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/4573748608151773117/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-profesor-de-mecanica-celeste_31.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4573748608151773117'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4573748608151773117'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-profesor-de-mecanica-celeste_31.html' title='El día del profesor de Mecánica Celeste* (El dilema)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5804760663845850270</id><published>2011-05-27T13:13:00.000+02:00</published><updated>2011-05-27T13:13:58.526+02:00</updated><title type='text'>El día del profesor de Mecánica Celeste*  (La nostalgia)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Entender el movimiento de los planetas y la forma en la que se relacionan los cuerpos celestes no era tan romántico como imaginé. Pero claro, entonces era joven y estúpida, además del espécimen más insólito de la clase. Todos los que allí estaban eran estudiantes de Matemáticas o Físicas. Descuidadas camisas de cuadros y pantalones anchos, ellos; y &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;coletas y rostros pálidos de flexo, ellas. Lo de las gafas pasadas de moda era una característica común. &lt;strong&gt;Y allí estaba él, el joven profesor Enrique Henmann.&lt;/strong&gt; &lt;strong&gt;Se emocionaba al explicar los problemas de órbitas y escribía en la pizarra hasta arañarse las yemas de los dedos, sin reparar en que hacía rato que la tiza se había consumido.&lt;/strong&gt; Siempre llevaba el pelo revuelto, como si al levantarse cada mañana se echase un poco de agua en las manos e intentara domarlo sin éxito. De su nariz pendían unas gafas con montura negra brillante, como salidas de una película de los años 70. Me encantaban. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Hacía un par de años que no estudiaba física ni matemáticas, y empecé a perder peso en cada clase por la lucha librada entre las ecuaciones escritas en la pizarra y mi materia gris. El día que vimos las leyes de Kepler me planté, y decidí hacer uso de las tutorías como último recurso para no acabar suspendiendo la asignatura, ya que entonces era demasiado tarde para anular la matrícula. &lt;strong&gt;La primera vez que llamé a su puerta, pillé a Henmann prácticamente enterrado en una montaña de papeles garabateados de letras, números y dibujos doblegados por el peso de varias tazas de café repartidas por la mesa.&lt;/strong&gt; No supe hasta más tarde que él nunca terminaba un café. Dejaba la base de la taza cubierta y se preparaba el siguiente en una nueva. Ese día vestía una camiseta con una caja negra dibujada de la que salía el mensaje: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Let me adopt Schrödinger´s cat&lt;/i&gt;. Fantástico.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Henmann se interesó por mi apellido extranjero, y establecimos enseguida una extraña complicidad. Él también tenía sangre mezclada, su padre era alemán, y siempre se sintió como fuera de un círculo. Ambos sabíamos lo que era eso. También le hizo gracia mi procedencia de una facultad no técnica, y se tomó como un reto hacerme comprender las motivaciones de las masas celestes. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Con infinita paciencia, el profesor me ayudaba a resolver los problemas de órbitas utilizando gominolas de colores que distribuía por todo su escritorio, llenándolo de azúcar que crujía bajo el papel. Y de este modo yo iba enganchándome a las clases con el resto de estudiantes. Lo cierto era que cada vez disfrutaba más de su compañía durante las tutorías, y esa rara admiración y ganas de complacerle me mantenía despierta hasta tarde estudiando fórmulas y teorías gravitacionales. &lt;strong&gt;Una fiebre revitalizante que no podía ser otra cosa que un enamoramiento de riesgo. &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Superé el primer cuatrimestre de Mecánica Celeste, contra todo pronóstico, y decidí continuar con la segunda parte de la asignatura, que se daba en los siguientes meses, hasta el verano. &lt;strong&gt;Y entonces llegó el día del punto de inflexión. Henmann acabó su horario de tutoría y me ofreció acercarme en coche a mi casa.&lt;/strong&gt; Resultó que vivíamos en barrios no muy alejados, y el viaje en coche terminó convirtiéndose en un ritual. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Digo que fue un punto de inflexión porque eso me permitió conocer con más profundidad al Henmann-persona que se ocultaba tras el profesor acomplejado por su &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;mix&lt;/i&gt; de nacionalidades. Fue raro la primera vez que me senté en su coche destartalado de científico loco, creo que por la consciencia de haber traspasado una frontera. Recuerdo que los músculos se me quedaron rígidos, y no se me ocurría ningún tema de conversación. Más adelante, cuando lo convertimos en costumbre, el asiento de copiloto de ese coche parecía tener la forma de mi cuerpo, y los viajes siempre se me hacían demasiado cortos, aun con tráfico. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Así me enteré de que había vivido en Hamburgo hasta la adolescencia, y que al llegar a España tuvo que ponerse al día con las palabrotas que su madre nunca le quiso enseñar. Le gustaba ir a conciertos de jazz, aunque en el coche escuchaba a grupos de rock germano que tenía grabados en casetes. Sufría verdadera adicción por la lectura y cuidaba los libros como si fueran pequeños tesoros; se permitía solo un gesto de coquetería: utilizaba crema de manos al salir de clase, para paliar en lo posible los arañazos y durezas que le provocaba su efusividad con la pizarra. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Cuando empezamos a sentirnos más cómodos, a pesar de la obvia desigualdad de nuestra ecuación, llegó el turno de los cafés. Encontramos un sitio a la salida de la facultad, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Matrioschka&lt;/i&gt;, no frecuentado por estudiantes por los poco populares precios, donde yo me tomaba el mejor capuchino del mundo y él se dejaba a medio terminar su café solo. &lt;strong&gt;Allí le enseñé algunas palabras en danés, y Henmann intercambió este conocimiento por una sencilla fórmula para no perder dinero en Bolsa, que nunca me dio por comprobar.&lt;/strong&gt; También fue allí donde me enseñó su carné de identidad para demostrarme que tenía 29 años. Nueve más que yo entonces. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Fue una de esas tardes cuando empecé a comprender verdaderamente las teorías gravitatorias que tanto esfuerzo hizo por enseñarme, &lt;strong&gt;al sentir mi cuerpo inevitablemente atrapado por la órbita del suyo en una emocionante lucha planetaria,&lt;/strong&gt; como en Mecánica Celeste. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un par de semanas antes del examen final, en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Matrioschka&lt;/i&gt;, mi debilitada órbita quedó fuera de control. En el hilo musical empezó a sonar &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Say what you want&lt;/i&gt;, de Texas, y algo se desconectó en mi cabeza. Creo que me pareció una especie de señal; dejé de pensar y se desactivó el piloto automático, ése que siempre me protege de hacer tonterías en determinados momentos. &lt;strong&gt;No sé quién se acercó primero, olvidé nuestra ecuación desigual y de pronto estábamos inmersos en un beso suave y tímido. Los cuerpos celestes habían colisionado por fin. &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Desgraciadamente, no duró mucho. Él se separó, muy consternado, y me pidió disculpas. En el camino de vuelta, me confesó que se le había ido de las manos, y que no era un comportamiento correcto. No entendí nada hasta que empezó a hablarme de una mujer con nombre exótico con la que mantenía una relación algo complicada, pero relación a fin de cuentas. Estaba claro que no quería añadir más incógnitas a su propio sistema de ecuaciones. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Encajé el golpe como pude, y encerré mi gran decepción en el estudio. Después de todo, aún no habíamos llegado a un punto de no retorno, y sentía que todavía podía escapar sin magulladuras graves. Volvimos a vernos tras el examen. Saqué un 5 raspado. Henmann sentía una enorme culpabilidad y me pidió disculpas nuevamente. No por el 5, que estoy segura que fue extremadamente generoso. &lt;strong&gt;Ese aprobado, merecido o no, supuso un alivio para los dos. No tendríamos que vernos de nuevo en septiembre.&lt;/strong&gt; No se me ocurrió repetir otras asignaturas en esa facultad, por supuesto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Unos meses después me llamó, un par de veces, pero no quise descolgar el teléfono. Preferí no saber si me echaba de menos, o si era la culpabilidad la que le movía a comprobar si yo seguía bien o si, en cambio, me llamaba porque había resuelto su complicada ecuación vital a favor mío. Supe por esas llamadas que pensaba en mí, que yo seguía presente, y que no nos lo habíamos imaginado todo. Eso me bastaba. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Y de pronto ahí estábamos, otros diez años después, rodeados de libros de física cuántica. Cuando por fin logró desencajar las mandíbulas de la sorpresa, su sonrisa reveló líneas antes invisibles en su rostro. Pero no había cambiado tanto. Me recomendó uno de los libros que yo tenía entre manos, y decidí intercambiar este pequeño consejo por una invitación a un café solo sobre cuyo final sentía gran curiosidad…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;(Continuará)&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;* Ver El día del profesor de Mecánica Celeste (El encuentro)&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5804760663845850270?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5804760663845850270/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-profesor-de-mecanica-celeste_27.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5804760663845850270'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5804760663845850270'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-profesor-de-mecanica-celeste_27.html' title='El día del profesor de Mecánica Celeste*  (La nostalgia)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5190952106094857439</id><published>2011-05-23T15:05:00.000+02:00</published><updated>2011-05-23T15:05:32.138+02:00</updated><title type='text'>El día del profesor de Mecánica Celeste (El encuentro)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Encontrarme en el rincón de libros especializados en Física rebuscando algún título sugerente suele significar una cosa: que ha ocurrido alguna desgracia. Es lo único que me ayuda a salir del laberinto de pensamientos ante los problemas que no puedo resolver con mis propios medios. Comprender los fenómenos naturales que nos rodean –o al menos, intentarlo- siempre me ha funcionado como camino para salir del jaleo emocional y poner a trabajar las neuronas en cosas relevantes, que están ahí, todo el día entre nosotros, y a pesar de eso, resultan ignoradas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La mañana no había sido muy buena, llevaba desde por la noche en el hospital acompañando a una amiga que había tenido un accidente. Por eso por la tarde, cuando la dejé rodeada de familiares, aproveché para correr a la librería más cercana. &lt;strong&gt;Necesitaba agarrarme a cosas más grandes o más pequeñas que nosotros, pero desde luego menos frágiles.&lt;/strong&gt; Imperecederas. Unos recurren al whisky, otros al peluquero. Cada uno hace lo que puede, ¿no?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En los últimos años había tenido un flechazo con la física cuántica. Qué le vamos a hacer. Me encanta entrar en ese mundo de cosas tan pequeñas que a veces da miedo de lo fantasmagórico que es. Brrr. Siempre me deja con ganas de más. Así que me puse a rebuscar con paciencia los últimos títulos publicados sobre el tema, que debían de estar en algún punto de ese esquinazo repleto de libros desde el suelo hasta el techo. &lt;strong&gt;Entonces lo olí. Antes de que mi cerebro pudiera analizar la información, mi estómago se dio la vuelta.&lt;/strong&gt; ¿Verdad que algunos olores funcionan como las más precisas máquinas del tiempo? Pasa en menos de un segundo. De repente, hueles algo y estás ahí. Quizá años atrás. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Miré por el rabillo del ojo, el olor procedía de alguien que estaba justo a mi derecha, a pocos centímetros. Una mezcla de jabón y vainilla. Se le parecía bastante. Respiré hondo y volví a mirar, ahora sin tanto disimulo. Y sí, era él. Algunos años más, el mismo estilo tirado de camisas de franela sobre camisetas oscuras; el mismo modo de pasar las páginas de un libro, con esos dedos largos y estilizados, como si lo estuviera acariciando… Debió sentirse observado y me miró. Su cara de sorpresa me hizo reír con ganas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Cuando nos conocimos, trabajaba de profesor asociado en la universidad, en el departamento de Astronomía, y fui alumna suya en una asignatura de libre configuración, Mecánica Celeste. Todo esto me pasó en el clásico momento de crisis universitaria. ¿Había elegido bien? Necesitaba salir de mi facultad y entrar en otros mundos, y las matemáticas siempre me habían apasionado. &lt;strong&gt;Consulté el listado de asignaturas a las que podía optar en ese cuatrimestre, y cuando llegué a “Mecánica Celeste” dejé de leer…&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;(Continuará)&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5190952106094857439?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5190952106094857439/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-profesor-de-mecanica-celeste.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5190952106094857439'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5190952106094857439'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-profesor-de-mecanica-celeste.html' title='El día del profesor de Mecánica Celeste (El encuentro)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-6919147778947202116</id><published>2011-05-15T10:11:00.004+02:00</published><updated>2011-05-17T19:43:07.108+02:00</updated><title type='text'>El día del sonido del caramelo quemado</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Clac. Clac. Clac. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Así es como suena la capa de azúcar quemada sobre la crema catalana cuando se rompe por el peso de la cuchara.&lt;/b&gt; Dura un instante, y es un sonido delicioso, que gira sobre sí mismo dibujando volutas, ondas mullidas y frágiles. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Clac. Clac.&lt;/b&gt; Me encanta. Pero ayer descubrí, con cierta inquietud, que no soy la única a la que le encanta. De hecho, también le encanta a alguien que no existe, a un personaje de ficción. Bueno, o no. No sé, el caso es que una duda me ha agarrado por dentro y no me suelta desde entonces. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Estaba en el salón de mi casa, revisando por enésima vez &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Amélie&lt;/i&gt;, la icónica película de Jean-Pierre Jeunet, con la intención de poder tirar de algún plato para incluir en mi libro de cocina. Me sonaba que algo comestible aparecía en las escenas de la cafetería. Hacía tiempo que no la veía, y algunos detalles, como es normal, los tenía olvidados. Tan olvidados, que cuando Amélie enumera esa lista de cosas que le encantan, casi salté del sofá al ver una imagen en primer plano de una &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;crème brûlé&lt;/i&gt; (versión francesa de la crema catalana) y a &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Amélie recreándose al desconchar el postre de su caramelo cristalizado con la parte cóncava de la cuchara.&lt;/b&gt; Clac. Clac. Clac.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Tenía la sensación de no haber visto nunca esa parte de la película. ¿Había adquirido ese ritual porque mi subconsciente lo asimiló como mío desde que vi la película por primera vez? O podía ser al contrario… &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¿Me lo había copiado Amélie?&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 236.05pt;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Traté de pensar desde cuándo me gustaba craquear la superficie caramelizada de la crema catalana, si lo hacía desde niña, o si lo había hecho de forma intuitiva la primera vez que probé el postre. No recordaba que fuese un postre de mi infancia, la verdad. Pero el caso es que tampoco recordaba comer la crema catalana de otro modo, sin ese primer acercamiento que consistía, básicamente, en romper la superficie con la cuchara, a escasos centímetros de mi oído, para disfrutar al máximo de aquel delicioso clac-clac-clac. No lo recordaba. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De modo que quedaba abierta la posibilidad de esa segunda opción. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Que yo no hubiese asimilado ese gesto de Amélie, si no que ella lo hubiera asimilado de mí.&lt;/b&gt; De verme a mí hacerlo. ¿Y cómo? Pues dándole la vuelta a todo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Amélie prepara su cena después del largo día de trabajo. Mira por la ventana para comprobar que su vecino pintor sigue ahí, trabajando en su centésima reproducción del cuadro más famoso de Renoir. Le gusta verle pintar con minuciosidad cada detalle sobre la tela. ¡Cómo le gustaría saber pintar! Vuelve a echar la cortina y se sienta sobre su cama de sábanas coral, sosteniendo un cuenco con yogur y muesli. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Enciende la televisión con el mando tumbado sobre la mesilla de noche, junto a la cama, y se engancha a las imágenes de una película de raros colores saturados.&lt;/b&gt; Una niña de pelo cobrizo y desordenado patina sobre una pista de hielo en medio de un jardín lleno de pequeñas bombillas como hadas. Lleva unas orejeras de hipopótamos rosas. Gira y gira deslizándose sobre el hielo junto a un niño de mirada gélida y mechones casi plateados. El niño se desata un muñeco que lleva prendido del patín y se lo regala, en lo que parece una despedida&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;*&lt;/b&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En la siguiente imagen, la chica ha crecido, Amélie la reconoce por el pelo, más desordenado aún, pero del mismo color naranja que exagera la fotografía saturada de la película. Cocina unas tartas de aspecto maravilloso en una extraña reunión de amigos que cuentan historias en torno a los moldes y saquitos de harina como en una suerte de dulce akelarre&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;**&lt;/b&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La película sigue avanzando, ante la atenta mirada de Amélie, que sigue a la chica del pelo naranja hasta el interior de una casa terrorífica, de angostos pasillos y telarañas que forran las paredes&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;***&lt;/b&gt;. En el interior de una oscura habitación, la chica se sienta en la cama junto a un joven misterioso, con un maquillaje gótico y la sombra de la tristeza más absoluta en sus ojos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La chica extrae una diminuta piedra de una bolsa de terciopelo, y con la yema del dedo, la acerca a la piel de él, donde se funde en un centelleo blanco y perfecto.&lt;/b&gt; El chico llora, aliviado. Amélie llora también, y la primera lágrima se precipita sobre el yogur. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;El corazón se sale del pecho de Amélie cuando escucha al chico preguntarle quién es, y ella le contesta: “Cloe. Cloe Andersen”.&lt;/b&gt; Nunca olvidará ya ese nombre. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Pero entonces Amélie ve algo que la confunde del todo. La chica del pelo naranja está sentada en la mesa de una cocina, frente a una cazuelita de barro de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;crème brûlé&lt;/i&gt;. La chica coge la cuchara y acerca su oreja a pocos centímetros del postre, mientras golpea el cristal de caramelo con la parte cóncava del cubierto. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Sonríe de satisfacción con el sonido que produce al resquebrajarse. Clac. Clac. Clac. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Amélie deja caer el cuenco con los restos de yogur y muesli. Intenta pensar si ya ha visto antes esa película, si pudo haber asimilado ese gesto inconscientemente. O si pudo ser al revés, si esa chica, Cloe, le copió el gesto a ella. Al verla a ella hacerlo. ¿Y cómo? Pues dándole la vuelta a todo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;*&lt;/b&gt; Ver &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El día del primer amor sobre el hielo&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;**&lt;/b&gt; Ver &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El día de las tartas&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;***&lt;/b&gt; Ver &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El día que cumplí mi profecía (2ª parte)&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 92.05pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-6919147778947202116?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/6919147778947202116/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-sonido-del-caramelo-quemado.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6919147778947202116'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6919147778947202116'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-sonido-del-caramelo-quemado.html' title='El día del sonido del caramelo quemado'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-6073829891976056321</id><published>2011-05-05T19:19:00.000+02:00</published><updated>2011-05-05T19:19:25.056+02:00</updated><title type='text'>El día del primer amor sobre el hielo</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Lo que más recuerdo de mi breve e infantil vida en Dinamarca son las navidades. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Las navidades de allí huelen a canela y ponche caliente, a galletas caseras y salsa de cereza, a cerveza dulce y a hielo. &lt;/b&gt;Mucho hielo y nieve. Las calles se visten de diminutas luces doradas y de adornos de elegante diseño escandinavo. Los mercadillos de artesanía local y las pistas de patinaje sobre hielo al aire libre forman parte también de los clásicos de las navidades danesas. Aunque para mí, el recinto de patinaje no es solo un cliché de estampa nórdica. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Tiene que ver con el primer amor.&lt;/b&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 335.25pt;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Tenía seis o siete años, y ya era capaz de danzar sobre unos patines que prácticamente pesaban más que yo. Era una de esas tardes nocturnas, de noche cerrada sin haber dado siquiera las cinco. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La pista de patinaje tenía forma ovalada, estaba en medio de un parque rodeada de árboles de los que colgaban preciosas bombillas como hadas.&lt;/b&gt; Y ahí estábamos toda una panda de niños con los mofletes colorados y embutidos con las obligadas B2G –Bufanda, Guantes y Gorro-, deslizándonos de un extremo a otro del hielo, ante la paciencia infinita de los padres, más soportable gracias al pensamiento de una seguida taza de chocolate caliente. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me recuerdo ahí, cogiendo la mano de mi hermano pequeño, intentando prevenir sus arrebatos kamikazes sobre la pista. En una de esas veces imposibles de prever –y menos por una niña que también estaba disfrutando de lo lindo-, mi hermano se lanzó a protagonizar una pirueta mortal de las que salen en los campeonatos de la tele, y terminó aterrizando sobre otro niño mayor que él. Cuando me quise dar cuenta, el niño estaba zurrando a mi hermano, en un apasionamiento poco escandinavo. Recuerdo cómo me hirvió la sangre mientras corría hacia ellos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Empujé al chico y le hice saber, supongo que en mi rudimentario danés interrruptus, que ése era mi hermano y nadie le zurraba más que yo.&lt;/b&gt; ¡Hombre ya! El niño debió sentir terror por el contraste entre mi ira y la candidez de mis orejeras rosas de hipopótamo, se dio la vuelta, y patinó lo más rápido que pudo hasta desaparecer de la pista. Llevaba un pequeño reno de peluche prendido de los cordones de uno de sus patines. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Al día siguiente volvimos, claro, y de nuevo nos encontramos frente a frente. El niño, que se llamaba Kasper y tenía unos ojos gris claro como el hielo, bajó la mirada y me esquivó. Durante el resto de la tarde, nos mantuvimos alejados el uno del otro sin dejar de observarnos constantemente, cada vez con más curiosidad. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Íbamos patinando en círculos concéntricos, cada vez con menos distancia&lt;/b&gt;, hasta que el encuentro fue inevitable. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Los quince días siguientes que duraron esas vacaciones, Kasper y yo aprendimos juntos a dar piruetas sin caernos y hasta me enseñó algunas palabras que mi padre nunca hubiera pronunciado delante de mí en su idioma. Soñaba con que yo le rescataba de las fauces de un dragón volando sobre un unicornio alado, y con que éramos temerarios aventureros en busca del triángulo de las Bermudas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El último día llegó, y con él, el momento de despedirme de Kasper. Bajo el cielo estrellado, sobre el liso hielo que aguantaba las hojas de nuestros patines, le dije a Kasper que volvía a España al día siguiente. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Sus labios color fresa se torcieron un poco, pero un destello iluminó sus ojos fríos y se arrodilló para desengancharse el reno de peluche del patín.&lt;/b&gt; Cuando me lo tendió sobre la manopla, empezaron a nevar copos de nieve con forma de estrellas perfectas y los dos sonreímos. Le di un beso en la mejilla, él balbució una frase que nunca pude entender, y se alejó deslizándose. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;No dejé de mirarle, pensando: “Si se da la vuelta, nos volveremos a ver”. &lt;/b&gt;Antes de llegar al otro extremo de la pista, donde esperaba su madre con los zapatos para cambiarse, Kasper se giró y movió la mano diciéndome adiós. Su sonrisa, en cambio, sólo decía “hasta otra”. Apreté el pequeño reno llena de felicidad. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Como es previsible, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;nunca volví a ver a Kasper&lt;/b&gt;. Y nunca supe qué me dijo antes de marcharse. Pero no he sido capaz de olvidar esta historia en años. Ayer pensé que era hora de volver al hielo, y como pagar un billete de avión resulta mucho más complicado en mis circunstancias que comprar un entrada para una pista de patinaje cubierta de las de aquí, me decidí por lo segundo para proveerme un día más de emociones. Apenas quedaba un mes&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;para que cerrasen las pistas de cara al verano. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Conseguí no caerme en toda la tarde, a pesar de que los ojos se me iban como magnetizados hacia cualquier chico rubio y de más o menos mi edad que aparecía por allí. Uno de ellos era bastante guapo, pero en cuanto pude observarle desde más cerca, me di cuenta de que sus ojos eran castaños. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¡Cómo de ridículo puede ser buscar a un chico tras veinte años sin verle en una pista de patinaje a varios miles de kilómetros!&lt;/b&gt; Así soy yo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Continué sumergida un rato más en esas olas de nostalgia ya desde un café acristalado con vistas al recinto de hielo, y no pude evitar seguir buscando al pequeño Kasper entre los patinadores, con una media sonrisa, mientras acariciaba al viejo y despeluchado reno que sigue colgando de mi llavero. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-6073829891976056321?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/6073829891976056321/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-primer-amor-sobre-el-hielo.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6073829891976056321'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6073829891976056321'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-del-primer-amor-sobre-el-hielo.html' title='El día del primer amor sobre el hielo'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-7108165603706268770</id><published>2011-05-03T22:16:00.000+02:00</published><updated>2011-05-03T22:16:20.478+02:00</updated><title type='text'>El día de Raúl Arévalo</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;No es justo achacarlo sólo a él. Me apetecía muchísimo ver esa obra de teatro, estaba recibiendo las mejores reseñas entre los estrenos de los últimos meses, y me encanta Shakespeare, y más aún, sus textos dentro de montajes contemporáneos. Pero sí, es cierto, lo reconozco. También quería verle a él, a Raúl Arévalo. No sé por qué especialmente ahora, cuando ya le había seguido desde sus primeras películas. No es el chico que te gusta, no es el prota, pero tiene algo que no pasa desapercibido, algo especial… &lt;strong&gt;Te sientes cómoda con él, como si fuera de la familia… Hasta que te das cuenta de que él es precisamente el chico que te gusta.&lt;/strong&gt; Creo que fue eso lo que me pasó hace unas semanas viendo su última película. No era el prota, pero era el chico que me gustaba. Definitivamente. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Así que allí estaba yo, en la puerta del teatro, tras haber removido Roma con Santiago para engañar a una amiga para que me acompañase a ver la representación. Mi amiga llegaba tarde, así que me entretuve caminando sin rumbo por los alrededores. Unos metros más abajo, de pronto, se abre una puerta. Reparo en que es la entrada para los empleados de la sala y los actores, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;y aparece Raúl Arévalo&lt;/b&gt;. Más alto de lo que imaginaba, con vaqueros desgastados, camiseta de algodón gris, pelo revuelto y un móvil colgado de la oreja. Tuve que enfocar dos veces –eso sí, con disimulo-, para confirmar que era él. Se quedó hablando justo enfrente de la puerta, junto a un árbol, girándose a veces hacia la dirección en la que yo caminaba despacio, sin dar crédito aún. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;No podía dejar de mirarle de reojo, el corazón se me aceleró y empecé a pensar, a la velocidad de la luz, cómo podría abordarle&lt;/b&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Podría haber esperado a que acabase su llamada, y, con infinita prudencia, haberme acercado para decirle que su última película me salvó la tarde y que me encantaba su trabajo. Haberle deseado muchos ánimos para la función y haberme despedido asegurándole que no quería molestarle. Pero entonces, él podría haberse detenido, nada más acercarme, en mis pestañas de muñeca, como recién salida de la piscina, un detalle que le hubiera parecido encantador. O podría haberse fijado en la mota con forma de media luna que tengo en el iris del ojo izquierdo, casi rozando la pupila, y se hubiera sentido intrigado por aquella marca de hechicera. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Su vanidad podría haberse desbordado ante mis palabras y formas de sincera admiración, o él mismo podría haberse emocionado con una cara desconocida y apasionada, tras semanas o meses de, quizá, sentirse solo y perdido. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Podría haberme respondido que yo no era una molestia en absoluto, y que agradecía profundamente mis palabras, que no podía creer que su trabajo en una película hubiera podido provocar tanta felicidad en alguien, y mucho menos salvarle una tarde. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Podría haber sentido que me conocía de antes, qué sé yo, de otra vida, o haber percibido una conexión especial.&lt;/b&gt; Chispas. Haberse dado cuenta de que ese momento no estaba destinado a amontonarse entre otros, para lo que debía garantizar su supervivencia. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Podría haberme dicho, mientras el tambor de mi corazón seguía reverberando por todo mi cuerpo, que le apetecía continuar hablando conmigo, y que si le esperaba tras la función para tomar algo juntos, si yo no tenía otros planes, claro. Yo le habría contestado que sí, por supuesto, deseando que no se fijara en mis mejillas encendidas como manzanas de caramelo, que le esperaría en esa misma puerta. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Me habría encantado la obra, y habiéndole explicado todo a mi amiga, hubiera retocado mi brillo de labios mientras le esperaba en el mismo sitio de antes. Temblando de emoción y con el corazón enloquecido. Él hubiera salido con su ropa cómoda de antes, habría sonreído tras mi felicitación, y me habría propuesto ir a un pequeño bar donde preparaban, me hubiera asegurado, las mejores croquetas de la ciudad. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Con el segundo vino, me hubiera relajado un poco, y empezaría a disfrutar de verdad de ese encuentro inesperado. Él &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;me hubiera reservado la última croqueta y confirmaría su sospecha de que la media luna de mi ojo debía ser cicatriz de magia blanca.&lt;/b&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;O también podría haber pasado de otra forma. Rebobinemos.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Durante la llamada, él podría haberse fijado en el azul eléctrico de mi camisa y haber memorizado su curioso estampado de líneas negras. Podría haberme mirado a los ojos y haberse preguntado qué estaría pensando, si estaría triste o alegre o preocupada, y a quién estaría esperando. Podría haber disimulado su interés al cruzarse momentáneamente nuestras miradas, y haber sentido que el circuito hacía conexión. Clic. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Se hubiera sentido aliviado al ver que llegaba mi amiga, que era a ella a quien esperaba y no a un chico que me besara al acercarse.&lt;/b&gt; Resignado, se hubiera metido de nuevo en el teatro para cambiarse en los camerinos mientras nosotras nos alejábamos hasta la entrada principal. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Me habría encantado la función, y, a la tercera vez de salir a saludar al público, me hubiera visto frente a él, en la tercera fila, gracias de nuevo al azul centelleante de mi camisa. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Entonces me hubiera mirado a los ojos, y emocionado con mi arrebatado aplauso, me hubiera dicho, vocalizando despacio: “GRA-CIAS”.&lt;/b&gt; Y me habría sonreído. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Tras haberme despedido de mi amiga, esperando al metro mientras fantaseaba con ese gesto tan inaudito, él podría haber aparecido por el mismo andén, ya vestido con la ropa cómoda de antes, y yo no habría dejado escapar ese momento. Entonces me hubiera acercado, le hubiera felicitado por su trabajo y asegurado que esa obra me había salvado el día. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Él se hubiera detenido en ese instante en mis pestañas de muñeca, como recién salida de la piscina, un detalle que le hubiera parecido encantador, o en la mota con forma de media luna que tengo en el iris del ojo izquierdo, y se hubiera sentido intrigado por esa marca de hechicera…&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify;"&gt;Podría haber sucedido así, pero desperté abruptamente de mis fantasías con el golpe de la puerta de los empleados y actores del teatro justo delante de mí. Raúl Arévalo había vuelto a la sala, supongo que para caracterizarse antes del comienzo de la obra. Yo seguí esperando a mi amiga, con mi sueño de cántaro de leche hecho pedazos, intentando adivinar &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;cuál es la receta definitiva para que nos atrevamos más. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-7108165603706268770?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/7108165603706268770/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-de-raul-arevalo.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/7108165603706268770'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/7108165603706268770'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/05/el-dia-de-raul-arevalo.html' title='El día de Raúl Arévalo'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-8840900292162148230</id><published>2011-04-29T18:37:00.000+02:00</published><updated>2011-04-29T18:37:39.815+02:00</updated><title type='text'>El día del secuestro del avión</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;00.30 horas&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Estoy escribiendo desde una suite de hotel de lujo a cientos de kilómetros de mi casa. Me he dado un relajante baño de burbujas mientras bebía una copa de champán, como en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Pretty Woman&lt;/i&gt;, que directamente me ha enviado el servicio de habitaciones del hotel, junto con una deliciosa cena a base de marisco y foie-gras. Mmmm… ¡Y pensar que hace solo unas horas andaba entregada a la exigente tarea de secuestrar un avión! Recapitulemos… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Cinco horas antes&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Lo peor de las vacaciones es, precisamente, que acaban en algún punto, y da igual la resistencia que uno ponga a esta realidad. Es impepinable. Otro año más, ahí estaba yo, en el aeropuerto de Kastrup, despidiéndome de mi padre con una mezcla de palabras hispano-danesas. El hombre, como siempre, me había comprado varios bollos de pan de zanahoria, mis favoritos, para amenizar el viaje. Odio las despedidas. Aunque sin ellas, los reencuentros no son posibles, y esos sí que me gustan… En fin, un mal necesario. La figura de mi padre funde sus contornos con los de decenas de personas mientras yo ato los cordones de mis botas estoicamente tras pasar el control de pasajeros. &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Vi ses&lt;/i&gt;. Hasta pronto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Cuatro horas antes&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Asiento 7A. Perfecto, cercano a la puerta. En ese momento pensé: “Qué bien, saldré de las primeras”. Ja. El despegue desde Copenhague resulta siempre estupendo, a los dos minutos se pueden ver a la perfección los contornos del país recortados por el mar, que se riza en borreguitos de espuma por la acción de los molinos eólicos. Detrás, en el &lt;metricconverter productid="10C"&gt;10C&lt;/metricconverter&gt;, un hombre clavadito a Michael Keaton hojea un libro con tapas forradas en papel de periódico. ¿Qué tipo de libro tendrá entre manos como para avergonzarse de él? Mmmm… A la media hora de vuelo devoro mi primer bollo de pan de zanahoria. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Tres horas antes&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Se abre el micro de megafonía. “Al habla el comandante, tengo una mala noticia que darles. Por problemas comerciales de la compañía, este avión no podrá aterrizar en destino, el trayecto se reconduce hasta el aeropuerto de Mallorca”. ¿¿¿Cómo??? En ese momento pensé que nos había tocado un piloto chistoso frente al aparato, aunque no tenía mucho chiste, la verdad… Cuando confirmó estas palabras a los cinco minutos, empecé a ser consciente de que realmente íbamos a aterrizar, sin ninguna explicación, en Mallorca, rodeados de agua y a cientos de kilómetros de casa. ¿¿¿Cómo??? El murmullo empezó a crecer en ola por toda la cabina, hasta que Michael Keaton lo rompió poniéndose en pie y dirigiéndose a todos los pasajeros: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¡No abandonaremos el avión hasta que alguien nos dé una explicación para esto y nos lleven de vuelta a nuestras casas!”&lt;/b&gt;.&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt; &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;“¡Eso es un motín!”&lt;/b&gt;, chilló una azafata rubia –sin comentarios- e histérica. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¡Pues que así sea!”,&lt;/b&gt; contestó Michael Keaton. Yo le miraba embelesada y por fin reaccioné. Tenía razón. No nos podíamos mover del avión. Desde ese momento, ¡quedaba secuestrado por el pasaje! &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Efectivamente, aterrizamos en Mallorca. Y efectivamente, los doscientos pasajeros secundaron a Michael Keaton y no hicieron amago de moverse de su asiento. El comandante y las azafatas instaron a que saliéramos de allí, asegurando que ya nos informarían en la terminal. Pero se ve que Michael Keaton ya estaba muy curtido en engaños aéreos, y vio claro el pastel. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Nadie bajará de este avión hasta que no venga un responsable de la compañía a darnos las soluciones pertinentes”.&lt;/b&gt; Qué bien hablaba, qué firmeza y qué seguridad… Era como Batman… Empecé a sentir una fuente de energía brotando de mi pecho, primera confirmación de que terminaría haciendo de Robin esa noche… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Llamé inmediatamente a mi amiga Lelaina, que debería de estar esperándome ya en el aeropuerto en el que debíamos haber aterrizado, para contarle lo sucedido. Ella se indignó muchísimo, y entonces me hizo la pregunta que me dio la clave: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¿Has pensado llamar a alguien de prensa?”&lt;/b&gt;. Lelaina es publicista y estaba acostumbrada a contemplar la realidad en clave de imágenes, eslóganes y titulares. Bingo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Le di las gracias por la idea y contemplé el escenario que tenía ante mí: la tripulación pedía a los pasajeros, cada vez con menos modales, que bajasen del avión; los pasajeros bramaban a la tripulación que no se moverían de allí sin un nuevo plan de viaje; los muchos niños que formaban parte del pasaje alborotaban alrededor para que alguien les diera algo de comer… Entonces, el comandante, estirado como un poste telefónico, hizo valer su posición gritando entre el gentío: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Están desobedeciendo a la máxima autoridad de esta aeronave, la Guardia Civil se encuentra ya en camino para efectuar su desalojo y detención”.&lt;/b&gt; Glups. Parecía que la imagen hubiera quedado congelada. Un niño empezó a llorar, y los viajeros se miraban unos a otros con la sombra de la resignación en los ojos. Batalla perdida. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Y así hubiera sido, si no hubiera notado mi corazón acelerándose, y esa energía caliente que se impulsaba fuera de mi pecho, las orejas incandescentes, y me vi levantándome de mi asiento por primera vez, como un resorte y dirigiéndome al comandante con el suficiente volumen como para que me escuchase todo el avión. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Han tenido ustedes la mala suerte de llevar a una periodista de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El País&lt;/i&gt; a bordo del avión. Acabo de hablar con el periódico y nos están guardando un hueco en la portada. No creo que a su compañía le haga mucha gracia, comuníqueselo, en todo caso”. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;¡Madre mía, de verdad que me salió así! El resultado fue inmejorable y quedó reflejado en los cambios cromáticos que sufrió la cara del comandante. Su piel pasó del sonrosado al lívido, y de ahí, al verde. Me había llevado el gato al agua. Michael Keaton me sonrió y soltó un grito de satisfacción, todavía quedaba batalla por delante… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;A partir de ese momento, ya las azafatas no se negaron a repartir agua entre los pasajeros, qué cosas tiene la prensa… Me sentí poderosa, y de cuando en cuando, iba llamando a Lelaina para fingir que hablaba con el periódico, y en cuanto el comandante me miraba, me aseguraba de que me escuchase alto y claro las últimas novedades: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Sí, la agencia EFE ya ha lanzado la noticia en la red nacional… Éste es mi teléfono, atiendo sin problemas a Radio Nacional, que esto va a para rato… ¿Ya lo ha dado la cadena SER? ¡Qué rapidez!...”&lt;/b&gt; Así me mantuve en una improvisación digna de Oscar. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Minutos más tarde, apareció en el avión un hombre de aspecto desagradable. Bajito y de complexión ancha; pelo lacio y negro bajo el que asomaba, brillante, una incipiente calva, traje barato oscuro y corbata azul a juego con el color corporativo de la compañía aérea. A mí me pilló colgada al teléfono con Lelaina. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Buenas noches, sentimos las molestias que les estamos causando, pero quiero que entiendan que la tripulación está cansada y no pueden abandonar el avión mientras ustedes lo tengan retenido. Si hacen el favor de bajar a la terminal, les informaremos sobre las opciones que hay”,&lt;/b&gt; concluyó. Michael Keaton no se dejó amedrentar por el Hombre de la Compañía Aérea: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¿Por qué no nos ofrece esas opciones aquí mismo, si tanta prisa tienen porque nos vayamos?”.&lt;/b&gt; La multitud bramó en apoyo a las palabras de Batman. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Y le volvió a tocar el turno a Robin, es decir, ¡a mí! “Estoy hablando en este mismo momento con el director adjunto de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El País&lt;/i&gt;, me está preguntando su nombre, para citarle en la información que vamos a publicar mañana en portada. Por cierto, creo que la actuación de su compañía va a quedar en una situación algo… comprometida, digamos”. Hasta ahí perfecto, el Hombre de la Compañía Aérea me miró lívido, parecía que estaba colando, pero luego, me vi dominada por ese poder malévolo y tuve que añadir, alargándole el teléfono: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¿Quiere ponerse y se lo dice usted mismo?”&lt;/b&gt;. Mierda. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me tiré el mayor farol de mi vida, y el Hombre de la Compañía Aérea debió de oler esa última duda en mi cara. El corazón se me salía del pecho, intenté contener la gota de sudor que me caía de la frente –bendito flequillo-; el hombre estaba librando una batalla contra su orgullo, y parecía que la iba ganando el orgullo, porque percibí cómo el peso de su cuerpo oscilaba hacia delante, y cómo su brazo se elevaba en dirección del teléfono… Pero entonces dudó, retrocedió y me dijo: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Quiero mantener una conversación en privado con usted, si no le importa”&lt;/b&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Colgué el teléfono a Lelaina y seguí al Hombre de la Compañía Aérea escaleras abajo, y allí, a pie de avión, tuvo lugar la negociación más fácil de la historia. Me preguntó qué queríamos, y se lo dije. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Una hora antes&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En quince minutos estaba arriba de nuevo, y en otros quince más, el hombre de traje volvió a subir para realizar una última comunicación por la megafonía del avión: seríamos trasladados de inmediato en autobuses al centro de la ciudad para pasar la noche en un hotel de lujo superior, donde podríamos cenar y descansar, y volaríamos de vuelta a nuestras casas a primera hora de la mañana siguiente. Todo el avión rompió en aplausos y gestos de sorpresa, y Michael Keaton decretó a gritos el fin del secuestro del avión. Entre tanta celebración, se cayó al pasillo el misterioso libro que leía y pude acercarme a mirar el título impreso en la parte superior de las páginas… ¡&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Mujercitas&lt;/i&gt;! Qué decepción…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ah, y por supuesto que no se publicó nada en la prensa, tal y como me comprometí con el Hombre de la Compañía Aérea. Que una tiene palabra… &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-8840900292162148230?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/8840900292162148230/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-del-secuestro-del-avion.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8840900292162148230'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8840900292162148230'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-del-secuestro-del-avion.html' title='El día del secuestro del avión'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-7834022117323937063</id><published>2011-04-27T12:52:00.000+02:00</published><updated>2011-04-27T12:52:53.699+02:00</updated><title type='text'>El día de la Sirenita</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Todos los años suelo aprovechar las vacaciones de Semana Santa para ir a Dinamarca a visitar a mi padre. Vive en la periferia de Copenhague, en unas casas construidas en cooperativa, con un gran jardín común donde incluyeron una piscina de agua helada. Es una casa muy al estilo escandinavo, con grandes ventanas, madera blanca y parqué claro en el suelo. Me encanta estar en la cocina, enorme, con muebles de Ikea y encimera de haya, sobre la que preparo el desayuno mientras mi padre hace gala de su sangre vikinga cada mañana, sumergiéndose en el agua helada de la alberca nada más levantarse de la cama. Brrrr. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me sigue haciendo gracia mirarle a través del cristal mientras voy tostando los panecillos y cortando el queso, cómo se tira al agua sin reconsiderarlo siquiera&lt;/b&gt;, y cómo empieza a nadar con la piel enrojecida del cambio de temperatura. Nunca falla que se me termine poniendo la carne de gallina en los brazos, y que un escalofrío recorra mi columna hasta el cuello. Brrr. Cuando el café está listo y la mesa puesta, mi padre vuelve a la casa, se seca y se viste, y entonces compartimos un momento genial de desayuno. Normalmente, con la misma conversación. Empezamos en silencio, con las enormes tazas de café calentándonos las manos, y en algún punto, mi padre abre la boca y dice: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¿Por qué no vuelves?”&lt;/b&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Por qué no vuelvo. Él me argumenta, como todos los años, que enseguida podría refrescar el idioma, y que aquí podría vivir mucho mejor. Que podría aprender a tolerar el agua helada nada más levantarme. Yo le miro, guardo unos segundos de silencio, pensativa, le doy la razón y después introduzco una frase que empieza por “pero”: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Prefiero estar en un país de gente con cara de gente”&lt;/b&gt;. Le sonrío y él se ríe, nunca hastiado de haber escuchado esta argumentación decenas de veces. Luego siempre me suelta: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¿Qué quieres hacer hoy?”.&lt;/b&gt; Excepto el primer día que llego. Sabe que ese día es sagrado, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;mi día de peregrinación a la Sirenita&lt;/b&gt;. Una vez al año. No sé, hay gente que todos los años sale a las procesiones a ver a sus vírgenes o cristos. Se reencuentran con ellos y comparten un momento espiritual. Yo lo hago con la Sirenita. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me enamoré de ella desde la primera vez que recuerdo haberla visto, siendo muy pequeña, cuando aún vivía en Dinamarca&lt;/b&gt;. &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Lille havfrue&lt;/i&gt;. Así la llaman los daneses. Mi madre me había contado el cuento muchas veces, y me impactó verla ahí, ver que era real, y que seguía contemplando el agua del mar por última vez con la tristeza de haber perdido a su amado príncipe para siempre. Me tranquilizaba que el cuento hubiese quedado congelado en ese punto, evitando el final de la apasionada sirena a cambio de ser condenada al desamor eterno. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ya cuando crecí un poco, me gustaba subirme a las rocas, acercarme a ella y acariciarle la cola de pez, como reconfortándola en su pena. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Qué frágil parece, pero a la vez, ahí está, mirando a los barcos, esperando el milagro.&lt;/b&gt; Tiene alma bajo el bronce. Por eso me irrita mucho el espectáculo habitual de los turistas que llegan y exclaman, en distintos idiomas: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¡Qué pequeña es!”,&lt;/b&gt; como con desprecio. Siempre me entran verdaderos instintos asesinos, que luego calmo con la condescendencia de entender que algunas personas no pueden ver más allá y que se lo están perdiendo todo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Todos los años, en el primer día de mis vacaciones de Semana Santa, tras desayunar con mi padre, me acerco al puerto de Copenhague para saludarla. Me siento en un banco que está justo frente a su roca, y me quedo allí un buen rato, acompañándola. Los turistas van apareciendo en ráfagas, cosas de la física, de manera que siempre consigo un tiempo de estar a solas con ella. Yo un año mayor cada vez, y ella, siempre adolescente. Qué curioso.Y ahí estábamos otro año más. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¡Hola! Ya te estaba esperando…&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;-Bueno, es que este año la Semana Santa ha caído muy tarde, fíjate que ya estamos a finales de abril…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¿Sí? No lo había notado… &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-No me extraña, ahora debe de ser complicadísimo para ti conocer las fechas, con el tiempo tan raro que sufrimos en todo el mundo… Hace demasiado calor para Copenhague ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Sí, estos días está calentando mucho el sol, es una maravilla. Me entretengo mucho jugando con los reflejos en el agua. Parecen pequeñas joyas que voy coleccionando, y cada una tiene una forma distinta. Mira esa de ahí, parece una mariposa, ¿a que sí?&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Ah, pues es verdad. ¡Y la que está al lado tiene forma de beso!&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¡O de fresa!&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;La Sirenita es, sencillamente, encantadora. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-¿Qué tal has llevado este año?-le pregunto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Bien, mejor. Este año nadie ha intentado arrancarme la cabeza, qué alivio. Una noche pasó un chico borracho, hizo el amago de subirse a mi roca, de abalanzarse sobre mí, pero se resbaló y cayó al agua. Y claro, ¡ya no lo volvió a intentar!&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Me alegro mucho, de verdad. Qué paciencia tienes con la gente. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-No me queda otro remedio. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Ya. ¿Y qué tal la vuelta de la Expo de Shanghai?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Muy bien, tenía muchas ganas de volver ya. Me agobiaron mucho los chinos, se me acercaban en masa, no paraban de fotografiarme, cientos de flashes a la vez… Me mareo enseguida con los flashes. Debe de ser que soy fotosensible. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Sí, es lógico, estás acostumbrada a los cielos encapotados. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Claro, eso mismo pienso yo. Aunque el sol sí que me gusta. ¿Y tú qué tal has pasado el año?&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Buf… Han sido unos meses muy movidos, sigo dando tumbos, pero bueno. Me contrataron para hacer un nuevo libro de cocina, estoy trabajando en eso, aunque va algo lento. Y he tomado la determinación de disfrutar al máximo de cada día, como si fuera un reto, y lograr que me ocurran cosas maravillosas. Y que dependan de mí, claro. Eso es lo más importante. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Ah… ¿Y estás enamorada?&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Pues… No. Aunque hace unos días me pasó algo muy especial con un chico. Se llama Asier. Y trabaja en la Casa del Terror. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¿La Casa del Terror?&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Sí, bueno… No importa. No sé si le volveré a ver más, él ahora está muy triste, necesita tiempo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¿Es guapo?&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-No pude verle bien, estaba disfrazado… Pero tiene unos ojos preciosos, color tierra, con gruesas y largas pestañas.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¡Como mi príncipe!&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-¿En serio?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¡Sí!&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-¡Qué casualidad! &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Por cierto, ha llegado algo para ti esta mañana… Está en el agua, al pie de mi roca. ¿Lo ves? &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;Eché un vistazo hacia donde la Sirenita me indicaba, y de pronto, la vi. Una pequeña botella de cristal transparente se mecía en el agua. Me acerqué, y con cuidado, fui apoyándome en las piedras hasta alcanzar la botella. Tenía un mensaje dentro. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-¿Lo cojo?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Claro, es para ti. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;Estirando el dedo índice, apresé el papel enrollado hasta sacarlo de la botella. La tinta estaba un poco emborronada, el papel casi desecho y lleno de polvo de sal. Sólo había una palabra escrita, como una orden: &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;CREE.&lt;/b&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-¿Quién me lo ha enviado?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Eso ya no lo sé, lo siento. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;Me di cuenta de que había llegado el momento de despedirme de la Sirenita, al menos hasta la próxima vez. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Tengo que irme ya, voy a comer con mi padre. Me ha gustado mucho verte. Sigues tan preciosa como siempre. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-Muchas gracias&lt;/b&gt; –casi pude ver cómo se sonrojaba la sirena-. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Te deseo mucha suerte con tu libro, seguro que quedará muy bien. Sólo que… ¿Podrías hacerme un favor?&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-Claro…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;-¡No incluyas ninguna receta de pescado!&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;-¡Eso está hecho! &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 216.0pt;"&gt;Sonreí a mi amiga y emprendí el camino de regreso a casa, con la botella entre mis manos y el mensaje en su interior, tal y como me la había encontrado. ¿Quién me la habría enviado? ¿Desde dónde? Qué misterio… Mis pensamientos comenzaron a ralentizarse al pasar por una de mis cafeterías favoritas, Sigfred Kaffé, donde me compré un delicioso chocolate caliente para llevar. El oro de los mayas llenó de calor y energía mi cuerpo durante el resto del paseo, y cuando por fin llegué a casa, la Sirenita ya había logrado convencerme. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Estaba dispuesta a creer.&lt;/b&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-7834022117323937063?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/7834022117323937063/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-de-la-sirenita.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/7834022117323937063'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/7834022117323937063'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-de-la-sirenita.html' title='El día de la Sirenita'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-4440761184392185280</id><published>2011-04-19T13:06:00.000+02:00</published><updated>2011-04-19T13:06:05.045+02:00</updated><title type='text'>El día que cumplí la profecía (2ª parte)</title><content type='html'>Intenté pensar en películas en las que aparecieran recetas de cocina. Es lo que siempre hago, desde que firmé el libro con la editorial, cada vez que me siento angustiada por otro motivo. Pero no es un motivo cualquiera estar recorriendo a gatas una especie de túnel frío y terroso dentro de la Casa del Terror del parque de atracciones. Así que, por mucho que repasaba una y otra vez las últimas películas que había visto, los grandes clásicos y muchas de mis favoritas, no pude encontrar una sola imagen a la que agarrarme ni una idea brillante para completar un capítulo más del libro. No se lo recomiendo a nadie, de verdad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Empecé a gatear más rápido, ya en ciernes de que me diera un ataque de claustrofobia, y por fin, vislumbré algo de claridad. La portezuela de salida era más grande que la del espejo de entrada. Aparecí en otra sala, más acogedora, con pinta de habitación convencional. Una cama, estanterías, mesillas de noche, un reloj… Un &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;bulto sobresalía bajo el edredón de la cama&lt;/b&gt;. Ya, y ahora viene cuando me asusta la niña del exorcista, pensé, ya con la experiencia de otras casas de este tipo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Me planté ante la cama, esperando el susto. Pero no pasó nada, así que me acerqué poco a poco, y vi que el bulto respiraba tranquila y acompasadamente. Lo toqué y el bulto se incorporó de un salto impulsado por un auténtico escalofrío. Salté hacia atrás yo también del susto. Y a esa distancia prudencial, comenzamos a mirarnos con curiosidad. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;El bulto resultó ser un chico de veintitantos, uno de los actores de la Casa del Terror, que iba vestido con un mono negro de hebillas que me recordó a Eduardo Manostijeras.&lt;/b&gt; Tenía la cara muy pálida, mejillas moradas y labios muy rojos de los que colgaba un hilillo burdeos. Se dio cuenta de que mis ojos escrutaban su boca, tratando de adivinar si sería maquillaje o habría tenido pelea con alguien, porque el chico parecía dolido. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Es sirope de cereza”,&lt;/b&gt; dijo tras leerme el pensamiento. Su lengua se deslizó hasta el hilillo y lo lamió en un gesto que consiguió tranquilizarme. Le sonreí y me acerqué de nuevo a la cama. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Me senté junto a él y entonces me adentré en silencio en sus ojos. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;No sé lo que le habría pasado a este chico, pero nunca antes había visto unos ojos con tanta tristeza. Los ojos más tristes del mundo.&lt;/b&gt; Estaban enrojecidos pero no había rastro de humedad en ellos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“¿Estás bien?”.&lt;/b&gt; Asintió, como si le pareciera natural que yo estuviera allí preguntándole si estaba bien. Me contó que él era el carcelero sádico de la Sala de Torturas, pero que a veces, cuando no podía soportarlo más, se escabullía un ratito a la Sala de la Niña del Exorcista, que se encontraba cerrada temporalmente porque la actriz que hacía de la niña acababa de pedir una baja por depresión. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-¿Qué te pasa en los ojos? -le pregunté. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-Tengo el corazón hecho puré -me susurró-. Pero no puedo llorar, no lo consigo. ¿Estás aquí para ayudarme? &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-Creo que sí. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Me acerqué un poco más, su ojo en mi ojo. Le miré fijamente hasta colarme por la rugosidad de sus iris tierra. Le acaricié las pestañas, muy tupidas para ser un chico, y noté cosquillas en los dedos. Cerró los ojos y le besé los párpados, como un hada, apenas rozándole. Cuando volvió a abrir los ojos, me encontró sonriéndole, porque ya sabía lo que tenía que hacer. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Saqué de mi bolsillo la bolsita de terciopelo y cogí el diamante. Seguía pareciendo una piedra mal pulida&lt;/b&gt;. Lo llevé a mis labios, y de ahí, apoyado sobre la yema de mi dedo índice, se lo acerqué a la cara, a la altura de sus ojos. Él miraba intentando descifrar el siguiente paso, dejándose hacer, sereno y confiado. Entonces, pasó. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;En el instante en que el diamante rozó la piel del extremo interno de su ojo, refulgió en un mágico destello y se transformó en lágrima. &lt;/b&gt;La lágrima plateada empezó a rodar despacio mejilla abajo, y pareció crear un surco que atravesarían muchas más, porque cuando ya le llegaba a la barbilla, reparé en que otras lágrimas brotaban de sus ojos y se deslizaban con la facilidad de la mantequilla. Sin dejar de llorar, el chico empezó a reír, aliviado, en un estruendo maravilloso que me llenó de ternura y de ganas de besarle de nuevo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-¡Por fin! ¡Es fantástico! –me abrazó- Me llamo Asier. ¿Tú quién eres?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-Cloe. Cloe Andersen. Tengo que irme -no podía desprenderme de su mano cálida.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-¡Espera! ¡Aún no sé cómo darte las gracias!&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Pero yo ya había conseguido alcanzar la otra puerta, y corría pasillo arriba. Había cumplido mi profecía, el agua había vuelto a fluir, y con ella, supuestamente mi destino. Me zafé de un par de zombis y empecé a llamar a Mikel a gritos. Alguien me agarró con fuerza en el siguiente giro, y tras propinarle un buen pisotón, descubrí por fin a mi amigo.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-¿Pero dónde te has metido?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;-¡Vámonos ya de aquí! –le espeté. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Salimos como poseídos por el diablo, y necesité tirarme varias veces por la montaña rusa para que en mi cuerpo todo se recolocara. En esos momentos, me preguntaba si Asier tendría algo que ver con el destino al que aludía mi profecía, pero si era así, volveríamos a encontrarnos. &lt;strong&gt;Después de todo, él tenía que seguir su propio proceso y yo sólo le había ayudado a derribar la primera presa.&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-4440761184392185280?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/4440761184392185280/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-que-cumpli-la-profecia-2-parte.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4440761184392185280'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4440761184392185280'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-que-cumpli-la-profecia-2-parte.html' title='El día que cumplí la profecía (2ª parte)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-4220818374207433989</id><published>2011-04-16T19:55:00.000+02:00</published><updated>2011-04-16T19:55:25.058+02:00</updated><title type='text'>El día que cumplí la profecía (1ª parte)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;“El inerte que saltó sobre ti no te corresponde más tiempo… El momento llegará en la luna de la mediatriz del mes de las aguas. Busca la casa de los aullidos de horror, vence al tenebroso y encuentra la serpiente. Ella te mostrará el camino hasta el ojo más triste del mundo, donde los ríos no pueden fluir. Devuelve el inerte a su cauce y espera hasta verlo brillar de nuevo. No encontrarás tu destino hasta que el agua vuelva a fluir…”&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&amp;nbsp;Era la primera profecía que me hacían en toda mi vida. Bueno, supongo que tampoco debe de ser tan normal que te hagan profecías así, como si tal cosa, mientras compras unos tomates, por eso enseguida comprendí la importancia de todo este asunto. ¡Mi destino dependía de ello! Y no lo encontraría &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“hasta que el agua vuelva a fluir”&lt;/b&gt;. Ya se sabe que las profecías son así, jeroglíficas y misteriosas, si no, carecerían de encanto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Una vez transcrita, me puse manos a la obra con ella, y casi me costó todo un día de dar vueltas y vueltas a cada palabra, para decidir, al final, que tendría que ir desentrañando el misterio poco a poco, como hacen los detectives. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Arrancar fue lo más complicado, lo del &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“inerte”.&lt;/b&gt; Sí, parece sencillo, un inerte es un cuerpo no vivo, pero lo de que había saltado sobre mí… Ahí estaba la clave, era algo de lo que debía desprenderme, algo que yo tenía y que no me correspondía más… Algo no vivo, un objeto que prácticamente se me había plantado delante, como dice la profecía… Hasta varias horas después no caí en la cuenta ¿cómo lo había pasado por alto? Abrí el cajón de mi mesilla, saqué una pequeña bolsa de terciopelo azul y la vacié sobre mi mano. Ahí estaba. Diminuto, duro, desafiante. Había perdido algo de brillo, eso sí, pero seguía siendo el rey de los minerales. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;¡El diamante que cayó de una estantería del museo invisible* y que decidí llevarme sin ser vista!&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Estaba claro que tenía que devolverlo a algún sitio y en una fecha concreta, &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“la luna de la mediatriz del mes de las aguas”&lt;/b&gt;, para ser exactos. Vale, esto era fácil, tenía que ser una noche de mediados de abril. Obvio. Es decir, ya mismo, estábamos a día 14. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Agobio. ¿A dónde debía dirigirme con la piedra? &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“La casa de los aullidos del horror” &lt;/b&gt;era algo, cuando menos, poco definido, y daba lugar a múltiples alternativas. Podía tratarse de un manicomio, por ejemplo. O de la peluquería de Tremenda, una drag queen del barrio muy atrevida en los cortes y tintes… y con poca aceptación entre la clientela en el momento final frente al espejo. También podía ser el piso de los del 2º C, que se traían terribles broncas en las que a veces llegaba a intervenir la policía… Barajaba estas posibilidades y otras diez más igual de válidas mientras revisaba la pila de folletos publicitarios que habían ido acumulándose en mi buzón cuando, de pronto, un interruptor se encendió en mi cabeza y la solución se me presentó cristalina. El parque de atracciones. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;En la casa de los aullidos del horror&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Llamé a mi amigo Mikel, un loco de las atracciones, al que además le convenía mucho soltar adrenalina y liberar estrés tras su examen del MIR. Se mofó de la historia de mi profecía, pero terminó considerándola brillante como excusa para tirarnos por la montaña rusa esa tarde.Guardé el diamante en su bolsa, y ésta en mi pantalón, y un par de autobuses y dos horas después ya estábamos dentro del parque, y en diez minutos nos habíamos plantado en la cola –asolada- de la Casa del Terror. Aún estaba atardeciendo, pero supuse que dentro de esa casa no apta para flojos del corazón siempre debía de ser de noche. Acerté. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Mientras ascendíamos por los peldaños de madera roñosa de la casa, pensé en el paso siguiente. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Ahora me quedaba vencer al tenebroso y encontrar a la serpiente.&lt;/b&gt; Eso, de primeras. Mikel llamó a la puerta cerrada frente a nosotros, y con el sonido de los golpes, me empecé a poner nerviosa. De pronto, eso se abrió solo, y pasamos a un recibidor angosto y claustrofóbico, cuajado de telarañas y espejos empolvados. A Mikel le brillaban los ojos. No había pasado un minuto cuando nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Un Cuasimodo de ojeras como el carbón y dientes verde pino nos soltó un buen rollo de bienvenida, que incluía instrucciones de comportamiento, bla bla bla. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Una portezuela como caída del cielo se abrió con un desagradable chirrido y Cuasimodo nos señaló que ahí comenzaba el recorrido.&lt;/b&gt; Vale, ya rápido, había que encontrar al tenebroso. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Otras tres personas venían detrás de nosotros por ese pasillo estrecho, totalmente oscuro y lleno de cuadros viejos, candelabros y ventanas. Por una de ellas, vimos pasar como un relámpago a un hombre vestido de leñador, hacha incluida, y entonces los de atrás gritaron y empezamos a correr hasta el siguiente giro del pasillo. No parecía haber moros en la costa, así que paré para tomar aire y noté la mano de Mikel sobre mi hombro. Cuando me giré, se me heló la sonrisa en la cara. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;A no ser que Mikel ahora tuviese navajas en lugar de dedos, ése no era Mikel. &lt;/b&gt;Estaba paralizada, y Freddy Kruger dio un paso más hacia mí. Mi gran trauma infantil. En ese momento, noté cómo saltaba un resorte en mi corazón, empecé a chillar como una loca y a correr hacia delante con los ojos cerrados y sacudiéndome todo el cuerpo, como si me estuviesen devorando las cucarachas. Al abrir los ojos, todo seguía muy oscuro, pero ni rastro de Mikel ni de los demás. Tampoco de Freddy, no me podía quejar. Pero ya comenzaba a sentir miedo de verdad, deseaba salir de allí de una vez. Incluso todo el tema de la profecía me empezó a parecer disparatado. A punto de desandar lo andado en busca de mi amigo, sale del pasillo una figura encapuchada con túnica negra y guadaña. Claro, era él: el tenebroso. Y tenía que vencerle. ¿Vencerle?&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Venciendo al tenebroso&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Aunque me moría de miedo, fui directa hacia la figura, que enseguida se puso en alerta y me cortó el paso. Traté de escabullirme por debajo de su brazo, pero el tenebroso fue más rápido que yo, me agarró del cuello y me apretó contra la pared, amenazante. Estaba claro, además, que no se puede vencer a nadie huyendo, un detalle en el que reparé algo tarde. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;La única forma de vencer al tenebroso debía ser dejándole en bragas, es decir, desarmado&lt;/b&gt;. Así que, mientras reverberaba desde las profundidades de su capucha una carcajada maléfica, giré rápidamente mi cabeza, le mordí con todas mis fuerzas la mano que me apretaba el cuello y ante su sorpresa, le arrebaté la guadaña, le pegué una patada entre las piernas y me lié a correr otra vez, tratando de ignorar los aullidos del tenebroso desde mi espalda. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Tensa como estaba la cosa, decidí meterme por otra puerta para perderle de vista definitivamente. Me encontré en una pequeña salita que imitaba un patio gótico, con un pozo oxidado en el centro. Qué tétrico todo. Recobré el aliento y tiré la guadaña por el pozo, que resultó tener un par de metros de profundidad. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Y ahora qué. Me di un par de vueltas por esa sala, y no había muchas alternativas de salida. La misma puerta por la que yo había entrado. Pero entonces, mirando al pozo desde un ángulo distinto, ¡me di cuenta de que la broca se retorcía en sus extremos formando una figura de serpiente! La cabeza del reptil, que se distinguía bien porque tenía la bocaza bien abierta y le salía un alambre que hacía de lengua bífida, miraba hacia la izquierda. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;“Ella te mostrará el camino hasta el ojo más triste del mundo…”,&lt;/b&gt; seguía la profecía… Así que, me puse exactamente al lado de la serpiente, intentando ver lo que ella estaba mirando. Justo frente a la altura de sus ojos, la sala acababa en una pared de la que colgaba un enorme espejo de marco barroco. Me acerqué hasta él, casi esperando que me hablase o algo. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Me acordé de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;A través del espejo&lt;/i&gt;, y de cómo Alicia acerca su mano y la superficie fría del cristal se ablanda y engulle su cuerpo hasta transportarla a esa otra dimensión&lt;/b&gt;. Acaricié el cristal y no pasó nada... hasta que mis dedos tropezaron con un corte. Un pequeño fragmento a punto de saltar. Será por manía, pero empecé a hacer palanca para arrancar el trozo, y de la fuerza, el espejo se me vino encima para luego estrellarse contra el suelo. ¡Cling cling clang! Genial, siete años de mala suerte. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Dentro del pasadizo&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Cuando levanté de nuevo la mirada… ¡&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;voilà &lt;/i&gt;! ¡El espejo escondía otra portezuela elevada sobre el suelo que daba a un pasadizo! Para que luego critiquen a los torpes… El pasadizo, siendo sinceros, tenía mala pinta. Estaba más oscuro aún, tenía una altura de no más de un metro, corría aire frío por dentro, y parecía buena morada de bichos. Pero la serpiente había hablado, y era ése el camino que debía dirigirme hacia “el ojo más triste del mundo”. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Comprobé que el diamante seguía alojado en el fondo del bolsillo de mi pantalón, respiré hondo y, de un salto, me deslicé hacia las tripas de esa casa que estaba empezando a odiar profundamente… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;(Continuará…)&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;* Ver &lt;em&gt;El día del museo invisible&lt;/em&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-4220818374207433989?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/4220818374207433989/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-que-cumpli-la-profecia-1-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4220818374207433989'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4220818374207433989'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-que-cumpli-la-profecia-1-parte.html' title='El día que cumplí la profecía (1ª parte)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-7911294798997185753</id><published>2011-04-13T13:56:00.000+02:00</published><updated>2011-04-13T13:56:49.083+02:00</updated><title type='text'>El día de la profecía</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Creo que no es la primera vez que hablo de Poli el Lechugas. Es el frutero del barrio, con un pequeño local a pocos metros bajo la ventana de mi habitación; un hombre moreno, bajito, algo achaparrado y con un diente de oro. Siempre atiende con un delantal de flores de lo más hortera y una sonrisa de oreja a oreja que, personalmente, tiendo a interpretar como burla ambigua. Porque &lt;strong&gt;Poli el Lechugas no es un tipo cualquiera, es muy listo. Bueno, más que listo, tiene un don. No lo puedes ver todos los días, pero sí que de vez en cuando puede con él, le supera, como si le desbordase el cuerpo y sale de repente&lt;/strong&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Yo lo he presenciado dos veces. Nunca dirigido a mí, claro. Te das cuenta porque el cuerpo se le queda rígido, ya esté sujetando siete kilos de patatas que rebanando una calabaza gigante; los ojos se le van, mira a un punto perdido, como quien ve la luz al final del túnel –no vale la pena seguir su mirada, sueles toparte con cajas apiladas de judías o redecillas de naranjas colgando del techo-. La mandíbula le cae, con la boca entreabierta, dejando ver el destello del diente de oro. Y entonces, habla. Le desaparece el acento gaditano, sus eses silban y las zetas atrapan la lengua entre los dientes; las palabras forman misteriosas frases, y crípticas, van rodando hacia fuera… De pronto, cuando aún estás tratando de comprender lo que sucede, Poli reenfoca la imagen con sus pupilas, menea la cabeza, convierte su boca en la clásica sonrisa burlona y dice algo así como: “Me ha dissssho cuarto de sssshampiñone, ¿verdá?”.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;strong&gt;Y eso significa que la profecía está echada. &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Por lo demás, Poli el Lechugas es muy normal, pero nunca pierdo la ocasión de ir a su local a comprar las frutas y verduras, porque nunca se sabe lo que puede pasar… Así fue cómo me llegó el día de mi propia profecía. No cabía duda, ya que era yo la única que estaba en la tienda en ese momento. Poli se afanaba en escogerme los tomates más rojos, cuando la vista se me fue a uno de ellos que caía rodando por el suelo, hasta salir por la puerta alegremente. Perdí de vista al tomate escapista y me volví hacia Poli. El hombre estaba como estatua de hielo encorvado sobre la caja de los tomates, con una mano agarrotada que probablemente había dejado escapar al huido. Se incorporó muy lentamente, entornó los ojos mirando hacia el más allá, dejó caer la mandíbula y dijo, con una dicción perfecta y un tempo infinito: &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;“&lt;em&gt;&lt;strong&gt;El inerte que saltó sobre ti no te corresponde más tiempo… El momento llegará en la luna de la mediatriz del mes de las aguas... Busca la casa de los aullidos de horror, vence al tenebroso y encuentra la serpiente... Ella te mostrará el camino hasta el ojo más triste del mundo, donde los ríos no pueden fluir... Devuelve el inerte a su cauce y espera hasta verlo brillar de nuevo... No encontrarás tu destino hasta que el agua vuelva a fluir…”&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; tab-stops: 342.0pt;"&gt;Antes de que Poli volviera en sí, yo ya le había dejado el dinero sobre la báscula, había cogido los tomates y había subido corriendo a casa, donde me apresuré a apuntar cada una de sus palabras grabadas a fuego en mi cabeza… &lt;strong&gt;Mi profecía estaba echada&lt;/strong&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-7911294798997185753?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/7911294798997185753/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-de-la-profecia.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/7911294798997185753'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/7911294798997185753'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-de-la-profecia.html' title='El día de la profecía'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-3044854109338452138</id><published>2011-04-07T10:28:00.000+02:00</published><updated>2011-04-07T10:28:54.517+02:00</updated><title type='text'>El día de las tartas</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;¿Es posible elaborar tartas que cuenten historias? Según Jenna, la protagonista de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;La camarera&lt;/i&gt; (2007), sí. El &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;pastel Bebé Malo&lt;/b&gt;, el &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;pastel No-quiero-tener-al-bebé-de-Earl&lt;/b&gt; o la &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;tarta Enamorarse&lt;/b&gt; son algunas de sus exquisitas creaciones. Cada postre relata una historia llena de emociones, que se transmiten desde las manos que manipulan los ingredientes hasta las papilas gustativas de quienes disfrutan el resultado final. La idea me pareció estupenda, podía ayudarme a resolver la sección dulce del libro de cocina que estoy escribiendo, así que me lié a experimentar. Realmente, para el libro me bastaba con reproducir las tartas de la película, pero decidí darle una vuelta de tuerca más para intentar obtener mi propia cosecha de tartas con historia. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Decidí llamar a mis amigos para que me ayudaran en el proceso. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Cada uno traería una historia, una preocupación, alegría o anécdota de esta semana, y trataríamos entre todos de hacerlo comestible.&lt;/b&gt; Para esa tarde hice acopio de chocolates distintos, cacao, galletas, mermeladas de todo tipo, vainilla, canela, harina, huevos, leche, fresas, cerezas, plátanos, azúcar, frutos secos, quesos, jamón y no sé cuántas cosas más. Un espectacular festival dio la bienvenida a mis cinco mejores amigos sobre la gran mesa de madera que preside mi cocina. Preparé café-bombón para todos, y poco a poco, fuimos poniendo en común todas esas vivencias de la semana. La masa básica para los pasteles ya estaba preparada y los recipientes forrados con ella. Sólo hacía falta empezar a transformar las palabras, risas, lágrimas, inquietudes y gestos en ingredientes que dieran lugar a una mezcla digna de ser horneada y saboreada. Y esto fue lo que pasó… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;1. Pastel NO-PUEDO-DEJAR-DE-HACER-EL-AMOR&lt;/b&gt;. Coco está completamente enamorada, al cien por cien, viviendo ese estado de psicosis de los primeros meses con alguien. Resulta que ese alguien es el Spiderman al que conocimos en nuestra mítica noche de carnaval en aquel pueblo con nombre de hortaliza&lt;strong&gt;*&lt;/strong&gt;, por cierto. El caso es que, con los mofletes sonrosados y sin dejar de picotear almendras y perlitas de chocolate –un clásico &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;after sex&lt;/i&gt;-, Coco contaba lo feliz que era y lo intensamente que estaba disfrutando del sexo, el mejor de toda su vida, hasta el punto de que no podía pensar más que en hacer el amor con Spiderman. A todas horas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Mezclamos una ingente cantidad de fresas trituradas con mermelada de fruta de la pasión, canela, clavo y un chorrito de cava. Flambeamos. Rellenamos la masa y decoramos con virutas de chocolate con leche. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;2. Pastel ME-CASO-CON-ZAPATOS-NUEVOS. &lt;/b&gt;Lelaina va a casarse dentro de un par de meses. Todo está ya listo para el gran día, pero aún no había encontrado los zapatos para su vestido de novia. Su problema es que no sabe andar con tacón, y la horrible dictadura de la moda de los últimos años se lo ha estado poniendo difícil… hasta que esta semana, por fin, encontró en una pequeña tienda escondida en una calle olvidada de un barrio invisible de la ciudad esos zapatos perfectos que necesitaba. Tacón bajito y ancho, color beige nacarado, con un pespunte ribeteado en tono bronce, precio inferior a cien euros. Ahí estaban, hasta los había traído para enseñárnoslos, y no cabía de la emoción tras haberse incluso planteado la posibilidad de que le prestaran unos zapatos para su propia boda. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Derretimos el chocolate blanco, añadimos leche condensada y espolvoreamos canela. Vertemos sobre la masa y pintamos líneas con caramelo recién fundido. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;3. Pastel QUIERO-MATAR-A-MI-JEFE.&lt;/b&gt; &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Clásica historia laboral que hemos vivido todos en algún momento, incluso cada día, pero que actualmente estaba consumiendo a mi amigo Kit, harto de ser siempre el foco de todas las broncas y malas caras de su jefe pese a su paciencia y buen humor. Esta misma semana, sin ir más lejos, el señor Intocable le había dado la vuelta completamente al proyecto de diseño en el que trabajaba desde hacía meses y que acababa de terminar. Vamos, que tenía que empezar desde el principio. Su paciencia también tiene límites, claro. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Fundimos el queso azul con leche, añadimos huevo, y vino blanco. En una sartén, tostamos las nueces y las rociamos generosamente con brandy. Flambeamos y añadimos a la mezcla antes de verter sobre el recipiente e introducir en el horno. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;4. Pastel DESPUÉS-DEL-EXAMEN. &lt;/b&gt;Todo es incertidumbre y angustia estos días en la vida de Mikel, tras haber realizado el MIR, el examen de los médicos. Apenas le habíamos visto el pelo en el último año, mientras lo preparaba, y una vez pasado, resulta que está casi peor que antes esperando ese resultado que decidirá prácticamente toda su carrera. No duerme bien, y nos dijo que los momentos de relativa calma se van solapando con los de ansiedad e inquietud a modo de montaña rusa. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Partimos grandes trozos de chocolate amargo, alternamos con otros de chocolate blanco, añadimos arándanos y cubrimos de toffee. Al horno.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;5. Pastel QUÉ-HAGO-CON-MI-VIDA.&lt;/b&gt; ¡Otro clásico de nuestra generación! La multitud de opciones que tenemos a veces nos suponen un problema, en lugar del auténtico valor de nuestro tiempo, y no es raro terminar liado y paralizado, porque nos negamos a elegir. En éstas tenemos a Lilo, que debe decidir entre continuar con un trabajo que le resta tiempo para pintar, dejar la pintura definitivamente o coger la mochila para recorrer mundo, inspirarse y prorrogar esa elección. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Pelamos distintas frutas y las partimos en trozos pequeños: fresas, plátano, kiwi, mango, manzana y pera. Preparamos una crema de vainilla, empapamos en ella la fruta y vertemos sobre la base del pastel. Machacamos las galletas hasta convertirlas en migajas y cubrimos el relleno formando una costra que se endurecerá al hornear. Decorar con perlitas de chocolate blanco y negro. &lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me escaqueé de contar mi historia, pero cuando mis amigos se fueron, más contentos que unas castañuelas tras saborear tantas cosas ricas y con sus tartas bajo el brazo, me puse con mi propio pastel. &lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;Derretí enormes trozos de chocolate amargo, le añadí moras y frambuesas previamente chafadas y unos pétalos de rosa. Reduje a polvo algunos granos de pimienta negra y rosa y lo espolvoreé sobre la mezcla. &lt;/b&gt;Cuando terminó de cocerse y pude probarla, el resultado estuvo a la altura. Sí, definitivamente así es como debería sentirse bajo el paladar el retorno de algo perdido y anhelado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;*&lt;/strong&gt; Ver &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El día del baile de máscaras&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-3044854109338452138?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/3044854109338452138/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-de-las-tartas.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3044854109338452138'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3044854109338452138'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-de-las-tartas.html' title='El día de las tartas'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-4404098798482458336</id><published>2011-04-05T09:45:00.000+02:00</published><updated>2011-04-05T09:45:33.618+02:00</updated><title type='text'>El día del hombre muerto en el coche</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En las ciudades grandes nos da por tener miedo a muchas cosas. Sobre todo, a la gente. Estamos continuamente rodeados de rostros desconocidos, con vidas y pensamientos difusos o crípticos, imposibles de abarcar. Se nos olvida que detrás de cada uno de ellos hay siempre una historia que contar. Y el rostro al que eliminamos la historia, al que ni siquiera damos opción a contarla, ese rostro es el que más miedo nos provoca. &lt;strong&gt;Anoche, cuando me metí en la cama, no sospechaba que aún quedaba día por delante, y que en unos cuantos minutos estaría frente a una de estas semblanzas desconocidas a las que nos negamos a conceder una historia&lt;/strong&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Andaba entre almohadones escribiendo aquello que había convertido ese día en especial, y empecé a escuchar una estridente música latina a todo volumen. Como si fluyese de las propias paredes de mi habitación. Ya pasaban las dos de la madrugada, pero antes de cabrearme de verdad, preferí pensar que se trataba de un coche que había parado un momento para esperar a alguien. Un minuto, dos, tres, cinco… Mi desvencijada ventana de marco de madera había entrado ya en un peligroso tiritar, y la música continuaba un ascenso imparable de instrumentos, golpes electrónicos y remixes baratos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Aposté por la filosofía zen, cogí una novela e intenté cerrar mi mente a los sucesos externos, concentrándome en el devenir de los personajes entre las líneas del papel. Hasta la quinta vez que tuve que empezar la misma frase no quise admitir que eso no estaba funcionando. Eso, y los gritos de una de las vecinas de la calle, que amenazaba al causante de ese infierno sonoro con la peor de las torturas si no cesaba la música. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Levanté la persiana y me asomé a la ventana para descubrir la escena en todo su esplendor. En los edificios de enfrente, algunos vecinos estaban asomados también, cacareando y protestando como perros rabiosos. Miraban hacia el edificio opuesto, es decir, ¡el mío! No había ningún bar abierto a esas horas, y no parecía que la música procediese de ninguna fiesta. &lt;strong&gt;Y justo bajo mi ventana, la fuente de todo ese barullo. Un coche rojo, con las ventanillas subidas, y con un hombre en su interior&lt;/strong&gt;. Sí, no había duda, el sonido salía de allí. &lt;strong&gt;El problema era que el hombre no se movía. Estaba inhumanamente quieto&lt;/strong&gt;. Le veía los brazos, reposando sobre sus piernas, con la cabeza gacha, sentado en el asiento del conductor. No aparté la mirada de él en los siguientes diez minutos, y nada, ni una ligera oscilación. El hombre estaba muerto, o en coma, porque era imposible que durmiera con ese volumen dentro del vehículo. Empecé a notar un escalofrío recorriendo mi espalda, cuando de repente escuché un “chof”. Un huevo se había estrellado contra el parabrisas del coche rojo, y al girarme para buscar su procedencia, &lt;strong&gt;encontré a mi compañera de piso, desde su ventana, agarrando con rabia la huevera y con los ojos brillando al rojo vivo&lt;/strong&gt;. Tal impacto me causó, que empecé a rebuscar esa camiseta que me había dejado días atrás y que aún no le había devuelto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;“¡Hay un hombre muerto en el coche!”,&lt;/strong&gt; aulló una mujer gorda con los rulos puestos desde el edificio de enfrente. &lt;strong&gt;“¡Hay que llamar a la policía!”,&lt;/strong&gt; respondía un señor en camiseta blanca de tirantes. A los dos minutos, una chica en camisón avisaba de que la patrulla venía hacia acá. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Yo seguía como paralizada, sin dejar de mirar el cuerpo de brazos bronceados que debía no tener tímpanos a estas alturas. No podía apartarme de la ventana. Entonces, un coche de policía pasó de largo. Con las ventanillas subidas, no escucharon la música ni mucho menos vieron a los vecinos en sus ventanas, claro. Algunos empezaron a gritar para alertar a los policías, sin éxito, y los demás nos quedamos con la boca abierta. Esta vez fue mi compañera la que llamó de nuevo a los municipales para dar indicaciones más precisas sobre la situación del coche y hacer regresar a la patrulla. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La siguiente vez que pasó, el coche de luces azules volvió a protagonizar una escena absurda, como de tebeo malo. La gente, apostada en balcones y ventanas, cada vez más numerosa, parecía hacer el paseíllo para los agentes de la ley, que tenían pinta de estar más dormidos que despiertos, porque de nuevo se alejaron de allí para desaparecer al final de la calle. Casi pude imaginar un destello amarillo limón brotando de la piel de uno de los policías, que bien podría haber sido &lt;strong&gt;la encarnación del comisario Wiggum&lt;/strong&gt;, de los Simpsons. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Algo se mueve&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Y entonces algo me devolvió a la escena real. Una mano moviéndose. ¡El hombre no estaba muerto! Se rascó la cabeza y volvió a dejarla en reposo sobre sus piernas. La estupidez policial dejaba pocas alternativas. Al pensar en bajar, me entró el miedo. Ese rostro desconocido podía meterme en un problema, podía atacarme, hacerme daño o a saber qué cosas. &lt;strong&gt;La insoportable música hizo que pesara más la ingenuidad y fue el revulsivo para que me decidiera a conceder a ese hombre su propia historia&lt;/strong&gt;. Quizá había tenido una noche horrible, quizá había peleado con su mujer, quizá ésta le había echado de casa, quizá su suegra había venido de visita y no soportaba dormir bajo el mismo techo que ella… Así que antes de pensármelo dos veces, ya me había puesto las zapatillas y estaba abajo, frente a su ventanilla. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El rostro desconocido tenía rasgos latinos, pelo corto y negro, mofletes mullidos y un tatuaje en la base del cuello que ponía “mamá” en el centro de una rosa. Toqué con los nudillos en el cristal repetidas veces, hasta que el hombre levantó la cabeza y abrió los ojos, que me miraron con sorpresa e incertidumbre. Cuando desenrolló la ventanilla, el estruendo me abofeteó en la cara y con señas y gritos, le pedí que bajara la música, a lo que el hombre respondió con torpes movimientos en busca de los mandos del reproductor. Tuve que entrar finalmente a ayudarle ante su ineficacia, y ya en silencio, y desde el asiento del copiloto, &lt;strong&gt;me enteré de que se llamaba Ramón&lt;/strong&gt;. El hombre había volado desde Quito, y alquiló el coche en el mismo aeropuerto para llegar hasta el sur, para lo que llevaba conduciendo gran parte del día y de la noche. No tenía dinero para pagar un sitio donde dormir, y por eso decidió parar y descansar en el coche. Estaba tan derrotado, que olvidó quitar la música a todo volumen que llevaba puesta para evitar un despiste en la carretera. &lt;strong&gt;Y para sentirse más cerca de casa, me dijo&lt;/strong&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Subí a casa con la promesa de prepararle un café y algo de comer, y en el momento en que salía del coche, Poli el Lechugas, frutero del barrio y también vecino chismoso, bajaba envuelto en una bata de topos violetas para ver si podía echar un cable. Le conté lo que pasaba, y ofreció el pequeño local que tenía pegado a su comercio, donde guardaba algunas cajas, para que Ramón pudiera echarse a dormir unas horas, hasta que abriera la frutería. Tenía una pequeña colchoneta que serviría de cama. Así que nos pusimos manos a la obra, Poli el Lechugas convenció a Ramón para salir del coche y dormir en su local, mientras yo bajaba de nuevo con una manta, restos de cena y un descafeinado calentito. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Esa noche, Ramón pudo descansar antes de continuar su largo viaje, y todos los vecinos conseguimos dormir. Sólo había sido necesario poner cara e historia a un desconocido. Qué fácil, ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-4404098798482458336?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/4404098798482458336/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-del-hombre-muerto-en-el-coche.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4404098798482458336'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/4404098798482458336'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/04/el-dia-del-hombre-muerto-en-el-coche.html' title='El día del hombre muerto en el coche'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-2417211583586608293</id><published>2011-03-31T14:59:00.000+02:00</published><updated>2011-03-31T14:59:34.337+02:00</updated><title type='text'>El día del revés</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No hay mayor sobresalto que despertarse en el suelo, tras un tremendo batacazo. A veces sucede mientras dormimos, en medio de una lucha onírica; de pronto nos damos la vuelta y ¡zas! De la cama al suelo. Pero ayer no me pasó exactamente así… &lt;strong&gt;Me desperté, y aún con los ojos pegados, saqué un pie de la cama, luego el otro y… ¡zas! Batacazo. Caída de dos metros de la cama al… techo. &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Al principio no me di cuenta. Creía que seguía soñando. Sólo me sentía incómoda y dolorida por la caída, y mis ojos habían conseguido una ranura de visibilidad en la oscura habitación. &lt;strong&gt;La cosa empezó a volverse tensa cuando, al dar los primeros pasos, mis pies se retorcieron al tacto del gotelé y terminaron enredados con la lámpara de brazos medieval que cuelga de mi habitación&lt;/strong&gt;. ¿Que... colgaba? ¿Se había caído la lámpara? Entonces encendí la luz, y entendí, sin dar crédito. Me había puesto enferma; claro, me había puesto enferma, estaba mareada, y veía cosas raras. Bueno, más bien… del revés. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Pues ya está, pensé mientras liberaba mi pie de uno de los brazos torcidos de la lámpara; hoy, despacito y en la mejor línea recta posible. Las puertas no supusieron un gran obstáculo –teniendo en cuenta el primer escalón-, &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;ni tampoco el pasillo. La cocina, en cambio, me trastornó ligeramente. Dando un salto para llegar a la mesa, pude alcanzar la tostadora y el pan, pero tuve que asistir tristemente al espectáculo de las rebanadas saltando continuamente de las resistencias del electrodoméstico. Abrí el frigorífico –al revés, claro- y cogí el cartón de zumo, pero al desenroscar el tapón, el líquido naranja empezó a fluir ¡hacia arriba! Sí, como en una fuente. No me quedó otra que plantar la bocaza sobre el cartón y asimilar todo el zumo que pude en unos segundos. Eso, y el pan tal cual –no tuve cuerpo para atreverme con la mermelada- me pareció suficiente para las circunstancias. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De vuelta al cuarto de baño, la ducha fue especialmente complicada. &lt;strong&gt;Con ayuda de una percha, conseguí alcanzar la manguera de la ducha, y subida a la lámpara, pude abrir la llave del grifo&lt;/strong&gt;. El agua, como ya esperaba esta vez, comenzó a correr hacia el techo –perdón, el suelo- y tuve que situarme sobre ella, haciendo el pino, para conseguir mojarme el cuerpo entero. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Rápidamente aprendí que, cuando tienes un día del revés, el hogar se convierte en un espacio hostil.&lt;/strong&gt; No hay sitio para sentarse, ni puedes cocinar, y menos ver la tele si no se quiere terminar con dolor de cabeza; te tropiezas con las lámparas, con las que no estás acostumbrado a toparte a cada paso, y si no vas atenta, terminas de batacazo en batacazo cada vez que necesitas traspasar una puerta. Así que salí de allí tan rápido como pude.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;En la calle... o el cielo&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Subí las escaleras para llegar a la calle. Pero, en lugar de aparecer sobre la acera pisé… el cielo. ¡Eso sí que lo disfruté al principio,&amp;nbsp;los primeros pasos sobre nubes algodonosas y blancas! Bueno, ligeramente grisáceas, para ser honesta. Sin embargo, resultó terrorífico descubrir, sobre mi cabeza, calzadas llenas de coches ruidosos que iban vertiendo sus humos precisamente sobre mí. ¡Qué horror! Era mejor mirar al suelo, desde luego, para evitar la capota de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;escalectric&lt;/i&gt; que se desplegaba en todas las direcciones. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Así, a paso rápido, me dirigí hacia el único lugar donde podría mirar al cielo –perdón, suelo- sin necesitar un valium. Al llegar al parque, me tumbé y dejé que la envoltura gaseosa me arropara. &lt;strong&gt;Entonces, pude mirar sin miedo hacia arriba para descubrir una frondosa alfombra de hierba verde sobre mí, y me quedé un buen rato jugando a eso de adivinar formas en la disposición de las margaritas, las malas hierbas y las copas de los árboles&lt;/strong&gt;. Aquí veía un corazón, allá una bruja en patinete, y más lejos un pájaro dodo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Empachada ya de verde, continué andando sobre las nubes, que iban pasando de las tonalidades piedra a las definitivamente grises,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt; &lt;/span&gt;hasta llegar al negruzco. &lt;strong&gt;Un estruendo y un quiebro de luz bajo mis pies. Glups.&lt;/strong&gt; Eso sí que fue una buena ducha. Las gotas de agua templada reptaban por mi cuerpo, desde los tobillos hasta llegar a la cabeza, y simplemente, extendiendo las manos con las palmas hacia abajo, me acariciaban con un pequeño hormigueo. Después de un rato de euforia y saltos en una nueva interpretación de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Cantando &lt;strong&gt;sobre&lt;/strong&gt; la lluvia&lt;/i&gt;, me quedé helada de frío y decidí que era hora de volver a casa.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En el camino de vuelta, tras alcanzar una farola dando un buen brinco, pude trepar hasta llegar a la acera, y desde allí, asirme a la entrada de una cafetería, donde me hice un buen chichón nada más entrar al chocarme contra el extremo de la estantería que guardaba la selección de cafés. No tuve suficientes agallas para hacer el numerito de equilibrismo que realicé en el desayuno con el zumo con el café caliente, así que, definitivamente malhumorada porque todo me estaba saliendo del revés, volví a salir, trepé de nuevo por la farola y llegué a tierra firme… bueno, al cielo, claro. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Una vez en casa, no había mucho más por hacer. Me agarré al cabecero de la cama, y me arrastré entre las sábanas, entre las que me envolví fuertemente para evitar no caer. El mal humor comenzó a diluirse entre el mullido edredón, cerré los ojos y, con una sonrisa del revés, me sumí en un fantástico sueño en el que las cosas volvían a estar en su sitio. &lt;strong&gt;O quizá simplemente yo estaba patas arriba. Con ellas. &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-2417211583586608293?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/2417211583586608293/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-reves.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2417211583586608293'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2417211583586608293'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-reves.html' title='El día del revés'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-3900888734575186092</id><published>2011-03-29T12:00:00.000+02:00</published><updated>2011-03-29T12:00:09.812+02:00</updated><title type='text'>El día de los espagueti a la boloñesa</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La teoría italiana de la longitud de las pastas y su correspondencia con salsas específicas –extremadamente pretenciosa- siempre me hace pensar en Gianni. Nos conocimos hace unos años, en un campamento de verano en Copenhague al que fui con una de mis mejores amigas, Violeta. Gianni era un italiano algo excéntrico, que cumplía el estereotipo en cosas como la afición a la comida, a la vez que rompía el molde clásico –la moda no era su fuerte, entre otras cosas…-. Tenía un aspecto desaliñado, labios carnosos y tocaba en una banda de rock duro. Una combinación altamente tentadora para un par de locas adolescentes de vacaciones. Violeta y yo terminamos colgadas de Gianni; él la prefirió a ella. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Después de unos meses escribiéndose postales, mi amiga se olvidó de él. &lt;strong&gt;Se puede decir que yo perdí un amor ese verano, pero gané un amigo para toda la vida&lt;/strong&gt;. Mis cartas y las suyas nunca dejaron de cruzarse, luego llegaron los sms a nuestros nuevos y flamantes móviles en la época de la universidad, el email y el año de estudios de Gianni en España. Las cenas siempre terminaban en grandes discusiones sobre la&amp;nbsp;conveniencia o no de utilizar una pasta con una salsa específica. Gianni se desgañitaba explicándome que la salsa matriciana no podía ir con pasta corta… o al revés, nunca lo entendí del todo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Habían pasado cuatro años desde la última vez que nos vimos, y, en mitad de la búsqueda de ideas para completar el libro de recetas, tuve una revelación. &lt;strong&gt;Los espagueti &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;alla bolognesa&lt;/i&gt; del clásico &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El gran dictador&lt;/i&gt;, de Chaplin&lt;/strong&gt;. Y esa era la mejor excusa para marcharme a Bolonia, donde vive Gianni, y aprender in situ la auténtica manera de cocinar el plato. Por supuesto que enviarle un mail para que me escribiese la receta hubiera sido más fácil –y mucho más barato-, pero no tan divertido ni auténtico. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Rumbo a Bolonia&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Volar a Bolonia, gracias a las aerolíneas de bajo coste, fue poco doloroso y muy rápido. Lo cierto es que nunca había estado antes, a pesar de que la familia de Gianni procedía de un pueblo muy cercano a la ciudad. Mi amigo italiano me recogió en el aeropuerto, con una sonrisa de oreja a oreja; en esta ocasión habíamos dejado pasar demasiado tiempo sin vernos… Seguía tan desaliñado como siempre… Me monté en su coche, un viejo pelotilla rojo, y enseguida empezamos a ponernos al día en un idioma en el que se solapaban italiano, español e inglés. El sol brillaba con fuerza, y aprovechamos para ir primero al centro de la ciudad, donde empecé a alucinar con los maravillosos palacetes renacentistas pintados en tonos anaranjados y rojizos, callejuelas llenas de puestos de fruta y verdura, la vetusta universidad de Derecho… Aaah… Italia…. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En fin, Gianni aprovechó para comprar los mejores espagueti para la ocasión. Entramos en una tienda donde elaboran la pasta fresca a diario. En el escaparate, perfectos tortellini color vainilla aseguraban, tarjetón mediante, la manufactura que había tras sus curvas delicadas… Aaaah… Italia… A ver si me centro. Pues eso, compramos varias cosas, las que Gianni consideró básicas para hacer el plato auténtico de estos espagueti y paramos en un local precioso a beber algo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Era increíble estar sentada a su lado, después de sólo un par de horas de vuelo, disfrutando de una cerveza. Dos horas, 60 euros de avión, una excusa facilona pero solvente y… ¡allí estábamos!&lt;/strong&gt; Me costaba entender por qué no había hecho esto antes… Y eso le intentaba explicar a Gianni, después de que nos hubiéramos hecho el consabido resumen de historias amorosas, trabajos-basura más recientes y meteduras de pata varias. Seguía teniendo unos labios preciosos… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De vuelta en el coche, me llevó a casa de sus padres, donde la verdadera &lt;em&gt;mamma&lt;/em&gt; italiana me mostraría cómo cocinar la pasta. ¡Todo sea por la investigación gastronómica! &lt;strong&gt;Giulianna era una mujer extensa en todos los sentidos: gran cuerpo, gran voz, grandiosa energía tipo onda expansiva&lt;/strong&gt;… Se la escuchaba trotar por toda la casa. La conocí cuando vino de visita a España a ver a su hijo, y aún recuerdo el tremendo número que protagonizó a su llegada al aeropuerto para justificar las enormes maletas que llevaba de pasta, café y quesos. La buena de Giulianna terminó regalándole al de seguridad un bote de Nutella para dejar el tema en tablas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;El efecto Barolo&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Giulianna se puso a cortar la ternera, con mucho mimo, pero no nos dejaba tocar nada ni a Gianni ni a mí. Cosas de madres italianas. Muertos de aburrimiento, Gianni me llevó a ver la pequeña bodega de sus padres, que tenían algunos viñedos. &lt;strong&gt;“Ma, che cosa!”,&lt;/strong&gt; gritó de pronto. Me acerqué a contemplar la botella que mi amigo sostenía, como si fuese un recién nacido. &lt;strong&gt;“Abbiamo un Barolo!”.&lt;/strong&gt; Ah. Ante mi falta de reacción, Gianni me explicó que era uno de los mejores vinos italianos, estaba emocionadísimo; me cogió de la mano y me sacó en volandas de la bodega. De vuelta a su casa, dispuso una pequeña mesita de camping en el huerto de la parte trasera, con dos sillas plegables. Dejó la botella sobre la mesa y corrió a por copas y sacacorchos. Giulianna volvió a echarme de la cocina, o quizá esta vez me escaqueé yo solita, a pesar de que el tomate ya empezaba a estar en su punto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De pronto, la postal perfecta: el atardecer, los árboles frutales, el delicioso vino descendiendo por mi garganta, Gianni… Pensé que era eso todo lo que podía desear. Miré a Gianni y le sonreí. &lt;strong&gt;Apuró su enésima copa, me cogió la mano y me atrajo hacia sí para darme un beso perfecto. Un beso de amigos, de asunto pendiente, de adolescentes que experimentan, yo qué sé… Pero fue perfecto. El efecto Barolo. &lt;/strong&gt;Cuando Giulianna salió a buscarnos, ya estábamos lejos de allí. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Al día siguiente salía mi vuelo de vuelta. Sí, me fui sin la receta de los auténticos espagueti &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;alla bolognesa&lt;/i&gt;, pero Gianni prometió enviármela por mail. No importaba realmente, porque… ¡fue el día que besé a Gianni!&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-3900888734575186092?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/3900888734575186092/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-de-los-espagueti-la-bolonesa.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3900888734575186092'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3900888734575186092'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-de-los-espagueti-la-bolonesa.html' title='El día de los espagueti a la boloñesa'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-6817223699945582648</id><published>2011-03-23T13:00:00.000+01:00</published><updated>2011-03-23T13:00:02.964+01:00</updated><title type='text'>El día del desengaño (homenaje a "Life vest under your seat" de Luis García Montero)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Aún no puedo creerme que pueda ser cierto. Dime que no es verdad, por favor, porque eres el único que puede hacerlo. Aunque sólo sea para darle con la puerta en las narices a los que me aseguran que me engañaste. Porque no me engañaste, ¿verdad? Tenía sólo 18 años y sí, vale, era joven y estúpida, pero… esto no me lo pude inventar, porque lo viví, ¡yo estaba allí… y tú también! ¿O es que el &lt;strong&gt;temblor acuático&lt;/strong&gt; de tus ojos justo antes de coger el taxi hacia el JFK fue un truco? ¿Acaso lo inventé? ¿Lo vi porque era lo que quería ver, igual que buscamos desesperadamente señales que nos confirmen una decisión ya tomada anteriormente por nuestro inconsciente? &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Imposible. El peso sobre los pulmones, la respiración alterada, como si faltase el aire, las palabras que se rompen en la base de la garganta… ¿Tampoco eso? ¿Por quién llorabas? ¿No llorabas por mí, por nosotros? Dos cuerpos muertos pero nunca tan vivos frente a tu portal, metidos en la burbuja que nos impedía ser arrastrados por el torrente de ejecutivos y modelos de revista. El diafragma estrangulado, porque nadie quiere decir las últimas palabras. Y siempre llegan. La angustia de pensar la angustia de la última noche. ¿No era verdad? &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Me dijiste que nunca resististe las despedidas&lt;/strong&gt;, la única manera de convencerme de que me quedara allí, en la calle 42, y renunciase a acompañarte al aeropuerto. ¿Era mentira? ¿Realmente no querías verme allí, de pie en la terminal, convertida en lágrima, para no tener problemas de conciencia? ¿Para no recordar que había otra persona que ya cumplía con esa función? No, esto no es posible… porque me hubiera dado cuenta, ¿verdad? Una llamada de teléfono, una fotografía, un error de tu lengua… algo. No pude ser tan ingenua… ¿o sí? &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No puedo imaginarme a otra persona de pie, en la terminal, esperando &lt;strong&gt;tu regreso&lt;/strong&gt;. Dime que no es verdad, por favor. &lt;strong&gt;Te agobiaba el aeropuerto&lt;/strong&gt; porque no soportabas despedirte de mí, ¿verdad? &lt;strong&gt;Al aeropuerto, no&lt;/strong&gt;, decías. El momento en que tus dedos saltaban de mi piel al aire para alejarse durante días… ¿No era eso lo que te tensaba el estómago? ¿No sería culpa, no? Porque mi sangre se congelaba y mi cuerpo entraba en hibernación durante tu ausencia, subsistiendo sólo con lo necesario, dormido y paralizado, acumulando energía para tu regreso, &lt;strong&gt;siempre en el Bar Andalucía&lt;/strong&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Por favor, dime que no me mentiste, porque sólo tenía 18 años y han pasado muchos desde entonces. Dime que no me mentiste, aunque siga esperando junto al teléfono, frente a las torres de espejos de Manhattan, la &lt;strong&gt;llamada prometida&lt;/strong&gt; que nunca realizaste. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-6817223699945582648?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/6817223699945582648/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-desengano-homenaje-life-vest.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6817223699945582648'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/6817223699945582648'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-desengano-homenaje-life-vest.html' title='El día del desengaño (homenaje a &quot;Life vest under your seat&quot; de Luis García Montero)'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5414183773706523884</id><published>2011-03-19T03:04:00.000+01:00</published><updated>2011-03-19T03:04:11.855+01:00</updated><title type='text'>El día del duende irlandés</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;¿Por qué a todo el mundo le caen bien los irlandeses? Es lo que me andaba preguntando al entrar en una taberna irlandesa de mi barrio para celebrar el día nacional del país, el famoso &lt;strong&gt;Saint Patrick´s Day&lt;/strong&gt;. Logré aferrarme a la barra tras unos minutos de lucha libre con el resto de los clientes, que blandían mejillas coloradas, manos pegadas a pintas hasta arriba de cerveza y sombreros altos de Guinness. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;“¡Media pinta de tostada!”, conseguí gritar al camarero. &lt;strong&gt;&lt;span lang="EN-GB" style="mso-ansi-language: EN-GB;"&gt;“Half pint? Where the hell is your irish spirit?”. &lt;/span&gt;El gruñido me sobresaltó desde el flanco izquierdo&lt;/strong&gt;. Siguiendo el sonido, me topé frente a frente con un hombre mayor de barba blanca con gesto torcido. Llevaba gorro verde, como casi todos los borrachos del pub, a conjunto con un traje esmeralda , y apoyaba sus pies cómodamente en el taburete que le sostenía, como si hubiese estado allí toda la vida. “¿Perdone?”, contesté con toda la educación que pude. El anciano hizo un gesto, y me plantaron delante a los pocos segundos una pinta gigante de cerveza negra. Perfecto. “Now you look trully authentic”, fue toda la respuesta que obtuve del hombre.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Frank tenía un acento raro, y no terminó de decirme de qué parte de Irlanda era. Invirtió un buen rato, en cambio, en contarme toda la historia de quién fue San Patricio, de cómo expulsó a las serpientes de la isla y de su muerte en circunstancias no aclaradas históricamente. Entre tanto, por cortesía de la casa rularon varias bandejas de gofres belgas con sirope de arce -¿???-, un chico en condiciones cuestionables me regaló su sombrero como signo de amor eterno, y tuve que sacar fotos a medio local. Pero Frank seguía ahí, erre que erre, con la historia del santo y del espíritu irlandés, insistiendo en la necesidad de que fuésemos a teñir el río de verde, como hacen en Nueva York. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Cuando el contenido de mi vaso había quedado reducido a un último sorbo, me encontré un trébol de cuatro hojas pegado en el culo del mismo&lt;/strong&gt;. “¡Eh, Frank! ¿Cómo has hecho este truco?”. Pero en cuanto me giré en busca de Frank, ya no estaba. En un segundo. Visto y no visto. Sólo atisbé su figura, saliendo por la puerta de la taberna con algo en las manos. Hubiera jurado que era un caldero negro lleno de oro… Di el último mordisco a un recalentado gofre y me bajé con cuidado del taburete para pisar sobre… ¡un arco iris! El pub estaba abarrotado de gente, pero Frank me había dejado un pequeño sendero de luces de colores directo a la salida… Entonces lo entendí todo. “¡Vaya!”, pensé, “nunca antes había compartido barra con un &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;leprechaun&lt;/i&gt;”. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5414183773706523884?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5414183773706523884/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-duende-irlandes.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5414183773706523884'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5414183773706523884'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-duende-irlandes.html' title='El día del duende irlandés'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5243045555728909659</id><published>2011-03-15T01:19:00.001+01:00</published><updated>2011-03-15T09:26:09.346+01:00</updated><title type='text'>El día de la primera merienda con Goma</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;He decidido llamarle Goma. Sí, a mi pequeño gatito de plastilina color cereza. Apareció en el fondo de un tarro de mermelada –uf, ya casi me he acostumbrado a decir esta frase sin sentirme patológicamente trastornada, ¡bien!-. Mide lo que mi dedo meñique, maúlla en un suspiro y silba cuando busca mi atención. La flexibilidad de su cuerpo me permite llevármelo donde quiera, ¡como si fuera un llavero! &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ayer le llevé a probar las mejores tortitas con nata de la ciudad, en una pequeña cafetería con muebles como de casa de abuela. Mesas de madera carcomida, tapetes de bolillos, fotografías en blanco y negro… y Norma, claro, la dueña. A este rincón encantador le pasa un poco lo que al museo invisible… Aunque tiene sus propias reglas. Resulta casi imposible encontrar la calle donde está, es muy pequeña, no tiene nombre, y un paso en falso te puede hacer retroceder diez casillas, como cuando caes en la Oca mala. O más bien, aparecer en otro barrio distinto. Exige fe. Yo siempre que voy, lo hago así: hay que seguir las tres señales. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;La primera señal es una mujer que lee.&lt;/strong&gt; Puede ser una anciana, o una niña; a veces aparece en forma de estatua, o de dibujo en el suelo. Entonces la paso dejándola a mi izquierda. &lt;strong&gt;La segunda señal es una entrada de cine&lt;/strong&gt;. Es la más difícil de ver, por el tamaño, pero siempre acaba apareciendo. Si la película es un drama, hay que torcer a la derecha en el siguiente cruce; si es comedia, a la izquierda. &lt;strong&gt;La tercera y última señal consiste en un espejo&lt;/strong&gt;, o un reflejo de luz desde un retrovisor o el cristal recién lavado de un balcón. Entonces sí que no hay pérdida. Me sitúo frente a la luz, cierro los ojos, pienso en el interior del lugar más acogedor del mundo y levanto la pierna derecha como para dar un paso al vacío. Cuando abro los ojos y la pisada se completa, frente a mí, aparece puntual el café de Norma. El mejor sitio para merendar con Goma por primera vez. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Lo bueno de los gatos de plastilina es que no están catalogados dentro de ninguna especie viva, así que no pueden considerarse animales, por lo que puedes pasar con ellos a todos sitios.&lt;/strong&gt; Elegí el mejor rincón, junto a la librería, y dejé a Goma suavemente sobre el tapete. Estiró sus patitas y empezó a juguetear entre los hilos. La buena de Norma trajo la pila de tortitas en un plato de porcelana con dibujo de rosas inglesas, dos tazas de té y siropes de fresa y caramelo. Goma utilizó la cuchara de trampolín para sumergirse en su taza caliente. La plastilina de su cuerpo era realmente resistente, ¡no se deshizo! &lt;strong&gt;Mi gato de bolsillo color cereza chapoteaba en el baño más dulce y relajante de su vida mientras yo le hacía cosquillas con duchas de azúcar&lt;/strong&gt; y atacaba la merienda. Pero los ojos no se le abrieron con luz propia hasta que no contempló con la exquisita atención de los gatos cómo vertía el sirope de fresa sobre la pila de tortitas. No sé si tiene algo que ver con el color rojo, o con el exceso de azúcar y fruta, pero Goma saltó de la taza directa al chorro meloso. No contenta con revolcarse sobre la merienda, cuando dejé el tarro del sirope sobre la mesa, volvió a saltar para sumergirse en él. Realmente, pensé, éste va a ser el hábitat de los gatos de plastilina. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Sólo pudo probar las migajas que yo dejaba caer dentro de la jarrita de sirope, no quería salir. Tanto duró la cabezonería, que no me quedó más remedio que pedirle el favor a Norma. Y terminé volviendo a casa con la tripa llena y un tarro de sirope de fresa con gato dentro. Eso sí, sin parar de reír. Ambos. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5243045555728909659?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5243045555728909659/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-de-la-primera-merienda-con-goma.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5243045555728909659'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5243045555728909659'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-de-la-primera-merienda-con-goma.html' title='El día de la primera merienda con Goma'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5909975137879232314</id><published>2011-03-11T01:28:00.000+01:00</published><updated>2011-03-11T01:28:03.963+01:00</updated><title type='text'>El día de las cinco fases de soborno</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;¿Cuánto cuesta la reproducción de una canción de Madonna en una fiesta de perfil intelectual un jueves por la noche? Humillación tras humillación, estas son las cinco fases por las que transité para sobornar a un pinchadiscos tirano: &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Fase 1. El movimiento de cortejo&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Tímido, respetuoso, lento, ingenuo y casi infantil. Es el primer acercamiento al trono del tirano de los discos que te haya tocado en gracia sufrir una noche cualquiera en una sala de baile. “Ser amable es ser invencible”, dice un proverbio chino. Pero claro, cuando el chico con cascos me mira de arriba abajo con cara de pocos amigos y hace una mueca sin siquiera mirarme a los ojos tras el despliegue de mi mejor sonrisa, descubro de pronto que los chinos del proverbio no iban mucho de discotecas.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Fase 2. Presión a dúo&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Si no puedes vencerle… comienza la segunda batalla con refuerzos. Dos suelen ejercer más presión que una, así que… Mi amiga la Terremoto me hizo de escudera… O más bien yo terminé de escudera suya. Es cierto que no elegí bien el refuerzo, porque la Terremoto no es muy diestra en las formas, y decidió contestar una segunda mueca despectiva del señor tenebroso de los platillos pegándole el chicle en la mesa de mezclas… glups. Tonto el último. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Fase 3. El cortejo del siglo XXI&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;La sintonía remezclada del programa de naturaleza de Félix Rodríguez de la Fuente retumbando contra las paredes de la sala se hace insoportable sin estar profundamente colocado. La gente a mi alrededor empieza a bailar con movimientos de águila y de ave carroñera. El piloto de mi cabeza se pone al rojo vivo, la situación es desesperada, y la medida debe estar a la altura. Esto requiere una seducción al uso del siglo XXI. Algo bueno recibí de la sangre danesa, y es preciso utilizarlo. Me desabrocho los primeros botones de la camisa frente a mi endiosado enemigo y le prometo la visión de un pecho completo si cambia -¡de una vez!- la (jodida) canción. El tío se ríe en mi cara con maldad. Humillación total. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Fase 4. De perdidos al río&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Un siniestro tema de doce minutos de samba brasileña fusionada con sonidos bollywood me hace olvidar la humillación anterior. Sin pensar, apelo a los instintos más primarios para conseguir algo. La súplica extrema. Le imploro, le lloro y me arrodillo hasta desaparecer de su campo de visión, confiando en el efecto dramático. Termino empapada con una copa que alguien olvidó en el extremo de la mesa de mezclas. Maldición.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Fase 5. El trueque&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mientras seco la camisa en el secador del cuarto de baño del local, los engranajes de mi cabeza se ponen en marcha… hasta llegar a lo más sencillo, lo más simple de la cuestión, lo más humano… Parece ridículo, pero es la última oportunidad. Salgo de la sala a la calle con unas monedas en el bolsillo, directa al 24 Horas de enfrente. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Quince minutos después, me enfrento nuevamente al pinchadiscos con una nueva arma. Le planto una suculenta bolsa de cruasanes de chocolate. El chico me mira, por primera vez sin torcer la boca con asco, y se echa a reír. Una risa blanca y dulce, auténtica. Se retuerce de risa mientras le explico que están rellenos de chocolate y recién horneados. Y en ese momento veo que le he ganado. Me lo confirma: “¿Qué quieres que ponga?”.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Una canción de Madonna me costó una bolsa de cruasanes. No me atreví a pedirle &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Ven conmigo&lt;/i&gt;, de Christina Aguilera. Me pareció abusar de la confianza. Ah, y también me dio su número de teléfono, que justo a la salida del local me apresuré a tirar. ¿O qué se había creído? &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5909975137879232314?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5909975137879232314/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-de-las-cinco-fases-de-soborno.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5909975137879232314'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5909975137879232314'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-de-las-cinco-fases-de-soborno.html' title='El día de las cinco fases de soborno'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-2244844936411626928</id><published>2011-03-09T15:53:00.000+01:00</published><updated>2011-03-09T15:53:42.856+01:00</updated><title type='text'>El día del gato de mermelada</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Llevo horas intentando procesarlo. Pero está ahí. No me lo estoy inventando. Esta mañana, como cualquier otra, me estaba preparando el desayuno. Lo de todos los días: pan tostado, café, mantequilla y mermelada. Pero cuando escarbaba con la cuchara en el bote de mermelada de frambuesas, lo encontré. Pequeño y encarnado, con una textura suave y flexible, como de… plastilina. Sí, un diminuto gato de plastilina chapoteaba en el fondo del tarro de mermelada. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Le ayudé a salir con la punta de la cuchara y le puse entre mis tostadas. No dejaba de relamerse sus patitas mientras maullaba de satisfacción. Aún sigo observándolo… Y creo que me lo voy a quedar. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-2244844936411626928?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/2244844936411626928/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-gato-de-mermelada.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2244844936411626928'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/2244844936411626928'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-gato-de-mermelada.html' title='El día del gato de mermelada'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-1615318057490282257</id><published>2011-03-07T15:32:00.000+01:00</published><updated>2011-03-07T15:32:34.379+01:00</updated><title type='text'>El día del baile de máscaras</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Los carnavales me devuelven la fe en la humanidad. El hecho de que un gran número de personas se entretengan varias semanas cortando telas, cosiendo lentejuelas y probándose pelucas sólo por el placer de lucir su mejor disfraz, por el placer de la locura y el juego, de desplegar su imaginación al ojo&amp;nbsp;público, es, desde luego, emocionante. No hay grandes fines en esto… en principio, claro, porque tengo que recordar en este punto, cómo a los once años me vestí de cantante de rock como excusa para embadurnarme los labios con un escandaloso lápiz rojo que debiera haber conquistado a mi amor del &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;cole&lt;/i&gt; de entonces –aprendí, años después, que un tema de cromosomas impide que los chicos sean susceptibles a estos detalles cromáticos-. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Pues eso, que me encanta disfrazarme, sea por lo que sea. Cuando eres pequeño a todo el mundo le parece adorable y casi obligatorio el disfraz en esta época. Pero ya de mayor… a veces resulta complicado encontrar con qué excusa engañar y a quién, para que se unan a este “circo de las maravillas” callejero, al menos por una noche. Así &lt;strong&gt;he llegado a situaciones tan ridículas como sentarme en un sofá vestida de drácula, con los colmillos de goma clavándose en mi barbilla&lt;/strong&gt;, mientras veía alguna peli… acompañada de mi gato, ataviado con una capita para la ocasión… Otro año terminé encerrada en un aula de la facultad de Bellas Artes –sede de míticas celebraciones carnavalescas-, vestida de Jacqueline-retratada-por-Picasso, donde varios fanáticos pretendían convencerme para que participase en una vídeo-performance improvisada. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;El caso es que pensé que este año sería distinto, y que, con la excusa de cumplir mi reto cotidiano, sería una idea inmejorable recuperar uno de mis antiguos sueños: ¡acudir a un auténtico baile de máscaras! &lt;strong&gt;Mi amiga Coco, que es muy de farándula, me puso sobre aviso de un baile que se celebraría este sábado en un palacete restaurado en las afueras de la ciudad&lt;/strong&gt;, al norte. No lo conocíamos, pero el asunto prometía. Etiqueta y máscara eran requeridos. ¡Bien!, pensé. No más colmillos de goma, no más bolsas de basura atadas al cuerpo, no más traje de garrafón. ¡Esto será de película! &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Siempre he tenido en la cabeza la imagen de Drew Barrymore-Cenicienta llegando a esa gala medieval de máscaras en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Por siempre jamás&lt;/i&gt;, batiendo unas enormes alas diseñadas por un Leonardo Da Vinci producto de las licencias artísticas de los guionistas. Así que me puse manos a la obra con el asunto de las alas y de la máscara, que también quería hacerme con plumas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;A última hora de la tarde, Coco se pasó a recogerme en su coche. Bajé las escaleras del portal con mi vestido hasta los pies color champán, la cara cubierta de plumas y lentejuelas, y unas enormes alas ceñidas a mi espalda con elásticos, en plan mochila.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Con un poco de imaginación, casi parecía que estaba descendiendo la escalinata de Versalles. Tuve que mirar dos veces la abolladura en una de las puertas del viejo twingo granate para cerciorarme de que ése era el coche de Coco, y de que la… ejem… forma femenina embutida en charol en su interior era realmente Coco. &lt;strong&gt;Después de algunas maniobras para instalar mis alas junto a mi propio cuerpo en el asiento del copiloto, mi amiga arrancó y me explicó que iba de Catwoman, y que le había costado un impermeable negro y un día entero de costura&lt;/strong&gt;. La cabeza la llevaba cubierta con un pasamontañas negro y unas orejas de gato acopladas –creo que eran los bolsillos del impermeable-. Preferí no plantearle el concepto de “etiqueta”, por no desilusionarla, la verdad. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;&lt;strong&gt;En marcha&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Nos pusimos en marcha. Sólo debíamos permanecer atentas a un par de desvíos para dar con el lugar exacto. El primero estaba muy a la vista, y conducía a una carretera secundaria dirección a un pueblo con nombre como de hortaliza. La cosa se complicó en el segundo desvío. Estaba muy oscuro y había un cambio de sentido raro. Tan raro, que Coco lo hizo mal y a los dos minutos un coche de la guardia civil nos paraba por ir en sentido contrario en ese carreterín de cabras. &lt;strong&gt;La cara que puso el agente, al bajar la ventanilla Coco, y descubrir lo que él interpretó como una etarra ligerita y alguien que había cometido un delito contra alguna especie voladora protegida fue… bueno, indescriptible.&lt;/strong&gt; Explicarle que íbamos a una fiesta de disfraces y que habíamos hecho un giro equivocado no nos libró de soplar. Realmente no hubo ningún problema de verdad hasta que el hombre bigotudo no decidió reconocer en la cara tuneada de Coco a una terrorista en orden de búsqueda. Hala, y se quedó tan pancho. Así que no nos quedó más remedio que acompañarle a las dependencias de la Guardia Civil del pueblo más cercano –ése con nombre como de hortaliza-, donde, como ya le advertimos, hizo el ridículo de su vida cuando, tras verificar la identidad de Coco y la mía, se dio cuenta del error. Estábamos fastidiadas y perdidas en medio de la nada, y el agente ya no sabía cómo pedir disculpas. El hombre insistió en acompañarnos hasta el bar del pueblo, donde al menos podríamos tomarnos unas cocacolas y unas cortezas a invitación suya. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;A punto estuvimos de mandarle a la mierda cuando reparamos desde fuera en que, en ese pequeño bar,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;medio pueblo celebraba el carnaval. Era una fiesta de las cutres, sin etiqueta ni máscaras. Entramos a husmear, y enseguida causamos sensación. &lt;strong&gt;“¡Qué originales! ¡Una etarra prostituta y una gaviota drag-queen!”, nos gritó el camarero al servirnos la primera cerveza&lt;/strong&gt;. Coco y yo nos miramos, y telepáticamente, decidimos tomarnos la invitación muy en serio. Pedimos bebidas para todos y que corriesen las raciones de bravas y croquetas, todo bien apuntadito en la cuenta del señor agente. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;&lt;strong&gt;Carnaval en vena&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Bailamos con piratas, hablamos de política con enfermeros sádicos, jugamos a las cartas con pitufos gemelos, compartimos cola en el aseo y confidencias con una bruja, el conde drácula me enseñó a tirar la caña perfecta, discutí por la última croqueta con Shrek y terminé besando apasionadamente a Eduardo Manostijeras. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Con el alba despuntando, Coco y yo volvimos al coche; &lt;strong&gt;Spiderman y el jefe indio nos cargaron el maletero con varias garrafas de aceite y vino del pueblo como regalo&lt;/strong&gt; y nos despedimos de toda esa estrambótica comitiva que iba saliendo del bar con promesas de vuelta. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt;"&gt;Sí, podíamos haber estado en un palacete renacentista, con música de piano, cócteles de cava y canapés de pescados ahumados, rodeadas de misteriosos hombres con pajarita y máscaras forradas en satén, bailando junto a una piscina rodeada de velas y pétalos de rosa. El plan varió ligeramente, pero quizá mi gran fantasía del baile de máscaras hubiera sido muy difícil de materializar en la vida real. De este modo, todavía queda la posibilidad de vivirla en otra ocasión, pensé. Después de todo, el carnaval en este pueblo con nombre como de hortaliza estuvo increíble, y también consiguió devolverme la fe en la humanidad… &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-1615318057490282257?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/1615318057490282257/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-baile-de-mascaras.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1615318057490282257'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/1615318057490282257'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-baile-de-mascaras.html' title='El día del baile de máscaras'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-8637870194911360211</id><published>2011-03-03T13:33:00.000+01:00</published><updated>2011-03-03T13:33:46.255+01:00</updated><title type='text'>El día del anillo de mierda</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Tengo que reconocer que ayer no tuve un día muy florido que digamos. A veces parece que las circunstancias externas conspiran para alinearse sobre una misma persona y aplastarla como a una miserable colilla. Es en estos momentos cuando, según los psicólogos, debemos tomar el control y pensar que el factor externo sólo puede suponer el 10 por ciento de cómo pintemos la situación global. Claro, que no es tan fácil. Y menos cuando pretendes que cada uno de tus días se caracterice por algún suceso luminoso. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Los dueños de la editorial que me publicó el primer libro, y para los que estaba realizando el segundo, me recordaban al Gordo y el Flaco&lt;/strong&gt;. Su piel cetrina de luz de fluorescente, combinada, si tocaba ese día, con traje negro, recreaba sin esfuerzo la imagen cinematográfica en blanco y negro. Pero ellos, el Gordo y el Flaco Editores, eran mucho más desagradables. Y estaba claro que ése tampoco era su mejor día. Entre otras cosas, me recriminaron que iba retrasada con el libro y que tenía que bucear en más películas para encontrar referencias menos conocidas. Que quizá tenía que empezar desde cero porque no estaban seguros de lo que les estaba presentando. Ah, y que el adelanto prometido estaba en entredicho, claro… Intenté defenderme como pude, pero tampoco me dieron mucha tregua. Y las discusiones se me dan mal. Así que terminé saliendo por la puerta con las orejas gachas. Muy mal. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De camino de vuelta tras el broncazo, barruntaba yo todo esto que dicen los psicólogos de controlar la situación mientras seguía brotando humo negro de mi cabeza. A ver cómo arreglaba el día ahora. Entré en una cafetería con el anhelo de alimentar mi maltrecho espíritu con un cruasán a la plancha recién hecho y un capuchino calentito, y me cuentan, una vez sentada, que no les funciona la máquina de café. En fin, pido un refresco y el cruasán, que me sirven al cabo de unos minutos con mermelada de melocotón, a la que tengo alergia. Y resulta que era la única mermelada que sirven en el local. Pues vaya. El humo negro no cesaba de desbordar mis entrañas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Con el mejunje del cruasán a palo seco y la cocacola sin pasar las once y media de la mañana, y el mal cuerpo por no haberles dicho al Gordo y al Flaco un par de cosas, continué el camino de vuelta a casa. Normalmente, es poco recomendable andar mirando al suelo, sueles perderte muchas cosas que pasan alrededor. Pero en este caso, fue todo un acierto porque, de algún modo, lo interesante apareció junto a uno de mis tristones pasos. Un pequeño anillo descansaba sobre la acera, abandonado. No era nada especial, sólo una banda delgada y sucia, dorada, que casi podía haber aparecido de regalo dentro de un roscón de Reyes, o de una bolsa de patatas fritas. Me lo puse sin pensármelo dos veces, y me recordó inmediatamente al cuento del anillo que convertía todo en mierda. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;No recuerdo ni el título ni el nombre de la autora, pero es de estas historias que, seguramente por lo escatológico, te maravillan a los diez años y te acompañan el resto de tu vida –ya por otros motivos, supongo-. &lt;strong&gt;En el cuento, la niña protagonista recibe un regalo de un hada: un anillo mágico, que al ponérselo y girarlo una vuelta hacia la izquierda, convertía en mierda aquello que estuviera mirando&lt;/strong&gt;. La niña, como cabe esperar, se lo pasa en grande con la pieza de bisutería… Tampoco me acuerdo del final, porque ¡lo realmente fantástico es lo que pasa en el medio! ¡Grandes posibilidades podría tener lo de convertir en mierda las cosas a nuestro antojo! &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Emocionada y de mejor humor con la historia del anillo, casi ni me di cuenta cuando mis pies giraron sobre sí mismos para volver sobre los pasos ya andados. Apenas me di cuenta, igualmente, de que entraba en el portal de la editorial, y de que subía en el ascensor directa al piso de la oficina. Sólo pensaba en la protagonista del cuento mientras mis ojos permanecían fijos en el anillo. Con el despiste y la ensoñación, no reparé en que tuve que pasar por delante de la recepción y saludar distraídamente a Nancy, la secretaria; y no fue hasta que no llegué ante la puerta del despacho del Gordo y el Flaco cuando fui consciente de dónde me encontraba de nuevo.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Frente a mí, la puerta gris con la ostentosa placa grabada con los nombres de los señores editores. Podía escuchar sus voces, al teléfono, despellejando a saber a qué pobre ahora. Toqué en la puerta y abrí sin esperar permiso. &lt;strong&gt;Apreté el anillo con la otra mano, y empecé a girarlo una vuelta mirando fijamente a las dos figuras de película en blanco y negro, que no se perdían uno de mis movimientos con una expresión pasmada&lt;/strong&gt;. Ya casi podía empezar a ver cómo sus trajes se deshacían, cómo la piel se oscurecía, cómo sus caras se expandían y sus figuras se iban aplastando por el peso de la nueva textura. Casi lo olía. “¡Noooo!”, parecía que gritaban en un borboteante murmullo ahogado. Casi era como si les hubiese convertido en una gran montaña de mierda.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Si la vida pudiera ser tan fácil… ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-8637870194911360211?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/8637870194911360211/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-anillo-de-mierda.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8637870194911360211'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/8637870194911360211'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-del-anillo-de-mierda.html' title='El día del anillo de mierda'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-527755248104539947</id><published>2011-03-01T11:47:00.000+01:00</published><updated>2011-03-01T11:47:30.499+01:00</updated><title type='text'>El día tras la máscara blanca</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Mi nuevo objetivo vital me llevó ayer hasta el interior de una asociación cultural, donde corrí a inscribirme en un taller de teatro corporal, que incluía máscaras y mimo. La ilusión de mi vida nunca ha sido hacer el payaso, en fin, no es que quiera ahora hacer todo-lo-que-no-he-podido-hacer-en-los-últimos-años-y-que-me-hubiese-encantado, sino bueno, más bien, me he propuesto para esto lo de dejarme llevar. “Fluir”. Y en esto del fluir, pues qué casualidad que iba andando un día tranquilamente por la calle, y &lt;strong&gt;en un nanosegundo que dediqué a contemplar mis zapatos nuevos de las rebajas, me resbalé con los restos de un sándwich de mortadela que me propulsó directamente contra el portal siguiente&lt;/strong&gt;.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;De verdad que&amp;nbsp;no sé cómo siempre me las apaño para ponerme en ridículo. El caso es que, justo mientras me recomponía un poco toda colorada intentando fingir que no escuchaba las risas del frutero –Poli el Lechugas, toda una institución en el barrio-, vi un cartelote publicitando las distintas clases que ofertaba esta asociación cultural, que se llama La Osa Mayor. Y no sé, lo del taller de teatro corporal me pareció la oportunidad perfecta para que PASASE ALGO. Además, se podía asistir el primer día de prueba, que era más intensivo, para ver si te interesaba lo suficiente. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ayer fue el gran día. Tuve que ir vestida por completo de negro, y la verdad es que estas cosas siempre son un palo nada más llegar porque no sólo no conoces a nadie de la gente que está ahí esperando como tú, sino que además tienes la certeza de que delante de esos desconocidos vas a hacer las cosas más ridículas durante los siguientes minutos. La profesora, una mujer mayor muy huesuda y con el pelo estiradísimo en un moño que se parecía a la señorita Rotenmeyer, nos repartió unas máscaras de plástico. No tenían expresión, eran neutras y blancas. Nos dijo que lo más importante era que aprendiéramos a respirar con la máscara puesta, que había que sentirla sin que nos incomodase para poder luego mover el cuerpo perfectamente. Así que nos tuvimos que poner las caretas y la Rotenmeyer nos iba dando voces para que corriéramos por el espacio y se nos aceleraran las pulsaciones de lo lindo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Nos mandó parar en seco una primera vez, aún no me había acalorado demasiado bajo el plástico, y aunque empecé a sentir que costaba más respirar una vez quieta, no me supuso un gran problema. Pero después de un ratito más largo de correteo, volvió a ordenar una congelación total. Mierda, y ya la cosa fue diferente. La máscara se ceñía a la perfección a mi cara, y tenía las correspondientes perforaciones de nariz y boca coincidiendo con las mías propias pero… no sé, parecía que el aire no entraba. &lt;strong&gt;Rotenmeyer gritó, justo cuando yo iba a hacer algo, que no moviésemos ni un pelo y ni mucho menos nos quitásemos la máscara.&lt;/strong&gt; Que teníamos que aguantar y lograr estabilizar la respiración bajo el plástico. Eso, “salvo peligro de muerte”, matizó. Es verdad que para estas cosas me pongo cabezota, y me las tomo demasiado en serio. Jo, es que no entraba aire. &lt;strong&gt;Intenté aguantar, empecé a pensar en cosas alegres, como hacía Julie Andrews en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Sonrisas y Lágrimas&lt;/i&gt;, pero por más espaguetis a la boloñesa y elefantes bebé que se presentaban en mi cabeza, seguía sin respirar y con el&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;corazón desbocado . &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El problema de las máscaras es que, al ser su objetivo ocultar, nadie puede ver que tu cara está cambiando del color piel estándar al rojo, pasando por el violeta y hasta el blanquecino-verdoso, que&amp;nbsp;constituye el punto crítico. Si la máscara hubiera sido translúcida, por ejemplo, la cosa no hubiera terminado como terminó. Lo siguiente que vi fue el techo abriéndose ante mí, y después un cielo negro con estrellas como diamantes. La sensación era rara, como de hormigueo, pero me sentía relajada. Y de pronto, me doy cuenta de que las estrellas empiezan a moverse hasta formar la cara de una osa. ¡La Osa Mayor! No sé cómo, pero de la silueta brillante,&lt;strong&gt; la Osa pasa a tener pelo, ¡y cuerpo! Y yo voy subiendo hacia ella, y la abrazo…qué pelo tan suave… Cuando ya estoy bien acurrucadita, la osa se pone violenta y me muerde la cabeza, y otra vez el agobio de no poder respirar… &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Abrí los ojos, me di cuenta de que estaba hiperventilando y de que volvía a ver el techo, pero con varios pares de ojos observándome a pocos centímetros y pidiéndome que me calmase. Me tenían apoyadas las piernas sobre una silla, y me explicaron, ya cuando logré tranquilizarme un poco, que me había desmayado con la máscara puesta. Rotenmeyer parecía encantada porque, según dijo, había quedado “muy dramático”. Me fui de la sala tan pronto como pude coordinar de nuevo mis extremidades, con ganas de que me tragase la tierra. Desde luego, no era la experiencia que estaba buscando… &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;A la salida me pareció ver a la Osa en la recepción, pero prefiero pensar en esa imagen como un producto de la falta de oxígeno en el cerebro. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;En fin, no todos los días se pueden sacar conclusiones interesantes. Y precisamente ayer, gracias a esto, aprendí a no volverme a fiar nunca más de los caminos a los que conducen los sándwiches de mortadela. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-527755248104539947?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/527755248104539947/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-tras-la-mascara-blanca.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/527755248104539947'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/527755248104539947'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/03/el-dia-tras-la-mascara-blanca.html' title='El día tras la máscara blanca'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-5120857736729141991</id><published>2011-02-25T12:16:00.000+01:00</published><updated>2011-02-25T12:16:36.737+01:00</updated><title type='text'>El día de las tortitas con forma de cactus</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Escribir un libro de cocina sobre recetas reales que aparecen en las películas no es tan fácil. Para empezar, ya se ha hecho. Así que hay que romperse la cabeza para intentar ser un poco original o rastrear secuencias con platos suculentos no explotados aún por el sector editorial. Y claro, exige estar muy atenta y preguntar mucho y a mucha gente. &lt;strong&gt;Así es como me enteré de que el novio de una amiga de un amigo sabía preparar unas tortitas con forma de cactus, igual que las que salen en la película &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Prácticamente magia&lt;/i&gt; (1998).&lt;/strong&gt; La historia sonaba prometedora, así que no tardé en conseguir su número de teléfono y convencerle de que me enseñase sus habilidades con el giro de sartén. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Tuve que recorrer la ciudad de punta a punta hasta llegar a su casa, el típico piso de estudiantes con muebles color marrón-caca y figuritas &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;kitsch&lt;/i&gt; en las estanterías. En el piso vivían otros dos chicos más, y también estaba la amiga de mi amigo, que había ido de visita… Es decir, ¡la novia del de las tortitas! Sara y Oliver. Oliver era medio americano, muy alto, de pelo rubio ceniza y tenía un ojo verde y otro azul. Como en la película. Al comentárselo, me explicó que ese pequeño detalle le llevó a intentar preparar las tortitas con forma de cactus. Que se empeñó durante varias semanas hasta que, un día, por fin, le salieron. Hasta le costó una tendinitis por hacer cosas raras con el mango de la sartén para conseguir la caprichosa forma de la masa.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;La historia de este chico me iba encandilando cada vez más mientras iba batiendo la leche con la harina, los huevos, el azúcar…&lt;/strong&gt; De vez en cuando levantaba la cabeza y me clavaba sus ojos bicolores, despistándome un montón. Al principio no me di cuenta, pero luego reparé en que Sara, su novia, y la amiga de mi amigo, rondaba por ahí y que, a pesar de intentar integrarse en la lección magistral, Oliver no le estaba haciendo ni caso. ¡Cómo habría podido percibir, ante la visión de la sublime masa burbujeando sobre la mantecosa sartén, que Oliver retorcía una y otra vez conduciéndola a su antojo, que no eran las tortitas lo único que empezaba a echar humo! El cactus ya estaba dibujado, y con un suave golpe de muñeca, Oliver la hizo volar y caer nuevamente al hierro por la cara cruda. He ahí la primera tortita con forma de cactus. Mi cámara y yo nos emocionamos. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;strong&gt;Oliver, el vino y yo&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Después de casi una hora en la que amontonamos una considerable pila de tortitas, Oliver me pidió que preparase la mesa para empezar la degustación con sus compañeros y Sara. El delicioso manjar y la compañía del grupo calmó un poco los ánimos, pero entonces Oliver sacó un vino dulce para terminar y ya no miraba a nadie más que a mí. Vaya, en ese momento me percaté de verdad de que la situación olía a conflicto. ¡Pero y qué le voy a hacer yo! ¡Era guapo, inteligente, divertido, y me estaba haciendo sentir como Julia Roberts en &lt;em&gt;Pretty Woman&lt;/em&gt;! Al final todos terminaron levantándose de la mesa, recogiendo los platos, los cubiertos, los vasos… Sólo quedamos Oliver, el vino dulce y yo. Bueno, y una mosqueada novia que se pasaba cada cierto tiempo a… no sé. Quizá a demostrar que seguía ahí y soportaba la ambigua situación porque carecía de inseguridad con respecto a su chico. La última vez que nos rompió en pedazos la interesante conversación fue para traerme mi abrigo y excusarse, porque habían quedado con otra gente. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me despedí de todos, le di las gracias muy especialmente a Oliver por lo que me había ayudado para el libro, y salí por la puerta con cierto alivio. ¡En lo que se había convertido un asunto de investigación culinaria! Me fui con la seguridad de que, a continuación, se cocería una buena bronca entre las paredes de ese piso; y el hecho de que yo estaría salvada de esa situación, de que por una vez no era yo la que me metía en ese lío, ¡me llenó de felicidad!&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;A veces no hace falta buscar algo que convierta el día en especial. Simplemente, viviendo, está ahí delante. Y es doblemente divertido cuando aparece por sorpresa, aunque eso te cueste la posibilidad de volver a ver a un chico increíble que sabe hacer tortitas con forma de cactus. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-5120857736729141991?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/5120857736729141991/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/02/el-dia-de-las-tortitas-con-forma-de.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5120857736729141991'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/5120857736729141991'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/02/el-dia-de-las-tortitas-con-forma-de.html' title='El día de las tortitas con forma de cactus'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-3734381710144044011</id><published>2011-02-23T13:50:00.000+01:00</published><updated>2011-02-23T13:50:04.560+01:00</updated><title type='text'>El día del museo invisible</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Es curioso cómo, en las grandes ciudades, algunos rincones parecen destinados al olvido, como si fueran puntos ciegos. Por obra y gracia de las revistas de ocio, algunos de estos son rescatados. Bueno, mucho más que rescatados… Pasan del anonimato a los focos y la consecuente masificación popular en cuestión de días. Otros, en cambio, parecen tocados con la mística de la invisibilidad de por vida, para alegría de unos cuantos. Eso sucede con un museo de gemas y fósiles que se esconde en el interior de un llamativo edificio neoclásico. Sin embargo, de algún modo inexplicable, parece estar embrujado y sólo unos pocos tenemos el don de haberlo mirado frente a frente y de que su halo misterioso nos haya atraído hacia sus puertas, sin quedar convertidos en estatuas de sal. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Desde ayer pasé a formar parte de ese extraño “club”. Aún no puedo entender cómo habiendo estado siempre tan cerca, seguía siendo un territorio virgen. El caso es que entré… y nada volverá a ser igual. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Desde el principio. Es raro entrar en un museo con poca pinta de museo. Hay más dependencias administrativas y de investigación que espacio de exposición, y a los visitantes se nos exige llevar una pegatina para distinguirnos de los oficinistas. ¡Somos tan pocos! Comencé a avanzar por las imponentes escaleras de mármol y por los pasillos de parqué claro despacito y sin hacer ruido, mirando hacia todos lados, con la sensación de que alguien acabaría por prohibirme el paso en algún momento. Terminé en la sala de exposiciones, ¡un espacio en el que me sentí dentro de una película! La sala central es un gran espacio rectangular de brillante suelo de madera, llena de vitrinas antiguas de fósiles y algunos divanes tapizados en terciopelo burdeos. La luz natural baña todo el conjunto desde su entrada superior, a través de unas cristaleras art decó. Y toda esta planta inferior está rodeada, en diferentes alturas, por otros pasillos de exposición a los que se accede por escalerillas acaracoladas de forja beige. No hay ruidos, porque no hay nadie dentro, sólo un par de vigilantes. ¡Fantástico! Después de quedarme unos segundos con la boca abierta mirando como una boba la bóveda acristalada, empecé a recorrer con pequeños pasos el lugar, dejándome sorprender con cada detalle. ¿Pero cómo era posible que el sitio estuviera vacío? Trocitos de oro, pirita, yeso y tubos de petróleo se desplegaban ante mí, vitrina tras vitrina. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Ya iba por la última planta, cuando me percaté de que una de las vitrinas estaba abierta. Un hombre que tenía&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;pinta de ratón de biblioteca, con bata blanca, estaba junto al expositor recogiendo algunas cajas abiertas. Debían estar cambiando las piedras de la muestra, pensé. El hombre de la bata recogió otras piezas más del interior de la vitrina, las envolvió rápidamente dentro de las cajas y desapareció con ellas hacia la escalera de caracol. Yo había estado atenta observándole desde una distancia prudente, y en ese momento reparé en que se había dejado una diminuta piedra en el borde de uno de los estantes. No sé si fue telekinesis, o un flujo de deseo tan enorme que conectaba mis ojos con la gema, pero lo que pasó, por muy increíble que suene, es que la piedra, como suicida, se precipitó hacia el suelo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me quedé mirándola unos segundos, luego miré a mi alrededor: el señor de la bata blanca no estaba por ahí. Estaba yo sola. Entonces me pregunté: ¿cuántas posibilidades hay de que una pequeña piedra brillante se ofrezca ante mí en un museo invisible? Entendí enseguida que no muchas, y por tanto, eso debía significar algo. Giré la cabeza una última vez, y despacito, me acerqué a la gema y la cogí. La guardé inmediatamente en el bolsillo de mi abrigo, donde probablemente tuvo que encontrarse con los restos de alguna galleta. Miré de soslayo la tarjeta explicativa que quedó huérfana en el estante. Cuando mi cerebro andaba aún procesando que la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;d&lt;/i&gt; con la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;i&lt;/i&gt; con la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;a&lt;/i&gt; con la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;m&lt;/i&gt; con la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;a&lt;/i&gt; con la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;n&lt;/i&gt; con la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;t&lt;/i&gt; y con la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;e&lt;/i&gt; forman la palabra &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;diamante&lt;/i&gt;, una voz me sobresaltó: “Señorita, vamos a cerrar”. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;El vigilante no debió notar cómo se me empezó a acelerar el corazón, ni el tembleque que me entró en las manos; no debió ver el poema de mi cara… Así que, como quien no quiere la cosa, volví a desandar mis pasos. Bajé la escalera de caracol, recorrí los pasillos de madera clara, descendí por los peldaños de mármol y salí por la puerta principal del museo invisible. Una vez fuera, metí la mano en el bolsillo y apreté la pequeña piedra hasta hacerme daño, para asegurarme de que ahí seguía, y de que yo no me había convertido en estatua de sal. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-3734381710144044011?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/3734381710144044011/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/02/el-dia-del-museo-invisible.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3734381710144044011'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/3734381710144044011'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/02/el-dia-del-museo-invisible.html' title='El día del museo invisible'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1184032017989630031.post-26052808593947842</id><published>2011-02-21T23:44:00.000+01:00</published><updated>2011-02-21T23:44:28.159+01:00</updated><title type='text'>Bienvenido a mi mundo</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me llamo Cloe Andersen y tengo 29 años. Comparto con el famoso escritor infantil el apellido danés, por mi padre, pero a pesar de haber vivido en Dinamarca mis primeros años, no hablo demasiado el idioma. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me encantan el color rojo, el número 13, los idiomas extraños, el frío, los dulces con sabor a canela, las películas sobre adolescentes, los gatos, el sonido al hacer “clic” de las cámaras analógicas, los libros viejos, la teoría cuántica y &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;La historia interminable&lt;/i&gt;. Odio los números pares, las expresiones muy manoseadas, la sopa, el color negro, los mocasines, las redes sociales y cualquier relación que no sea auténtica, la música chillona y las hombreras. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Me gusta mucho cocinar, colecciono libros de recetas, y aún no sé cómo, he conseguido empezar a pagarme el alquiler escribiendo yo misma libros de cocina. Bueno, tengo que ser sincera… escribiendo un libro de cocina. Una de mis ideas cuajó en una pequeña editorial especializada en temas gastronómicos. Y en estos momentos me enfrento a un segundo libro de cocina por encargo de la misma editora, algo más complejo, que mezcla los fogones con el cine. Pero esto ya es otra historia…&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Hace unas semanas, escarbando en los cajones de mi antiguo escritorio de adolescente, durante unas vacaciones en casa de mis padres, encontré un tesoro por el que algunos pagarían: los diarios de la universidad. Son pequeños cuadernos manuscritos y muy detallados sobre lo que me sucedía esos días. Anécdotas que ya no recordaba, historias que mi memoria se había ocupado de modificar en aras de la supervivencia, diálogos intrascendentes que en ese momento significaron algo importante… Todo está ahí. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Los devoré en una sola noche, con la sensación de estar leyendo una novela sobre la que, pese a conocer el final, la trama resultaba mucho más interesante por sí sola y se había difuminado con el tiempo. Parecía que todo aquello le había pasado a otra persona, y tengo que reconocer que disfruté con esa especie de ejercicio de voyeurismo sobre mí misma. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Saqué dos conclusiones del atracón de diarios. La primera, que gracias a dios la gente evoluciona, y creo que no me equivoco si digo que, en mi caso, ha sido generalmente para bien. La segunda y más importante, que es la que me ha empujado con fuerza a escribir estas líneas, es que en esos tiempos sucedían cosas todos los días. O, al menos, todas las semanas. Cosas que eran dignas de contar, que en esos momentos eran importantes y que hacían que un día pudiera ser especial y recordado por aquello que había vivido. El día en el que me enamoré de mi profesor, el día en que conocí a personas que se convertirían en las más importantes de mi vida, el día en que la falda se me quedó pillada en la cinturilla de las medias y me paseé por toda la facultad sin percatarme de que estaban en ojos de todos mis bragas de osos amorosos… En fin, momentos que obviamente no tienen capítulos en la Historia Universal pero sí en la mía. Realmente, este descubrimiento me ha hecho mirar alrededor y constatar que, muy a menudo, mis días se acumulan sin que pase nada más que lo que damos por hecho. Ningún día suele ser especial a los otros, y al final todo queda en una suma de horas. Unas más disfrutadas que otras, por supuesto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"&gt;Así que, con el inicio de un nuevo año impar, he tomado la firme determinación de lograr que mis días vuelvan a ser especiales, emocionantes, fascinantes. Vale, sé que esto no siempre depende de uno mismo, pero sí creo que algo tiene que ver con el espíritu que incorporemos al asunto. Con que nos lo creamos, en definitiva. Voy a matar al destino para fabricármelo yo solita. ¡Ése es el plan! Y no podré acostarme sin que ese día haya sucedido algo que merezca la pena ser contado, ya sea una historia mía o prestada. Puesto que odio profundamente los números pares, he pensado que escribiré sólo los días impares, para compensar el injusto desequilibrio que sufren los pobres unos, treses y sietes del mundo. Ésta será la regla. Un plan perfecto... que empieza… ¡ya! A partir de ahora, así será la fascinante vida de Cloe Andersen…&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1184032017989630031-26052808593947842?l=lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/feeds/26052808593947842/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/02/bienvenido-mi-mundo.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/26052808593947842'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1184032017989630031/posts/default/26052808593947842'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lafascinantevidadecloeandersen.blogspot.com/2011/02/bienvenido-mi-mundo.html' title='Bienvenido a mi mundo'/><author><name>Cloe Andersen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/01489099791403948632</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry></feed>
